¿Evangelizó Juan XXIII a un extraterrestre?
Autor Santiago F. Garavaglia
¿Habló Juan XXIII con un ser venido de otro planeta?
¿Habló Juan XXIII con un ser venido de otro planeta? La sola pregunta parece salida de esos programas de trasnoche donde todo aparece envuelto en música inquietante, fotografías borrosas, promesas de secretos jamás revelados y esos clásicos videos de YouTube con títulos como “¡Lo que el Vaticano no quiere que sepas!”. Aun así, la anécdota circula desde hace tiempo.
Según esa versión, una noche de julio de 1961, en los jardins de Castel Gandolfo, Juan XXIII habría visto junto a su secretario personal, Loris Capovilla, una luz intensa en el cielo, asociada luego por el relato con una nave de forma ovalada. La luz habría descendido, de ella habría salido una criatura extraña, parecida a un ser humano aunque no terrestre, y el Papa habría conversado con ella durante algunos minutos.
La escena tiene atractivo, hay que reconocerlo. Un pontífice, una residencia papal, un testigo cercano, una supuesta nave ovalada, un visitante llegado de quién sabe dónde y, para completar el cuadro, una frase final con tono espiritual. En algunas versiones, Juan XXIII habría dicho algo parecido a esto: los hijos de Dios están por todas partes, aunque a veces no sepamos reconocer a nuestros hermanos. La frase tiene belleza. Justamente por eso conviene mirarla con algo de sospecha.
El primer cuidado es básico: esta historia no debe presentarse como un hecho probado. No hay documentos firmes, ni una fuente directa confiable, ni un registro histórico que permita afirmar con seriedad: “sí, ocurrió”. Lo que tenemos pertenece a otro terreno. Es una leyenda moderna, repetida en ambientes ufológicos, en notas curiosas, en páginas dedicadas al misterio y en relatos que suelen agrandarse a medida que se alejan de cualquier punto verificable.
El interés de la historia, entonces, no está en demostrar si hubo vida extraterrestre en los jardines pontificios. Tampoco vamos a resolver aquí si existen seres inteligentes fuera de la Tierra. Ese tema es enorme, fascinante y merece otro tratamiento. La cuestión más sugerente es distinta: ¿por qué esta anécdota terminó pegada precisamente a Juan XXIII? ¿Qué nos dice de él, o mejor todavía, qué nos dice de la imagen que quedó de él en la memoria católica?
La niebla detrás de los datos reales
La versión más difundida suele mencionar a Loris Capovilla, secretario personal de Angelo Giuseppe Roncalli desde sus años como patriarca de Venecia y luego durante su pontificado. Ese dato, por supuesto, es verdadero. Capovilla existió, fue muy cercano a Juan XXIII y tuvo un papel importante en la conservación de su memoria. Pero ese elemento cierto no sostiene por sí solo todo lo demás.
Que Capovilla haya sido secretario del Papa no prueba que haya presenciado una conversación con un visitante de otro mundo. A veces una narración dudosa se apoya en un nombre real para ganar respetabilidad. El dato comprobable abre la puerta; detrás puede haber bastante niebla. Y aquí la niebla no falta.
Las versiones disponibles no descansan sobre un testimonio directo publicado con garantías, conservado en archivo o presentado con criterios históricos reconocibles. Llegan más bien por caminos laterales, entre intermediarios, páginas sobre ovnis y relatos donde lo verificable se mezcla con lo espectacular. Cuando una historia necesita tanta atmósfera y tan poca documentación, el sentido común aconseja prudencia. No burla. Prudencia.
El paralelismo con Galileo
Algo parecido ocurre con una de las frases más famosas atribuidas a Galileo: “Eppur si muove”, “y sin embargo se mueve”. La tradición cuenta que la habría dicho después de retractarse ante la Inquisición, como quien obedece hacia afuera, pero conserva intacta la verdad por dentro. La frase es magnífica. En cuatro palabras condensa una escena entera: el científico humillado, el tribunal, el miedo, la conciencia y la Tierra girando aunque el poder mande callar.
El problema es que, desde el punto de vista histórico, no hay certeza de que Galileo la haya pronunciado. Tal vez jamás la dijo. Tal vez apareció después, cuando la memoria colectiva necesitó una escena más nítida, más intensa, más fácil de recordar. Para la cultura popular, eso pesó poco. La frase sobrevivió porque expresa muy bien lo que muchas generaciones quisieron ver en Galileo.
Con Juan XXIII y el presunto extraterrestre sucede algo parecido. La anécdota quizá no aporte gran cosa sobre un episodio ocurrido en 1961, pero sí habla bastante de la forma en que muchas personas imaginan al “Papa bueno”. No lo imaginan como un pontífice encerrado en el temor, incapaz de mirar lo desconocido o dispuesto a condenar de entrada aquello que no comprende. Lo imaginan como alguien capaz de recibir al otro sin miedo. Incluso si ese otro viniera de más allá de la Tierra.
Allí reside la carga simbólica del relato. Lo llamativo no es solamente la nave ni la presencia de aquella criatura extraña. Lo decisivo es la reacción atribuida al Papa. En la historia, Juan XXIII no grita, no escapa, no ordena esconder nada, no convierte el episodio en amenaza. Se acerca. Escucha. Dialoga. Y reconoce en ese visitante una criatura de Dios.
La imagen es potente. También resulta muy roncalliana, si se permite la expresión. Por eso la leyenda se le pega tan bien. En otro pontífice, tal vez sonaría forzada. En Juan XXIII encaja con esa memoria afectuosa que lo recuerda cordial, sencillo, abierto, más dispuesto al encuentro que al recelo. Pero que una escena resulte bella, sugerente o incluso muy compatible con la imagen que tenemos de Juan XXIII no alcanza para darle valor histórico.
La perspectiva de la Iglesia y la ciencia
La fe católica, además, no tiene por qué ponerse nerviosa ante la posibilidad de vida inteligente fuera de la Tierra. Hasta donde puede hablarse con precisión, la Iglesia no ha definido una doctrina sobre ese punto ni ha afirmado oficialmente que existan otros seres inteligentes en el universo. Lo más prudente es decir algo más simple: si alguna vez se comprobara su existencia, eso no obligaría por sí solo a abandonar la fe en Dios creador ni a pensar que la creación queda reducida a la experiencia humana.
Desde el ámbito de la Specola Vaticana, el observatorio astronómico de la Santa Sede, algunos astrónomos y teólogos han tratado el tema con esa misma cautela. No como una doctrina cerrada, y mucho menos como una confirmación de relatos ufológicos, sino como una pregunta abierta en el plano científico y teológicamente pensable.
El jesuita José Gabriel Funes, antiguo director de ese observatorio, sostuvo que no podemos poner límites a la libertad creadora de Dios. Y el hermano Guy Consolmagno, también de la Specola Vaticana, insistió en el otro lado del asunto: no hay evidencia científica de que existan extraterrestres. Esa doble prudencia parece la más sana: apertura ante lo posible, distancia frente a lo no probado.
Pero esa apertura tampoco autoriza a dar por cierto cualquier relato. Una cosa es afirmar que la vida extraterrestre no sería, en principio, incompatible con el cristianismo. Otra, muy distinta, es dar por buenos relatos de naves, encuentros secretos o conversaciones ocultas en residencias pontificias sin pruebas suficientes. La fe no necesita achicar el universo para sentirse segura. Tampoco necesita poblarlo de leyendas para hacerlo más atractivo.
¿Hay ovnis en la Biblia?
También conviene ser cuidadosos con ciertos intentos de encontrar ovnis en la Biblia. Algunos han querido leer el carro de Ezequiel (Ez 1,4-28), la ascensión de Elías (2 Re 2,11) o determinadas visiones apocalípticas, como las del libro de Daniel o el Apocalipsis, como si fueran registros antiguos de tecnología extraterrestre.
La lectura bíblica seria suele ir por otro camino. Esos textos pertenecen al lenguaje religioso y simbólico de su mundo. Hablan de Dios, de vocación profética, de visiones, de exaltación, de juicio y de esperanza. No son reportes aeronáuticos ni crónicas de contactos interplanetarios.
La Biblia no responde la pregunta moderna por la vida extraterrestre porque no la plantea en esos términos. Y no hay motivo para incomodarse por eso. La Escritura no tiene por qué anticipar cada curiosidad científica que aparecerá siglos después. Su centro es otro. Convertir cada imagen extraña del mundo bíblico en una nave espacial suele revelar más sobre nuestra imaginación contemporánea que sobre el texto antiguo.
Un síntoma cultural
Volvamos, entonces, a Juan XXIII. ¿Evangelizó a un extraterrestre? No hay motivos serios para afirmarlo. Ni siquiera hay base firme para sostener que se encontró con uno. Lo que sí puede decirse es que la leyenda tiene valor como síntoma cultural. No descubre secretos del Vaticano ni contactos con civilizaciones lejanas. Más bien habla de nosotros: de nuestro deseo de imaginar que, si un día apareciera un ser radicalmente distinto, la respuesta cristiana no tendría por qué ser el pánico, sino el reconocimiento.
También dice algo sobre Juan XXIII. Su figura quedó unida al diálogo, a la confianza, a la apertura del Concilio Vaticano II, a una Iglesia que quiso hablar con el mundo sin partir siempre de la sospecha. Por eso esta historia, aunque dudosa, parece “creíble” en un plano afectivo. No porque haya ocurrido, sino porque encaja con el Papa que muchos conservan en la memoria.
Juan XXIII no necesita ovnis para seguir siendo grande. Su lugar en la historia de la Iglesia no depende de una conversación secreta con un visitante de otro planeta. Depende de haber abierto una etapa de renovación, cercanía y diálogo.
Leída con calma, la leyenda del extraterrestre no prueba un contacto interplanetario. Más bien muestra hasta qué punto el “Papa bueno” quedó unido a una imagen de Iglesia capaz de mirar al cielo con asombro y al otro sin hostilidad. La fe católica puede hacerse preguntas enormes sin fabricar respuestas falsas. Puede contemplar el universo sin miedo. Puede sonreír ante una historia curiosa sin confundirla con historia. Y puede reconocer, también, que no toda luz extraña es una revelación. Juan XXIII no necesita extraterrestres para seguir siendo Juan XXIII.

Autor Santiago F. Garavaglia

Que anécdota! no conocía nada, gracias por contarnos, y me encantaron las conclusiones, se un poco mas del Papa Bueno, saludos Santi! Soledad de Córdoba