¿Jeremías estaba loco? El profeta que convirtió su vida en mensaje
Autor Santiago F. Garavaglia
¿Jeremías estaba loco? El profeta que convirtió su vida en mensaje
Jerusalén vivía bajo una amenaza que muchos preferían ignorar. En medio de sus calles apareció un hombre con un yugo sobre el cuello. No prometía una intervención milagrosa que destruyera al enemigo ni anunciaba una victoria cercana. Decía que Judá debía someterse al rey de Babilonia para evitar una devastación todavía mayor. En una ciudad sitiada por el miedo y aferrada a su orgullo nacional, aquel gesto podía parecer una provocación insoportable.
¿Quién era ese hombre que aconsejaba rendirse ante el invasor? ¿Un fanático, un derrotista, un traidor o alguien que había comprendido antes que los demás la magnitud de la catástrofe?
Una voz en vísperas del derrumbe
Jeremías nació en Anatot, una pequeña localidad cercana a Jerusalén, dentro de una familia sacerdotal. Su nombre hebreo, Yirmeyahu, contiene el elemento teofórico -yahu, una forma abreviada del nombre divino YHWH que aparece en numerosos nombres bíblicos y que, al pasar al español, suele reconocerse en terminaciones como «-ías». Por eso, Jeremías suele interpretarse como «YHWH exalta» o «YHWH elevará».
Comenzó su actividad durante el reinado de Josías, hacia fines del siglo séptimo antes de Cristo, y siguió profetizando hasta la caída de Jerusalén ante Babilonia, en el año 587 o 586 antes de Cristo.
Judá era el reino del sur y tenía a Jerusalén como capital. El antiguo reino de Israel, situado al norte, había desaparecido bajo el poder asirio. Ahora Egipto y Babilonia disputaban el control de la región, mientras los reyes de Judá intentaban sobrevivir mediante alianzas cambiantes. El Templo de Jerusalén era el principal santuario de YHWH y expresaba también la fe del pueblo y su vida política.
El relato de la vocación presenta a Jeremías elegido por Dios antes de nacer:
«Antes de formarte en el vientre, te conocí; antes de que salieras del seno materno, te consagré y te constituí profeta para las naciones»
Jeremías protesta. Se considera demasiado joven y afirma que no sabe hablar. El sustantivo hebreo na‘ar, empleado en su respuesta, puede designar a un niño, un muchacho o un joven; por sí solo no permite precisar su edad.
Dios toca su boca y resume la misión mediante seis verbos. Jeremías deberá arrancar y derribar, destruir y demoler, edificar y plantar. Su palabra anunciará ruina, pero también restauración. El juicio y la esperanza acompañarán toda su vida.
In la Biblia, un profeta no era ante todo un adivino. El hebreo nabí designa a quien habla como mensajero de Dios, interpreta el presente desde la alianza, denuncia la injusticia y advierte las consecuencias de una conducta colectiva. Jeremías habló del futuro porque observaba un país herido por la violencia, la idolatría, la corrupción y una confianza casi mágica en sus instituciones religiosas [0.1.14-0.1.15].
El Templo no garantizaba impunidad
Jeremías pronunció uno de sus discursos más arriesgados en la entrada del Templo. Allí enfrentó una convicción profundamente arraigada. La multitud repetía tres veces la expresión Templo de YHWH. Muchos parecían creer que la presencia del santuario basta para asegurar la protección divina.
El profeta respondió que ningún edificio podía proteger a una sociedad que robaba, asesinaba, cometía adulterio, hacía juramentos falsos y rendía culto a otros dioses. Luego preguntó si aquella casa se había convertido en una cueva de ladrones, expresión que Jesús retomaría siglos después.
Jeremías no rechazaba el Templo ni despreciaba el culto. Denunciaba su uso como refugio religioso para eludir la conversión. Si el pueblo continuaba actuando con injusticia, Jerusalén y su santuario podían terminar como Siló, un antiguo centro de culto que había quedado destruido. Sacerdotes, profetas y parte de la multitud reaccionaron exigiendo su muerte. El mensaje había tocado una certeza nacional que nadie quería poner en discusión.
Cuando la vida se convierte en mensaje
Los profetas bíblicos no hablaban únicamente mediante discursos. A veces realizaban acciones públicas que funcionaban como parábolas representadas ante el pueblo. Jeremías hizo de varios objetos, y también de su propia vida, signos de aquello que anunciaba.
- El cinturón de lino: Dios le ordenó comprar una prenda de lino, parecida a un cinturón, y no lavarla. Después debía esconderla y recuperarla cuando ya estuviera arruinada. La tela deteriorada representaba a Judá. El pueblo había sido llamado a permanecer unido a Dios, pero su infidelidad lo había vuelto inútil para la misión.
- La vasija del alfarero: En la casa de un alfarero, Jeremías observó cómo una vasija estropeada volvía a tomar forma entre las manos del artesano. La escena anunciaba que el pueblo todavía podía ser rehecho. Más tarde compró una vasija ya cocida y la rompió delante de los líderes. El barro húmedo admite una nueva forma; una pieza cocida y quebrada ya no puede recomponerse.
- El yugo de madera: El signo más peligroso fue el yugo. Jeremías proclamó que Judá quedaría sometida a Nabucodonosor, rey del Imperio babilónico. Aconsejar la sumisión al invasor podía interpretarse como traición. El profeta no celebraba la ocupación, sino que estaba convencido de que una rebelión terminaría con Jerusalén arrasada [0.1.15-0.1.16].
Entonces apareció Ananías, otro profeta que también hablaba en nombre de YHWH. Prometió que el dominio babilónico sería quebrado y que los objetos saqueados regresarían pronto. Para reforzar su anuncio, tomó el yugo que Jeremías llevaba y lo rompió ante todos.
La respuesta de Jeremías sorprende al exclamar que YHWH así lo haga, pues él deseaba que la promesa fuera verdadera. Luego recordó que el cumplimiento permitiría reconocer al auténtico profeta. La escena muestra hasta qué punto una voz engañosa puede resultar atractiva cuando ofrece exactamente la tranquilidad que todos quieren oír.
¿Realmente lo llamaron loco?
El libro conserva el insulto. Una carta dirigida al sacerdote Sofonías exigía que todo meshuggá, loco o enloquecido que profetiza, fuera encerrado en el cepo. La palabra no equivale a un diagnóstico psiquiátrico moderno; era una forma de desacreditar a quien parecía perturbador, extravagante o falso profeta.
La propia existencia de Jeremías quedó atravesada por su misión. Recibió la orden de no casarse ni tener hijos, porque quienes nacieran en aquel lugar quedarían expuestos a la guerra, el hambre y la muerte. También debía mantenerse lejos de las casas de duelo y de los banquetes festivos, pues la vida social estaba próxima a desintegrarse. El texto deja ver el aislamiento de un hombre cuya intimidad fue absorbida por el anuncio.
El fuego encerrado en los huesos
Jeremías no aceptó su tarea con una serenidad inquebrantable. Sus lamentos en primera persona, conocidos habitualmente como «confesiones», expresan cansancio, ira, persecución y deseos de abandonar.
«Me sedujiste, YHWH, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste»
El verbo hebreo patá puede significar persuadir, atraer, seducir e incluso engañar. Jeremías siente que ha sido arrastrado hacia una misión que lo supera y de la que no logra escapar.
Intentó callar, pero la palabra ardía como un fuego encerrado en sus huesos. Poco después maldijo el día de su nacimiento y preguntó por qué había salido del vientre para contemplar sufrimiento y vergüenza. Estos pasajes expresan el derrumbe interior de alguien sometido durante años al rechazo, la amenaza y la conciencia de una tragedia cercana.
Su lenguaje podía ser feroz, aunque nunca aparece disfrutando del dolor ajeno. En varias ocasiones Dios le ordena que deje de interceder por el pueblo, lo cual presupone que Jeremías seguía rogando por quienes lo perseguían. La dureza de sus oráculos convivía con una profunda compasión.
Del rollo quemado al barro de la cisterna
Durante el reinado de Joaquim, Jeremías dictó sus oráculos a Baruc, su escriba y colaborador. Como tenía prohibido entrar en el Templo, Baruc leyó el rollo durante una jornada de ayuno. Cuando el escrito llegó ante el rey, Joaquim fue cortándolo con un cuchillo y arrojó cada fragmento al fuego. Jeremías volvió a dictar sus palabras y añadió otras semejantes; quemar el rollo no había logrado silenciarlo.
Tiempo después, cuando intentó salir de Jerusalén, fue acusado de pasarse al bando babilónico. Negó la acusación, pero lo golpearon y encarcelaron. Varios funcionarios sostuvieron más tarde que debilitaba la moral de los soldados, pues advertía que quienes permanecieran en la ciudad morirían.
El rey Sedecías permitió que lo arrojaran a una cisterna sin agua. Jeremías comenzó a hundirse en el barro. Sus adversarios lo consideraban un peligro para la defensa de la ciudad; el libro lo presenta intentando evitar una resistencia suicida.
Ébed Mélec, cuyo nombre hebreo significa siervo del rey, era un funcionario cusita de la corte. Cus correspondía aproximadamente a Nubia, al sur de Egipto. Él denunció la crueldad del castigo y organizó el rescate. Utilizó trapos para proteger las axilas del profeta mientras lo levantaban con cuerdas. Mientras las autoridades de Judá lo hundían en el barro, un extranjero reconoció la injusticia y recibió una promesa de protección.
Jerusalén terminó cayendo. Los babilonios destruyeron el Templo y deportaron a parte de la población. Sedecías fue capturado: sus hijos murieron ante sus ojos, después lo cegaron y lo llevaron encadenado a Babilonia. Jeremías quedó bajo la protección de Godolías, gobernador establecido por los vencedores. La catástrofe confirmó sus advertencias, pero el profeta no celebró haber tenido razón.
Comprar un campo durante el asedio
Antes de la caída, cuando se encontraba detenido y Jerusalén permanecía cercada, Jeremías compró un campo en Anatot y ordenó conservar los documentos de la operación. Adquirir una propiedad que pronto quedaría en manos enemigas parecía absurdo; precisamente por eso el gesto tenía fuerza:
«Todavía se comprarán casas, campos y viñas en este país»
Cuando casi todos prometían una victoria fácil, Jeremías anunció la derrota. Cuando la derrota parecía definitiva, apostó por el regreso. Esa esperanza alcanza una de sus formulaciones más hondas en la promesa de una alianza nueva con Israel y Judá:
«Pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré sobre sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»
El hebreo lev, corazón, también alude al centro de la comprensión, la memoria, la voluntad y las decisiones [0.1.17-0.1.18].
La nueva alianza no sustituye ni desecha a Israel, ya que la promesa se dirige expresamente a Israel y Judá. La tradición cristiana la relacionaría después con Jesús y la copa de la nueva alianza, y la Carta a los Hebreos citaría el pasaje. Su sentido primero nace del dolor de un pueblo que teme haber perdido para siempre su relación con Dios.
La Biblia no relata la muerte de Jeremías. Tras el asesinato de Godolías, un grupo huyó a Egipto y llevó por la fuerza al profeta y a Baruc, donde continuó denunciando la idolatría. Algunas tradiciones posteriores hablan de su martirio, pero faltan pruebas históricas y el texto bíblico guarda silencio.
Un profeta entre la derrota y la esperanza
Jeremías pudo parecer loco porque llevó un yugo, quebró vasijas, compró un campo durante un asedio, discutió con Dios y siguió hablando cuando deseaba callar. Pudo parecer traidor porque anunció la destrucción del Templo y recomendó someterse al enemigo. Cada acción daba cuerpo a una verdad que ya no encontraba oyentes.
No resultaba fácil distinguir al profeta del provocador cuando varias voces invocaban a Dios y la supervivencia nacional estaba en juego. Jeremías fue reivindicado porque la catástrofe ocurrió, aunque su grandeza no depende únicamente de haber acertado. Llevó el yugo mientras otros prometían una libertad inmediata y compró un campo cuando nadie podía imaginar el regreso.
Su vida quedó atrapada entre la ruina que veía acercarse y una esperanza que todavía no podía probar. Tal vez por eso muchos lo confundieron con un loco. Sus gestos hicieron perceptible aquello que las palabras, por sí solas, ya no conseguían transmitir.

Autor Santiago F. Garavaglia

Super interesante, cuál sería la bibliografía, saludos