PROFETISMO BÍBLICO | EL PORTAVOZ DE LA PALABRA: ¿QUIÉN ERA REALMENTE EL PROFETA EN EL ANTIGUO ISRAEL?

La ilusión del futurólogo y la tragedia del presente: la verdadera identidad del profeta bíblico

Si saliéramos a preguntar a las personas en la calle qué idea les evoca la palabra profeta, la inmensa mayoría coincidiría en describir a un personaje misterioso, una especie de adivino o futurólogo de la antigüedad dotado de una capacidad sobrenatural para desvelar el porvenir en un calendario cósmico. Durante siglos, una espiritualidad infantilizada y temerosa ha alimentado esta creencia, reduciendo los majestuosos libros proféticos a un manual de enigmas codificados sobre el fin del mundo.

Sin embargo, cuando nos asomamos de manera honesta al texto de las Escrituras, tropezamos con una contradicción ineludible que rompe todos nuestros esquemas preconcebidos. ¿Cómo es lógicamente posible que unos simples vaticinadores del futuro pusieran a temblar a los monarcas de Israel y Judá, desatando la persecución y el martirio de sus propias vidas? ¿Por qué los profetas pasaban la mayor parte del tiempo denunciando los salarios de miseria, los fraudes comerciales en los mercados y la opresión del campesinado, en lugar de dedicarse pacíficamente a escribir horóscopos o predecir el destino de las naciones?

El rigor de las ciencias bíblicas exige desaprender con paciencia pastoral la caricatura del profeta como mago del porvenir. Al descender al contexto del antiguo Oriente Medio, descubrimos que la profecía no es el arte de adivinar lo que va a pasar, sino la urgencia de denunciar lo que está pasando. El profeta no es el hombre del porvenir; es, por excelencia, el escrutador y el lector del presente. Adentrarse en los tres nombres que la propia Escritura les otorga no es un mero ejercicio de erudición filológica; es el itinerario para sanar nuestra comprensión de la revelación, permitiéndonos transitar hacia una fe madura, capaz de escuchar la palabra inesperada de Dios en las esquinas de nuestra propia historia.

El camino de las asnas de Saúl: el vidente de aldea y el portavoz de la alianza

La investigación exegética seria debe partir del dato empírico que ofrece el propio texto de las Escrituras. En el primer libro de Samuel se conserva una glosa editorial sumamente reveladora que funciona como una ventana histórica: «Antes, en Israel, cuando alguien iba a consultar a Dios, decía: Vayamos al vidente, porque al que hoy se llama profeta, se le llamaba antes vidente» (1 Samuel 9, 9). Este pequeño apunte demuestra que el fenómeno de la mediación divina experimentó una profunda evolución lingüística e de institución en el seno del pueblo de la alianza.

Para desarmar la lectura superficial, analizemos el hecho literario de la famosa historia de Saúl en busca de las asnas perdidas de su padre Quis (1 Samuel 9, 1-3). Al encontrarse perdidos y sin rumbo, el criado de Saúl le sugiere un recurso local: «Precisamente en ese pueblo hay un hombre de Dios (ish elohim) de gran fama; lo que él dice sucede sin falta» (1 Samuel 9, 6). Al subir por la cuesta de la ciudad, se encuentran con unas muchachas que salían a sacar agua y les preguntan directamente: «¿Está aquí el vidente?» (roeh) (1 Samuel 9, 11). Cuando finalmente Saúl se topa con Samuel en la entrada de la puerta, le pide: «Por favor, dime dónde está la casa del vidente», a lo que Samuel responde con sobria autoridad: «Yo soy el vidente» (1 Samuel 9, 18-19).

La inferencia racional de esta evolución terminológica resulta sumamente esclarecedora. En las tradiciones más antiguas de Israel, el vidente (roeh) era un personaje periférico, un hombre consultado para resolver problemas domésticos y cotidianos —como encontrar ganado perdido— a cambio de una pequeña compensación económica o propina, como el cuarto de siclo de plata que el criado de Saúl ofrece llevar en su mano (1 Samuel 9, 8). Sin embargo, el relato de Samuel es reconducido hacia una dimensión infinitamente mayor. Dios revela previamente al profeta que ese joven que busca asnas debe ser ungido como jefe (nagid) para liberar a su pueblo de la opresión de los filisteos (1 Samuel 9, 16).

La hipótesis teológica de Mateo y de las escuelas de redacción bíblica demuestra que el profetismo de la alianza se aleja de la adivinación para convertirse en la proclamación del derecho y la justicia. El vidente individual de aldea da paso al nabi (el llamado, heraldo o portavoz), un hombre invadido por el espíritu de Dios (ruah) que entra en un trance comunitario y extático para despertar la conciencia adormecida de la nación, tal como le ocurre a Saúl al unirse al grupo de los profetas: «venía frente a él un grupo de profetas; le invadió el espíritu de Dios y se puso en trance en medio de ellos» (1 Samuel 10, 10). El nabi ya no responde a consultas de interés privado; responde a la interpelación de la alianza moral.

La revelación en tres voces: Roeh, Hozeh y Nabi

Para que el lector actual pueda comprender la riqueza de este ministerio de la palabra, el análisis exegético debe precisar los tres términos filológicos con los que la Escritura retrata a los mediadores de la divinidad:

En primer lugar, el vocablo más arcaico es roeh (el que ve, término arcaico), que deriva del verbo ra’ah (ver) y se aplica tradicionalmente a figuras de la talla de Samuel (1 Samuel 9, 9) o al sacerdote Sadoc (2 Samuel 15, 27). El roeh es el hombre de la percepción intuitiva y profunda, aquel que, en medio de la aparente normalidad de la vida ordinaria, es capaz de discernir la presencia del Creador en los sucesos más sencillos.

En segundo lugar, encontramos el término hozeh (vidente o contemplador), derivado del verbo jazah (contemplar o escudriñar fijamente). En la organización social del antiguo Israel, como señala el especialista David Petersen, el hozeh estaba frecuentemente vinculado a las corrientes del Sur, en Judá, actuando como el contemplador de las visiones del consejo celestial y consejero con distancia crítica ante las decisiones de la corte real. El hozeh es el hombre de la atalaya, capaz de contemplar el sentido profundo de las crisis históricas, como se describe en el llamado de Isaías: «He visto a mi Señor sentado en un trono excelso y elevado» (Isaías 6, 1) o en el enfrentamiento del profeta Amós contra el sacerdote de la corte de Betel, quien le ordena despectivamente: «Vete, vidente (hozeh), huye a la tierra de Judá, come allí tu pan y profetiza allí» (Amós 7, 12).

En tercer lugar, el vocablo central y definitivo que cuenta con más de trescientas menciones en el texto hebreo es nabi (el llamado, heraldo o portavoz). Su raíz semítica connota una acción receptiva: el nabi no habla por su cuenta ni inventa su propio discurso; es un heraldo que ha sido interpelado por una palabra externa que lo invade, convirtiéndose en el intérprete oficial de la voluntad del Señor. El ejemplo filológico más perfecto se encuentra en el libro del Éxodo, donde Dios explica la función del profeta a Moisés: «Mira que te he constituido como dios para el Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta (nabi)» (Éxodo 7, 1). Aarón es el portavoz de Moisés, de igual forma que el profeta es el portavoz del Dios de la alianza ante el pueblo.

La traducción al griego de los Setenta tradujo este término como prophetes (el que habla públicamente o portavoz en lugar de otro). El prefijo «pro» de esta palabra no tiene un sentido temporal de anticipación (hablar antes), sino un sentido local y representativo: el profeta es el que da la cara en público para transmitir el recado que su Señor le ha confiado. Lo que transmite el nabi no es un horóscopo neutro, sino la dabar (palabra y acontecimiento), una palabra activa y cargada de densidad que realiza lo que dice, uniendo indisolublemente el dicho al hecho histórico.

El enfrentamiento con la falsa seguridad en nuestro presente

Tender un puente hermenéutico entre esta triple filología del profetismo y la realidad sufriente de América Latina nos arranca del letargo de una religión puramente ritualista para situarnos ante el clamor ético de nuestros pueblos. En un continente atravesado por la desigualdad estructural, la exclusión del vulnerable y el adormecimiento de las conciencias, el sándwich teológico del profetismo bíblico recobra una urgencia profética ineludible.

El texto nos confronta con la existencia de los falsos profetas de la corte. En 1 Reyes 22 se describe un escenario grotesco: cuatrocientos profetas gesticulan y corean consignas triunfalistas ante el rey Ajab de Israel y Josafat de Judá, asegurando el éxito militar (1 Reyes 22, 5-12). Incluso uno de ellos, Sedecías hijo de Quenaaná, se fabrica unos cuernos de hierro para escenificar la destrucción de los enemigos (1 Reyes 22, 11). Es la religión del espectáculo, el discurso que tranquiliza al poder a cambio de favores, vaciando la fe de todo contenido ético.

Frente a ellos se levanta la incómoda presencia del verdadero profeta, Miqueas hijo de Yimlá, quien se niega a vender su palabra al monarca: «He visto a todo Israel en desbandada por los montes, como rebaño sin pastor» (1 Reyes 22, 17). Al igual que Miqueas o el pastor Amós, que rechazaba el estatus profesional de profeta para mantener su libertad crítica (Amós 7, 14), el nabi bíblico nos enseña que el conocimiento de Dios no se mide por la fastuosidad del culto, sino por la defensa activa de la equidad social.

En nuestras sociedades latinoamericanas, la voz de la serpiente y de los falsos profetas continúa resonando en las ofertas de la teología de la prosperidad y en aquellas espiritualidades alienantes de ritos vacíos que ignoran la injusticia sistémica. Una fe madura, sólida y liberadora debe recuperar la alternativa de Jesús, el nuevo Moisés que iguala y supera la Torá (Mateo 5, 21-22). Ser profeta hoy significa tener los ojos abiertos y el oído espabilado para leer los sucesos del presente bajo la mirada de Dios, asumiendo la exigencia ética condensada magistralmente por el profeta Miqueas: «Hombre, ya te he explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho, ames la lealtad y marches humildemente con tu Dios» (Miqueas 6, 8).

El compromiso y la gracia del diálogo

La andadura por este primer artículo del profetismo bíblico aporta un bálsamo de inmensa honestidad intelectual y restauración espiritual para la fe de nuestro tiempo. Desaprender el mito del profeta como adivino nos libera del pánico a un destino catastrófico predeterminado, devolviendo al ser humano su inalienable responsabilidad histórica. El futuro no está escrito en las estrellas ni en un guion inalterable; el futuro es el espacio abierto donde la libertad humana responde, día con día, a la propuesta de amor y justicia de Dios.

Comprender que la palabra profética no es una amenaza biológica o un hechizo mágico, sino una promesa de fidelidad y esperanza, cura a la fe de la neurosis del miedo. El Dios que habla por los profetas no busca asustar a sus criaturas con portentos de destrucción, sino acompañarlas en sus desiertos, invitándolas a la conversión permanente y a la edificación de una sociedad donde el pan y la dignidad se compartan en fraternidad. La fe adulta consiste en acoger con agradecimiento esta palabra viva, asumiendo con alegría la humilde pero inquebrantable tarea de ser centinelas de la justicia y artesanos de la esperanza en medio de nuestro propio caminar.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

*Briend, J. (1994). El Pentateuco (Cuadernos Bíblicos 13). Editorial Verbo Divino.
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Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.

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