Serie «El Siervo de YHWH en Isaías» — 2 de 6: La caña quebrada que no romperá: el misterio del primer Cántico del Siervo

La caña quebrada que no romperá: el misterio del primer Cántico del Siervo

Una caña golpeada puede terminar de partirse con apenas tocarla. Una mecha de lino que ya no da llama, sino apenas humo, se apaga con un soplido. Isaías reúne esas dos imágenes frágiles y las coloca en medio de un poema sobre alguien llamado a llevar justicia hasta los confines de la tierra. «La caña quebrada no romperá y la mecha mortecina no apagará» (Is 42,3).

Resulta extraño. Cuando el mundo antiguo imaginaba a quien imponía un nuevo orden sobre las naciones, era más fácil pensar en un rey victorioso que en alguien preocupado por no terminar de quebrar lo que ya estaba herido.

El pasaje pertenece a Is 40-55, el bloque que suele llamarse Déutero-Isaías y que se sitúa en el horizonte del exilio babilónico, cuando el poder de Babilonia comenzaba a declinar y Ciro de Persia aparecía como protagonista de una nueva etapa histórica. Israel necesitaba liberación, pero también comprender qué significaba seguir siendo pueblo de YHWH después de la catástrofe. Y hay un dato que no conviene olvidar. Apenas antes de nuestro poema, Dios dice a Jacob: «Tú, Israel, mi siervo» (Is 41,8-9).

Un canto que la Biblia nunca llamó «cántico»

La expresión «Cánticos del Siervo» no pertenece al texto bíblico. Fue Bernhard Duhm quien, en su comentario de 1892, aisló clásicamente cuatro poemas dentro de Is 40-55: Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-9 y 52,13–53,12 [0.1.25-0.1.26]. La clasificación sigue siendo útil, aunque hoy se discute cuánto pueden separarse esas piezas del libro que las rodea. Incluso los límites del primero varían. Muchos lo cierran en Is 42,4, mientras otros prolongan la unidad hasta Is 42,7 o Is 42,9.

Una traducción próxima al hebreo permite escuchar su ritmo:

«Aquí está mi siervo, a quien sostengo,
mi elegido, en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él;
hará llegar el derecho a las naciones.
No gritará ni alzará la voz,
ni hará oír su voz en la calle.
Caña quebrada no romperá
y mecha mortecina no apagará;
con fidelidad hará llegar el derecho.
No se debilitará ni será quebrado
hasta establecer el derecho en la tierra;
y las costas esperarán su enseñanza» (Is 42,1-4).

El primer término que abre la pregunta es ʿéved, «siervo» o «servidor». En la Biblia puede indicar subordinación, pero también una función honorable al servicio de un rey o de Dios. Moisés, los profetas y el propio Israel pueden recibir ese título. Aquí el siervo es además «elegido», objeto de la complacencia divina, y recibe la ruaj de YHWH, palabra que puede significar viento, aliento o espíritu. En este contexto expresa que Dios mismo lo capacita para la misión (Is 42,1).

Esa misión gira alrededor de una palabra repetida tres veces, mishpat (Is 42,1.3.4). Traducirla simplemente como «juicio» puede resultar demasiado estrecho. Puede abarcar derecho, decisión justa, orden debido y la instauración de una realidad conforme a la voluntad de Dios. En el Déutero-Isaías se relaciona además con la acción justa y salvadora de YHWH. Tampoco equivale sin más a lo que hoy llamamos «justicia social». El poema mira más lejos. El mishpat debe alcanzar a las naciones y quedar establecido en la tierra entera (Is 42,1.4).

Firme sin aplastar

El modo de cumplir una misión tan enorme sorprende todavía más. El siervo «not gritará» ni hará oír su voz en la calle (Is 42,2). No es necesariamente el retrato psicológico de un hombre tímido. El poema contrapone la amplitud de su tarea con una autoridad que no necesita estridencia ni imposición. En los capítulos vecinos aparece Ciro, conquistador elegido por YHWH para derribar poderes y abrir caminos (Is 44,28; 45,1). Por eso algunos intérpretes han visto aquí un contraste entre dos maneras de intervenir en la historia, aunque no todos aceptan que el poema esté polemizando directamente con el rey persa.

Luego llegan la caña quebrada y la mecha mortecina (Is 42,3). Una caña dañada ofrecía poca resistencia; una mecha de lino debilitada podía extinguirse fácilmente. La lectura más extendida entiende que el siervo se niega a acabar con aquello que ya se encuentra al límite. Algunos exégetas han propuesto, sin embargo, que las dos imágenes podrían describir al propio siervo. La ambigüedad resulta sugerente porque el verso siguiente introduce un pequeño artificio hebreo que muchas traducciones borran.

La mecha del versículo 3 está debilitada, kehah, y el versículo 4 afirma que el siervo no se debilitará, yikheh. La caña está quebrada, ratsuts, y enseguida se dice que él no será quebrado, yaruts (Is 42,3-4). Son las mismas raíces hebreas. El poema juega así con una paradoja delicada. Quien no destruye lo frágil tampoco se vuelve frágil hasta abandonar su misión. Su mansedumbre no es impotencia. Persistirá hasta establecer mishpat (Is 42,4).

El último verso abre todavía más el mapa. Las ’iyyim son islas, costas o territorios marítimos lejanos, una manera poética de mirar hacia pueblos remotos. Y esos pueblos esperan su torá (Is 42,4). Aquí torá no significa necesariamente «el Pentateuco» como colección cerrada. Su sentido básico es enseñanza o instrucción. El siervo no aparece sólo como alguien que modifica una situación política. Porta una orientación que las naciones aguardan.

¿Israel, un profeta, un rey?

La respuesta colectiva posee un argumento formidable. YHWH acaba de llamar «siervo» a Israel/Jacob (Is 41,8-9), y vuelve a hacerlo en otros lugares del mismo bloque (Is 44,1-2.21; 45,4; 49,3). El personaje podría ser Israel personificado, o quizá el Israel fiel e ideal llamado a realizar la misión que el pueblo histórico todavía no cumple.

Pero el poema habla con rasgos intensamente personales, y los cánticos siguientes reforzarán esa impresión. Por eso se ha pensado también en un profeta concreto, en una figura profética semejante a Jeremías, en un representante individual del pueblo o en una figura real y mesiánica. Algunos han propuesto incluso a Ciro, favorecidos por el contexto inmediato y por el lenguaje de elección. La dificultad es que el perfil no coincide fácilmente con el conquistador persa tal como aparece en otros textos.

La forma final del libro complica aún más las cosas. Poco después, el «siervo» aparece ciego y sordo, incapaz de percibir lo que Dios hace (Is 42,18-25). ¿Cómo puede ese Israel ciego llevar derecho a las naciones? Tal vez el poema presente la vocación de Israel frente a su fracaso histórico; tal vez distinga dentro del pueblo a un siervo fiel; tal vez conserve una figura originalmente más individual. El texto permite que identidad colectiva e individual se rocen sin dejarnos una etiqueta definitiva [0.1.26-0.1.27].

La propia historia de la interpretación aconseja prudencia. La antigua traducción griega de los Setenta identifica al siervo de Is 42,1 con Jacob e Israel. El Targum de Isaías, en cambio, introduce explícitamente «mi siervo, el Mesías». Entre los comentaristas judíos hubo también opciones colectivas, proféticas y mesiánicas. La diversidad judía es anterior y más rica que una simple oposición entre «lectura judía» y «lectura cristiana».

Cuando Mateo volvió a leer el poema

El Evangelio según Mateo no deja dudas sobre su propia lectura. Cuando los fariseos comienzan a conspirar contra Jesús, él se retira, cura a muchos y les ordena que no lo den a conocer (Mt 12,14-16). Mateo entiende ese comportamiento a la luz de Isaías y cita ampliamente el primer Cántico (Mt 12,17-21).

La cita no reproduce de manera mecánica una única forma del texto antiguo. Al comienzo, Mateo aplica el «siervo» directamente a Jesús y no conserva la identificación con Jacob/Israel que aparece en la Septuaginta. Al final, en cambio, sigue muy de cerca la versión griega: «en su nombre esperarán las naciones» (Mt 12,21), mientras el hebreo dice que «las costas esperarán su enseñanza» (Is 42,4). El evangelista no pretende reconstruir el sentido histórico del siglo VI a. C.; realiza una relectura cristológica de un texto que ya tenía una larga vida interpretativa.

También el bautismo de Jesús parece resonar con el poema. El Espíritu desciende sobre él y la voz divina lo declara Hijo amado en quien Dios se complace (Mt 3,16-17; Mc 1,10-11; Lc 3,21-22). Muchos estudiosos reconocen allí una combinación de ecos del rey-hijo del Salmo 2 y del siervo elegido de Isaías (Sal 2,7; Is 42,1). Es una alusión probable, no una cita literal. La aplicación explícita llegará en Mateo 12.

La lectura cristiana, por tanto, no necesita imaginar que un poeta del exilio conocía de antemano la biografía de Jesús. Puede comenzar respetando el horizonte antiguo, escuchar la tensión entre Israel y ese misterioso servidor, y después reconocer cómo el Nuevo Testamento recibió esas palabras y las encontró realizadas de un modo nuevo en Cristo.

El primer Cántico deja una imagen difícil de olvidar. El siervo debe llevar mishpat hasta la tierra y las naciones, pero no lo hará terminando de quebrar la caña herida ni apagando la mecha que apenas resiste (Is 42,1-4). Y, al mismo tiempo, él tampoco se debilitará ni será quebrado antes de cumplir su tarea (Is 42,4). La justicia del poema no confunde firmeza con violencia ni delicadeza con renuncia [0.1.27-0.1.28].

La pregunta por su identidad queda abierta. Y el segundo Cántico la volverá todavía más incómoda. El personaje podrá escuchar «tú eres mi siervo, Israel» (Is 49,3) y, casi inmediatamente, recibir la misión de hacer volver a Jacob y reunir a Israel (Is 49,5-6). Si el siervo es Israel, ¿cómo puede tener que rescatar a Israel? Ese será el próximo paso.

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