👤 Espacio de Reflexiones de la Comunidad

Un lugar de expresión y diálogo abierto

Invitamos a los alumnos y miembros de nuestra comunidad a compartir sus textos, ensayos, opiniones, historias de vida y reflexiones en torno a las temáticas que nos convocan. Para preservar la naturaleza de este espacio, nos guiamos por los siguientes principios básicos:

  • Autoría Propia: Cada escrito debe ser una creación original e inédita del autor que lo firma.
  • Diversidad de Formatos: Se reciben tanto reflexiones académicas como opiniones personales, ensayos breves y aportes que enriquezcan el intercambio de ideas.
  • Independencia de Criterio: La Fundación para el Diálogo entre la Ciencia y la Fe promueve la libre expresión como camino hacia el conocimiento. Por consiguiente, las opiniones aquí vertidas son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente el aval, la postura institucional o el pensamiento oficial de la Fundación.

EL MISTERIO DEL PADRE: ¿A QUÉ DIOS LE REZABA REALMENTE JESÚS DE NAZARET?

El enigma del Dios cercano: ¿Un rey castigador o un Padre entrañable?

¿A quién se dirigía Jesús cuando cerraba los ojos en el silencio de la noche? A menudo, por inercia cultural, imaginamos que el profeta galileo se arrodillaba ante el mismo monarca celestial, severo y distante, que describían los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Pero, ¿por qué entonces sus contemporáneos se escandalizaban al escucharlo hablar de lo divino? ¿Qué había de subversivo en su forma de referirse al Creador del universo?
Si Jesús era un judío piadoso que recitaba diariamente sus oraciones, resulta un misterio fascinante descubrir por qué su imagen de Dios chocaba tan violentamente con la religión oficial de su época. Detrás de estas interrogantes se esconde uno de los tesoros más hermosos de la historia bíblica: el descubrimiento de un rostro divino que, en lugar de infundir terror y exigir sacrificios, provocaba una desconcertante e inmensa ternura.

El escándalo de una palabra cotidiana

Para comprender la magnitud de este choque, debemos aterrizar en el mundo real de la Palestina del siglo primero. En aquel tiempo, la religión oficial de Israel había acentuado enormemente la distancia entre el Creador y la criatura. El nombre de Dios, el sagrado tetragrama Yahveh (יהוה: el Señor), era considerado tan inaccesible que por reverencia absoluta ya ni siquiera se pronunciaba, siendo sustituido por palabras como el Altísimo, el Poder o el Cielo. Dios era percibido como un soberano lejano, un rey misterioso que habitaba en las alturas, que exigía el cumplimiento minucioso de la ley y que preparaba su ira para el juicio final.
Sin embargo, al abrir los textos evangélicos más antiguos, nos topamos con un dato material y verificable que rompe todos los esquemas: las fuentes han conservado una palabra aramea original que Jesús utilizaba recurrentemente en sus oraciones. Se trata de la expresión abba (אַבָּא: papá o papito).

Este pequeño rastro lingüístico es la llave maestra para entender la revolución de Jesús. En la cultura mediterránea de su tiempo, esta era una palabra estrictamente coloquial y doméstica, un balbuceo cariñoso que los niños y los adultos utilizaban en la intimidad del hogar para dirigirse a sus padres, rodeados de confianza y seguridad. Utilizar este término cotidiano para referirse al Todopoderoso en un contexto público no solo era algo inaudito y fuera del contexto religioso tradicional, sino que resultaba inapropiado, e incluso escandaloso, para las mentes más estructuradas.

El sentido común nos indica que Jesús no era un académico de la ley intentando formular una nueva doctrina teológica para ganar debates. Era un hombre profundamente transformado por una vivencia íntima y radical. Al utilizar este lenguaje de casa, Jesús estaba despojando a Dios de sus ropajes imperiales, bajándolo del trono de juez implacable y acercándolo a la mesa de los más pobres. Nos revela que a la divinidad no se llega por los méritos acumulados ni por la pureza ritual inalcanzable, sino por la simple y llana confianza de un hijo que se sabe infinitamente amado.

El destino final de esta forma de comunicación revela la verdadera intención del Nazareno: anunciar una noticia profundamente liberadora y sanadora. El Creador no es un vigilante cósmico obsesionado con castigar nuestros pecados, sino un progenitor desbordante de compasión. De hecho, la tradición hebrea utiliza para la misericordia divina el término rahamim (רַחֲמִים: entrañas o misericordia), una palabra que comparte la misma raíz que el vientre o el útero materno. Jesús experimentaba a la divinidad desde esta ternura entrañable, evocando la figura de una madre que protege, calienta y da vida, rompiendo por completo los dualismos patriarcales de su época.
Por eso, su gran anuncio de la basileia tou theou (βασιλεία τοῦ θεοῦ: reino de Dios) no consistía en esperar pasivamente un cataclismo destructivo desde los cielos, sino en descubrir a un Dios que ya estaba actuando en lo pequeño y cotidiano. Un Dios que libera a los oprimidos, acoge a los marginados y se sienta a comer con los pecadores sin pedirles nada a cambio.

Desaprender el terror; La sanación de nuestra fe

Llegados a este punto, la curiosidad rebota hacia nosotros. ¿En qué Dios creemos hoy? A lo largo de los siglos, lamentablemente, hemos vuelto a sentar a Dios en un trono inalcanzable, vistiéndolo con los ropajes del miedo, del patriarcado y de la condena. Hemos construido, muchas veces sin darnos cuenta, una fe basada en el terror al castigo, en la angustia perpetua de no ser lo suficientemente buenos para agradarle, y en el esfuerzo agotador de cumplir reglas para ganar su favor.

El mensaje histórico de Jesús nos invita con paciencia pastoral a aprender a desaprender. A revisar, limpiar y desmontar esas imágenes tóxicas de lo divino que asustan el alma y limitan nuestro pensamiento. La verdad histórica no viene a destruir nuestra fe, sino a curarla.
Reaprender a creer significa repreguntarnos con honestidad: si el Dios de Jesús es verdaderamente un padre y una madre de entrañas compasivas, ¿por qué seguimos relacionándonos con Él desde el miedo y la culpa, y no desde una confianza radical?.
La propuesta del Nazareno nos llama a soltar nuestras defensas. Nos enseña que la fe no es una carga pesada de obligaciones ni un tribunal de sentencias, sino un regalo sanador que nos humaniza. Jesús nos muestra que a Dios no se le encuentra en los discursos rimbombantes, en los cultos excluyentes ni en los perfeccionismos inalcanzables. Se le encuentra en la compasión diaria, en el abrazo al excluido, en el perdón sincero que restaura la vida. Creer en el Dios de Jesús nos compromete a mirar a los demás no como rivales o seres impuros, sino como hermanos invitados a la misma mesa, eliminando las fronteras que nos dividen.

Un abrazo que libera la inteligencia y el corazón

La aventura de descubrir al Jesús de la historia es, en el fondo, un viaje terapéutico. No busca arrebatarnos a Dios, sino limpiarlo de los escombros dogmáticos y del miedo paralizante que le hemos acumulado encima. Saber que Jesús confió hasta su último aliento en un Dios tierno, amigo de la vida, incondicional y profundamente solidario con el sufrimiento humano, es un bálsamo liberador para nuestra inteligencia y para nuestro corazón.

Este descubrimiento nos invita a transitar hacia una madurez espiritual plena, donde el objetivo es creer con mucha más fuerza, pero en menos cosas. Solo necesitamos confiar en que, en medio de nuestras debilidades, dudas y luchas cotidianas, no estamos bajo la mirada fría de un tribunal de condena. Estamos sostenidos, amados y esperados por el abrazo infinito de un Padre que, como en la parábola, ha salido corriendo a nuestro encuentro para hacernos una fiesta.

NOTAS

  • Sobre la intimidad de Jesús: La pervivencia de la expresión original aramea «abba» en textos que fueron escritos en griego evidencia el profundo y desconcertante impacto que la forma de orar de Jesús causó en sus primeros seguidores. Ellos la mantuvieron intacta, sin traducirla, como el sello de su espiritualidad liberadora y cercana (Marcos 14,36; Gálatas 4,6; Romanos 8,15).
  • Sobre la misericordia divina: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia (Salmo 103,8. Biblia de Jerusalén). Jesús encarnó esta herencia profética, llevando la compasión a su máxima expresión y purificando la imagen de Dios de todo atributo despótico, violento o castigador.

BIBLIOGRAFÍA

Martínez Cano, S. (s.f.). El Dios de Jesús [Transcripción de conferencia]. Documento de trabajo.
Martínez Fresneda, F. (s.f.). Jesús de Nazaret. Documento de trabajo.
Pagola, J. A. (2010). Jesús: Aproximación histórica. PPC Editorial.
Piñero, A. (s.f.). El cristianismo en la religiosidad de su tiempo. Documento de trabajo.

Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.

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2 comentarios

  1. Que excelente reflexión. Tal cual, el gran tema de hoy es ¿Que imagen tenemos de Dios? Es el punto de partida de cualquier análisis religioso…

  2. Un panorama, SANADOR, es el que nos dejó Jesús, y que vos tan llana y amorosamente nos describes, con tu prosa encantadora, gracias Roy por estar entre nosotros.

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