👤 Espacio de Reflexiones de la Comunidad

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El extraño episodio en que Dios quiso matar a Moisés

Antes de llegar a Egipto, Moisés ya ha recorrido un largo camino interior. Ha huido de la corte del Faraón, ha vivido como pastor en Madián, ha formado una familia y ha recibido, en la zarza ardiente, una misión que lo supera por completo: volver al lugar del que escapó para anunciar la liberación de los esclavos hebreos. No fue una aceptación inmediata. Moisés discutió, puso objeciones, dijo que no sabía hablar y necesitó señales para animarse a emprender el regreso.

Pero cuando el lector piensa que la historia ya está encaminada hacia el enfrentamiento con el Faraón, el libro del Éxodo introduce una escena desconcertante, breve y casi violenta. En una posada del camino, YHWH sale al encuentro de Moisés y quiere matarlo. Entonces Séfora, su esposa, toma una piedra afilada, circuncida a su hijo y pronuncia una frase extraña: “Tú eres para mí un esposo de sangre”. El episodio dura apenas unos versículos, pero ha inquietado durante siglos a lectores, rabinos, traductores y biblistas.

“Y aconteció que en el camino, en una posada, el Señor salió al encuentro y quiso matarlo. Entonces Séfora tomó una piedra afilada, cortó el prepucio de su hijo y tocó con él los pies de Moisés, diciendo: ‘Tú eres para mí un esposo de sangre’” (Éx 4,24-25).

Pocos pasajes del Éxodo resultan tan desconcertantes como este. Dios acaba de enviar a Moisés a Egipto, le acaba de confiar una misión decisiva, le acaba de anunciar que será instrumento de liberación para su pueblo. Y, sin embargo, en el camino, el mismo Dios parece salirle al encuentro para matarlo. La escena es breve, brusca y oscura. No prepara al lector, no explica demasiado y deja varias preguntas abiertas.

La primera dificultad está en los sujetos. ¿A quién quiere matar YHWH? ¿A Moisés? ¿Al hijo de Moisés? ¿Por qué la reacción de Séfora consiste en circuncidar al niño? ¿Y qué significa esa frase tan extraña, “esposo de sangre”?

Los estudiosos han discutido mucho este episodio, y no hay una explicación única aceptada por todos. Pero una de las lecturas más extendidas entiende que el problema está relacionado con la circuncisión del hijo de Moisés. En el libro del Génesis, la circuncisión aparece como señal de la alianza con Abraham y su descendencia (Gn 17). No era un detalle menor. Era una marca corporal que expresaba pertenencia, pacto, identidad. Si Moisés va a presentarse ante Israel como enviado del Dios de los padres, resulta problemático que en su propia casa falte precisamente esa señal.

Desde esta perspectiva, el relato no estaría diciendo simplemente que Dios tuvo un arrebato incomprensible contra Moisés. Más bien estaría mostrando, con el lenguaje fuerte y arcaico de una antigua tradición, que el enviado no puede representar la alianza si antes no se confronta con ella en su propia vida. Moisés va camino a desafiar al Faraón, pero antes debe quedar claro que la misión no es una empresa personal ni política en sentido moderno. Es una misión nacida de una alianza.

La tradición judía antigua también percibió la dificultad del texto. Algunos comentarios interpretaron la escena como un castigo por haber demorado la circuncisión del hijo. Otros imaginaron la presencia de un ángel ejecutor, para evitar la imagen demasiado directa de Dios atacando personalmente a Moisés. Varias traducciones antiguas, como la Septuaginta en griego, también suavizaron de algún modo la escena introduciendo al “ángel del Señor”. Esto muestra que el pasaje resultó incómodo desde muy temprano. No solo nos incomoda a nosotros, lectores modernos. Ya los antiguos intérpretes sintieron la necesidad de aclararlo, explicarlo o hacerlo teológicamente menos áspero.

Séfora ocupa aquí un lugar sorprendente. Moisés, el gran enviado, queda casi paralizado dentro del relato. No habla, no actúa, no resuelve. La que entiende la urgencia de la situación es ella. En una escena de enorme crudeza ritual, toma una piedra afilada, circuncida al niño y, con el prepucio recién cortado, toca los “pies” de Moisés. Algunos biblistas recuerdan que, en ciertos textos bíblicos, “pies” puede funcionar como eufemismo para la zona genital. No conviene afirmarlo como si fuera seguro, porque el pasaje es ambiguo incluso en sus pronombres; pero la posibilidad refuerza el carácter corporal, sangriento y ritual de la escena. No estamos ante una metáfora delicada, sino ante un gesto físico de alianza, realizado en una situación límite, donde la sangre parece apartar la muerte.

Esto no debería pasar inadvertido. Séfora no pertenece al núcleo originario de Israel. Es madianita, hija de Jetró. Sin embargo, aparece como la persona que, en ese momento límite, comprende lo que debe hacerse. No hace un discurso, no formula una teología, no pide explicaciones. Actúa. Y su gesto tiene eficacia.

La frase “tú eres para mí un esposo de sangre” sigue siendo difícil. La expresión hebrea jatan damim puede traducirse literalmente como “esposo de sangre” o “pariente de sangre”, y probablemente conserve una fórmula ritual muy antigua cuyo sentido exacto ya no podemos reconstruir con seguridad. Algunos biblistas piensan que pudo estar relacionada con antiguos ritos matrimoniales o familiares; otros la conectan directamente con el rito de la circuncisión. Lo más prudente es reconocer que no sabemos todo lo que esa expresión significaba en su contexto original. Pero dentro del relato cumple una función clara: la sangre interviene como signo que protege, repara y cambia el desenlace.

Ese detalle es importante porque anticipa un tema mayor del Éxodo. Más adelante, en la noche de la Pascua, la sangre del cordero puesta en los dinteles de las casas protegerá a los israelitas de la muerte. Aquí, en una escala menor y familiar, aparece ya una lógica semejante. Hay una vida amenazada, hay sangre, y esa sangre detiene la destrucción. El episodio de Séfora funciona, de algún modo, como una pequeña anticipación del gran drama pascual.

Esto no significa que ambos relatos sean idénticos ni que debamos forzar una lectura demasiado simétrica. Pero sí permite ver una continuidad narrativa. Antes de que la sangre proteja a todo un pueblo, la sangre aparece protegiendo la vida dentro de la casa de Moisés. Antes de que Israel atraviese su gran noche de liberación, el propio libertador atraviesa una noche oscura en el camino.

La escena, entonces, puede leerse como un umbral. Moisés no llega a Egipto simplemente después de haber recibido una orden divina. Llega después de haber sido tocado por la gravedad de aquello que va a anunciar. La liberación no será un simple cambio de dueño ni una mejora de condiciones sociales. Será el nacimiento de un pueblo marcado por una alianza. Y esa alianza tiene exigencias.

Aquí conviene evitar dos extremos. Por un lado, no parece adecuado domesticar el texto hasta hacerlo inofensivo, como si no dijera nada inquietante. El pasaje es duro, y su dureza forma parte de su mensaje. Por otro lado, tampoco conviene leerlo como si presentara a Dios actuando de manera caprichosa o irracional. La Biblia muchas veces conserva relatos antiguos con imágenes fuertes, propias de otra sensibilidad religiosa, y los integra en una trama teológica más amplia. En este caso, la escena parece subrayar que el contacto con lo santo no es algo liviano. La misión de Dios no se lleva de cualquier modo.

En el mundo bíblico, la santidad de Dios no siempre aparece como una experiencia cómoda. A veces ilumina, llama y consuela. Otras veces desinstala, hiere y pone al descubierto una incoherencia. Moisés es elegido, pero no por eso queda exento de ser confrontado. La elección no lo coloca por encima de la alianza. Al contrario, lo responsabiliza más profundamente.

Después de este episodio, el relato avanza. Moisés se encuentra con Aarón en el desierto, tal como Dios lo había anunciado. Ambos se abrazan, comparten la misión y se presentan ante los ancianos de Israel. Aarón comunica las palabras de YHWH, Moisés realiza los signos, y el pueblo cree. El capítulo concluye con una imagen de gran fuerza: al saber que Dios había visto su aflicción, los israelitas se postran y adoran.

Todavía no ha ocurrido la liberación. Faraón no ha cedido. Las plagas no han comenzado. El mar no se ha abierto. Pero algo fundamental ya empezó a moverse. El pueblo descubre que su dolor no pasó inadvertido. Dios ha visto, ha escuchado y ha decidido actuar.

La fe de Israel no nace cuando todo está resuelto. Nace antes, en medio de la esclavitud, cuando aparece una palabra de esperanza. El pueblo sigue oprimido, pero ya no se sabe abandonado. Y esa certeza, aunque todavía no rompa las cadenas, empieza a devolverle dignidad.

El extraño episodio de la posada queda así integrado en una lógica mayor. Moisés no puede anunciar una liberación sin alianza. Séfora, con un gesto oscuro pero decisivo, recuerda que la vida del enviado también debe quedar bajo el signo del pacto. Y el lector comprende que el camino hacia la libertad no empieza solamente con la confrontación contra el Faraón, sino con una verdad más profunda: antes de liberar al pueblo, Dios prepara al libertador.

Autor: Santiago F. Garavaglia

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2 comentarios

  1. Asombroso Santi me quedo con la sensación de que debería seguir otro capítulo bajo la .mirada que propones gracias y felicitaciones 👏

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