Judas contra Judas: el santo, el traidor y una muerte contada dos veces

¿Judas Tadeo o Judas Iscariote?: la historia detrás de un nombre herido

Para muchos cristianos, el nombre Judas remite de inmediato al traidor. Por eso la pregunta «¿Judas Tadeo o Judas Iscariote?» puede sonar a chiste, aunque detrás haya una cuestión bíblica. El Nuevo Testamento menciona a varios hombres llamados Judas, y ese nombre, hoy inseparable de la traición, tenía una historia honorable.

Judas es la forma griega de Yehudah, es decir, Judá. Evocaba a uno de los hijos de Jacob, a la tribu que llevó su nombre, al reino de Judá, a Judea y, con el tiempo, al pueblo judío. Nada había de oscuro en él. La carga negativa apareció cuando la memoria cristiana lo vinculó casi exclusivamente con el discípulo que entregó a Jesús.

Los portadores del nombre en el grupo apostólico

Judas Iscariote figura en los evangelios entre los Doce y como quien conduce a las autoridades hasta Jesús. Su sobrenombre suele relacionarse con Ish Keriot, «hombre de Keriot» o «de Queriot», lo que indicaría su origen. Keriot habría sido una localidad poco conocida. También se propuso una relación con sicarius, término asociado a combatientes contra Roma, aunque la hipótesis es discutida. Probablemente «Iscariote» indicaba su procedencia, pero el significado exacto continúa abierto.

Judas Tadeo también pertenece al grupo apostólico. Mateo 10,3 y Marcos 3,18 mencionan a Tadeo, mientras Lucas 6,16 y Hechos 1,13 incluyen a «Judas de Santiago». La tradición cristiana identificó ambos nombres con el mismo apóstol, aunque la expresión griega puede entenderse como «hijo de Santiago» o «hermano de Santiago». Algunos manuscritos de Mateo conservan la variante Lebeo. La etimología de Tadeo tampoco es segura; se la ha relacionado con el corazón, el valor o la magnanimidad.

El cuarto evangelio ofrece una aclaración expresiva. En Juan 14,22 habla de «Judas, no el Iscariote». Si el texto fue compuesto hacia fines del siglo I, esa precisión muestra cuánto pesaba ya la figura del traidor en la memoria de las primeras comunidades. El nombre seguía utilizándose, pero había que rescatarlo de una asociación casi automática.

El Nuevo Testamento menciona además a otros portadores de ese nombre. Marcos 6,3 y Mateo 13,55 sitúan a un Judas entre los «hermanos» de Jesús, entendidos por la tradición católica como parientes del Señor. A ese mismo entorno familiar suele vincularse la Carta de Judas, cuyo autor se presenta como «siervo de Jesucristo y hermano de Santiago» (Jud 1). Judas o Judá era un nombre común, bíblico y venerable mucho antes de convertirse en sinónimo de traidor.

El precio de una entrega y los ecos bíblicos

La figura de Iscariote se oscurece cuando el dinero deja ver su manera de mirar. En Juan 12,3-6, María unge a Jesús en Betania con un perfume costoso, y Judas protesta porque podía venderse por trescientos denarios para ayudar a los pobres. La objeción parece noble, pero el evangelista afirma que Judas administraba la bolsa común, era ladrón y tomaba lo depositado en ella. María actúa sin cálculo; Judas reduce el gesto a una suma desperdiciada. Quien mide el perfume por su precio terminará preguntando cuánto vale entregar al Maestro.

Ese paso se narra en Mateo 26,14-16. Judas pregunta a los sumos sacerdotes cuánto pagarían por entregar a Jesús y recibe treinta piezas de plata. La cifra tiene una fuerte resonancia bíblica. En Zacarías 11,12-13, un pastor rechazado recibe esa paga ofensiva y la arroja en la casa de YHWH. Mateo incorpora esos motivos a la pasión. Judas devuelve las monedas y las arroja dentro del templo; los sacerdotes no las ponen en el tesoro porque son «precio de sangre» y compran con ellas el campo del alfarero (Mt 27,3-10). La atribución a Jeremías probablemente se explique porque Mateo enlaza Zacarías con imágenes jeremianas sobre el alfarero y la compra de un campo (Jer 18-19; 32).

Esta manera de citar puede desconcertar a un lector moderno, acostumbrado a referencias precisas. Los autores bíblicos solían leer las Escrituras mediante ecos y asociaciones entre pasajes. Mateo no parece interesado en reproducir una única fuente con exactitud académica, sino en integrar las monedas, el templo, el alfarero y el campo dentro de una misma trama bíblica.

También puede percibirse un eco de Éxodo 21,32, donde la muerte de un esclavo se indemniza con treinta siclos de plata. No hace falta afirmar que Mateo cite directamente ese pasaje para advertir que el número podía evocar una tasación humillante. Jesús es vendido por una suma que podía recordar el valor legal de un esclavo.

Dos tradiciones sobre un mismo final trágico

Mateo cuenta el final de Judas con un tono trágico centrado en el remordimiento. Cuando ve que Jesús ha sido condenado, devuelve las monedas a los sumos sacerdotes y ancianos y reconoce que pecó al entregar sangre inocente (Mt 27,4). Ellos se desentienden. Judas arroja el dinero en el templo, se retira y se ahorca. Los sacerdotes compran con esas monedas el campo del alfarero para sepultar extranjeros, y el lugar pasa a llamarse «Campo de Sangre» (Mt 27,3-10).

Hechos 1,15-20 conserva otra tradición. En un discurso de Pedro, Judas es recordado como guía de quienes arrestaron a Jesús. El relato afirma que adquirió un campo con el precio de su delito, cayó de cabeza, su cuerpo se abrió y se derramaron sus entrañas. El terreno recibió el nombre arameo Hakeldamá, «Campo de Sangre». Hechos no se detiene en el remordimiento ni en la devolución del dinero. Le interesa el juicio sobre el traidor, la pérdida de su lugar entre los Doce y la elección de un nuevo testigo.

Las diferencias son evidentes. En Mateo, Judas se ahorca después de devolver las monedas y los sacerdotes compran el campo. En Hechos, el terreno aparece vinculado directamente con él y su muerte ocurre tras una caída que abre su cuerpo. Mateo acentúa el remordimiento y la sangre inocente; Hechos se concentra en el juicio y en la vacante apostólica. El Nuevo Testamento no ofrece una reconstrucción forense única, sino dos tradiciones que interpretan teológicamente el final de Judas.

La armonización clásica procura reunirlas y supone que Judas se ahorcó, pero que más tarde el cuerpo cayó y se abrió. Es una conciliación posible y merece respeto, aunque no puede presentarse como certeza histórica. El análisis histórico-crítico permite admitir que Mateo y Hechos recibieron tradiciones diferentes y las incorporaron según sus intereses narrativos y teológicos.

En el relato de Mateo también puede escucharse un eco de 2 Samuel 17,23. Ajitófel, consejero de David que apoya la rebelión de Absalón, ve rechazado su consejo, vuelve a su casa, ordena sus asuntos y se ahorca. La semejanza no demuestra que Mateo copiara aquella escena, pero ofrece un trasfondo sugestivo. Judas, traidor del Hijo de David, muere como el hombre que traicionó a David.

La lógica de la traición y el sentido del Reino

Todavía queda una pregunta difícil. ¿Por qué Judas entregó a Jesús? Los evangelios hablan de codicia, de la acción de Satanás, del cumplimiento de las Escrituras y de una decisión personal. Una hipótesis moderna añade una motivación política. Frustrado por el mesianismo no violentó de Jesús, Judas habría querido forzarlo a manifestar su poder, enfrentarse a Roma y restaurar el Reino de Israel.

Esta propuesta suele situarlo cerca de un ambiente zelote. El término remite a formas radicales de resistencia judía frente a Roma, alimentadas por la convicción de que la soberanía pertenecía únicamente a Dios. Algunas corrientes aceptaban la violencia contra el ocupante. Más que un partido moderno, era un clima religioso y político capaz de traducir la esperanza del Reino en lucha por la liberación de Israel. Si Judas compartía esa expectativa, pudo confundir el anuncio de Jesús con una intervención mesiánica basada en la fuerza.

Sin embargo, los evangelios nunca lo llaman zelote. El único de los Doce que recibe ese sobrenombre es Simón, y la relación entre «Iscariote» y sicarius permanece abierta. La reconstrucción es sugestiva, pero no constituye un dato histórico seguro. Ayuda a explorar una posible lógica de la traición, siempre que no se convierta en certeza.

Desde esa conjetura, Getsemaní adquiere otro matiz. Si Judas pretendía provocar una demostración de poder, el arresto desbarató su expectativa. Jesús no encabezó una insurrección ni permitió que la espada definiera su misión. Cuando un discípulo hirió al servidor del sumo sacerdote, ordenó detener la violencia. Lucas añade que curó al herido (Lc 22,49-51), mientras Juan identifica a Pedro y a Malco (Jn 18,10-11). Judas habría descubierto tarde que el Reino no llegaba mediante una revuelta armada.

Si esa reconstrucción fuera correcta, el remordimiento narrado por Mateo ganaría una hondura particular. Judas habría visto que Jesús no convocaba legiones, no expulsaba a Roma y era condenado pese a su inocencia. Al devolver las monedas y hablar de «sangre inocente», quizá comprendió que no había acelerado el Reino, sino conducido a un inocente hacia la muerte. Es una posibilidad, no una certeza sobre su psicología.

Judas pudo actuar por codicia, cálculo, desencanto político o por motivos que ya no podemos reconstruir. La Escritura no lo absuelve ni lo convierte en víctima de un malentendido. Su acto permanece como traición, aunque su drama deja al descubierto una incomprensión más profunda. No entendió que el Reino de Jesús no se imponía mediante dinero, manipulación o espada, sino por el camino de la entrega, el amor y la cruz.

Judas no fue el único Judas. Su nombre venía de Judá, de una historia santa, de una tribu, de un pueblo y de una promesa. La traición de Iscariote, sin embargo, lo dejó herido en la memoria cristiana. Mateo lo recuerda arrojando las monedas y ahorcándose; Hechos lo presenta cayendo en el Campo de Sangre; Juan necesita aclarar que existe otro Judas, «no el Iscariote».

En esa tensión se concentra toda la tragedia. Judas puso precio a lo que no tenía precio. Calculó el perfume, calculó al Maestro y acaso calculó también cómo forzar la llegada del Reino. Pero el Reino de Jesús no llegó mediante cálculos, espadas o traiciones. Llegó por la cruz, y Judas la comprendió demasiado tarde.

Autor Santiago F. Garavaglia

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