EL SILENCIO DE LAS LÁGRIMAS Y EL ABRAZO DEL DIOS QUE SANA

La pregunta que nace en la noche del sufrimiento inocente

¿Por qué duele tanto vivir? ¿Cómo es posible seguir confiando en un Creador infinitamente bueno cuando el llanto de un niño enfermo rasga la noche, o cuando una tragedia natural reduce a cenizas los sueños de toda una comunidad? Frente a la crudeza de la realidad, el dolor humano no es una simple abstracción filosófica; es la herida abierta que sacude la conciencia colectiva y que, a lo largo de la historia, ha sido descrita como la roca más firme del ateísmo.

Ante este abismo, la sensibilidad humana se rebela con justa indignación. La paradoja de Epicuro vuelve a resonar en los oídos de todo buscador de sentido: si Dios quiere evitar el mal y no puede, es impotente; si puede pero no quiere, no nos ama; y si no puede ni quiere, ¿por qué llamarlo Dios?

Para huir de esta incómoda encrucijada, una teología mal digerida intentó durante siglos justificar a la divinidad culpando a las víctimas, o sugiriendo que el Creador dosifica el sufrimiento como una prueba pedagógica de nuestra fe. Pero un Dios que utiliza el terror o la enfermedad para darnos lecciones no es el Padre de la vida; es un ídolo monstruoso del que un creyente adulto debe liberarse para sanar su espíritu.

La tristeza de lo finito y el fracaso del Dios castigador

Para desmontar esta penosa distorsión, la teología fundamental contemporánea propone un giro radical que comienza por delimitar el verdadero origen del mal. La antigua mentalidad premoderna e intervencionista insistió en que toda desdicha natural era un castigo divino por el pecado humano, convirtiendo la doctrina del pecado original en una herencia maldita de culpabilización universal. Esta teoría deformó el rostro de Dios, presentándolo como un vigilante implacable, un acreedor obsesionado con su honor ofendido que exigió la muerte violenta de su propio Hijo en la cruz para saldar una hipoteca infinita de sangre. En este esquema sacrificial, Dios es visto como un verdugo sádico que encuentra agrado en el dolor de sus criaturas.

La teología del siglo veinte, purificada por las ciencias de la evolución y por el drama histórico de las víctimas, nos ofrece una respuesta infinitamente más luminosa a través de la ponerologia (πονηρολογία: estudio o tratado sobre el mal). El dolor y la limitación no son un castigo enviado por Dios, sino que forman parte ineludible de la condición de criatura, lo que en el pensamiento teológico se conoce como la tristeza de lo finito. Un mundo creado, por el mero hecho de ser distinto de Dios, es necesariamente limitado, material, inacabado y en constante devenir. En un universo regido por la evolución y por las leyes físicas autónomas, el choque de la materia, la enfermedad y la muerte biológica son inevitables. Un mundo finito completamente libre de dolor físico es una contradicción lógica, un absurdo equivalente a exigir que se cree un círculo cuadrado o un hierro de madera.

Por lo tanto, la hipótesis sistemática se vuelve nítida: Dios no manda ni permite el mal; Dios es, por esencia y excelencia, el Anti-mal. Jesús mismo corrigió la ceguera teológica de sus discípulos al rechazar tajantemente que la ceguera de nacimiento fuera el resultado de un pecado personal o familiar, desmintiendo también que las víctimas de la torre de Siloé fuesen más pecadoras que los demás habitantes de la ciudad.

La primera reacción de Jesús ante el sufrimiento de las personas no fue juzgar sus faltas, sino conmoverse profundamente mediante el verbo splanchnizomai (σπλαγχνίζομαι: conmoverse desde las entrañas), revelando así que la reacción de Dios ante el dolor es de una ternura visceral que brota de su rachamim (רַחֲמִים: entrañas maternales). En la cruz, no hay un Padre airado descargando venganza sobre un Hijo sustituto; lo que se desvela en el Gólgota es el misterio de la kenosis (κένωσις: vaciamiento o abajamiento) de un Dios que se solidariza con todas las víctimas de la historia y sufre con ellas y en ellas. Dios no nos salva del sufrimiento histórico mediante milagros espectaculares que anularían la libertad, sino que nos salva en medio de nuestro dolor, infundiendo su Espíritu para que podamos ponernos de pie y combatirlo.

El susurro en el hospital de campaña y la memoria de las víctimas

¿Qué significa este descubrimiento para ti y para mí en nuestro caminar cotidiano, en medio de una cultura que tantas veces bromea con la ausencia o el silencio de Dios ante las injusticias? Significa una urgente invitación a realizar una profunda conversión de nuestra mirada hermenéutica para aprender a desaprender las falsas imágenes divinas que nos infundieron miedo. Como bien señala el discernimiento teológico, Dios no está en la enfermedad, puesto que esta representa el fracaso y el límite de las leyes inmanentes de la naturaleza; Dios está en el enfermo, dándole fuerzas, y está en el personal médico y en la familia que se desgasta con amor por curarlo y aliviarlo.

El Creador no es un dios mágico que arregla la maquinaria del mundo a base de milagritos arbitrarios que humillan nuestra libertad y fomentan una fe infantilizada. Él es lo que Alfred North Whitehead definió de manera entrañable como el Gran Compañero, el camarada en el sufrimiento que comprende. Dios no nos soluciona de manera externa los desafíos del devenir histórico, pero nos acompaña siempre, sosteniendo nuestra dignidad incluso allí donde nuestras fuerzas se han quebrado por completo.

Cuando logramos limpiar este horizonte de las viejas categorías de la retribución penal, comprendemos que el grito de protesta de Dostoievski ante el sufrimiento de los niños no es una blasfemia, sino un reclamo que el Dios de la compasión asume como propio. Dios no justifica el sufrimiento del inocente; al contrario, su voz nos interroga permanentemente: ¿dónde está tu hermano? El cristianismo maduro nos compromete de forma ineludible con una praxis histórica de solidaridad activa, transformando la comunidad de fe en un inmenso hospital de campaña donde la curación y la acogida de los marginados sea la única y verdadera ortopraxis que dé fe de la venida de su Reino.

Volver a encontrar la paz bajo una luz que no exige dolor

Al concluir nuestro recorrido, atrevernos a creer que el dolor humano no es culpa de Dios constituye el acto más liberador, sanador y terapéutico que podemos regalarle a nuestra vida interior. Es soltar de una vez y para siempre el fardo pesadísimo de una religión de miedos, culpas autoimpuestas y sacrificios estériles que solo encogían el alma. No tienes que comprar el favor del Creador mediante el sufrimiento voluntario, porque Dios es puro amor, pura vida y pura alegría.

Este viaje teológico no destruye tu espiritualidad; la purifica para ayudarte a transitar hacia una confianza adulta y verdaderamente saludable: creer con mucha más fuerza, pero en menos cosas. Puedes descansar tu mente y tu espíritu en la certeza de que tu vida entera está cobijada en un útero infinito de amor y compasión maternal, y de que, más allá de la fragilidad del tiempo, la última palabra de la historia no será la fosa de la muerte, sino la luz inagotable de la resurrección, donde toda lágrima será finalmente enjugada de nuestros ojos.


NOTAS

El análisis sobre el mal físico y su forzosa inevitabilidad en las condiciones de la finitud de la creación asume los consensos de la teología fundamental moderna y los aportes de Andrés Torres Queiruga, que deslinda a Dios de la autoría del dolor para salvaguardar su bondad y el respeto absoluto por la autonomía de las leyes naturales y la libertad humana.

La exégesis de la actitud de Jesús ante la ceguera congénita se asienta en el Evangelio de Juan 9, 1-4, y en el pasaje de Lucas 13, 1-5 sobre la caída de la torre de Siloé, rompiendo definitivamente con el esquema de pecado y castigo de la teología de la retribución. Las alusiones bíblicas se realizan bajo el rigor exegético de la Biblia de Jerusalén.

BIBLIOGRAFIA

  • Estrada, J. A. (2012). El sentido y el sinsentido de la vida. Preguntas a la filosofía y a la religión. Madrid: Trotta.
  • González Faus, J. I. (1987). Proyecto de hermano: visión creyente del hombre. Santander: Sal Terrae.
  • Torres Queiruga, A. (2011). Repensar el mal. De la ponerología a la teodicea. Madrid: Trotta.
  • Whitehead, A. N. (1929). Process and Reality. New York: Macmillan.

Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.

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