¿Hagiografía, piedad popular o “santofilia”? Cómo discernir la devoción a los santos
Autor Santiago F. Garavaglia
¿La devoción a los santos nos acerca a Jesús o lo desplaza?
Cada tanto vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿la devoción a los santos nos acerca verdaderamente a Jesús o, sin darnos cuenta, puede terminar ocupando un lugar que solo le corresponde a Él? A ese riesgo podríamos llamarlo “santofilia”, cuando la fascinación por los santos deja de conducir a Cristo y empieza a desplazarlo del centro.
No es una pregunta irrespetuosa ni innecesaria. La historia del cristianismo ofrece ejemplos de una piedad profundamente fecunda, pero también de exageraciones. Conserva el recuerdo de hombres y mujeres cuya existencia transparentó el Evangelio, aunque también de relatos piadosos que, leídos sin criterio, parecen más interesados en lo extraordinario que en el seguimiento de Jesús. La piedad popular ha sostenido la fe de generaciones enteras, aunque también necesita, como toda expresión humana de la fe, ser iluminada, acompañada y purificada.
Por eso, no conviene oponer la ciencia bíblica y teológica a la piedad sencilla, como si una tuviera que ridiculizar a la otra. La inteligencia de la fe ayuda a purificar la devoción, y la piedad popular recuerda que la fe no vive solo en conceptos, sino también en gestos, imágenes, plegarias y afectos.
El centro de la fe cristiana es Jesucristo
El centro de la fe cristiana no son los santos; es Jesucristo. La Iglesia no anuncia primero a Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Carlo Acutis, Imelda Lambertini ni a ningún otro santo, por admirable que haya sido. Anuncia a Jesús muerto y resucitado, el Hijo que revela al Padre y abre el camino del Reino.
Los santos tienen importancia porque muestran lo que el Evangelio puede realizar cuando transforma una existencia concreta. No reemplazan a Cristo; remiten a Él. Cuando esa perspectiva se pierde, la devoción comienza a desordenarse. El santo deja de ser un testigo para convertirse casi en un personaje independiente. Empiezan a despertar más interés los hechos llamativos que el Evangelio que inspiró su vida. Se multiplican anécdotas, frases emotivas y episodios extraordinarios, mientras queda relegado lo verdaderamente decisivo.
- ¿Qué revela esta persona acerca de Cristo?
- ¿Qué aspecto del Reino hizo visible?
- ¿Qué forma de amor, entrega, servicio o conversión encarnó?
Mirar a los santos no es el problema. El problema es olvidar hacia quién señalan.
El lugar único de María y los límites de la devoción
Algo semejante ocurre con María. Desde los primeros siglos, la Iglesia la ha venerado con un amor inmenso. Nadie que conozca seriamente la tradición católica puede reducir la devoción mariana a un simple adorno o a una superstición tolerada. María ocupa un lugar único porque está inseparablemente unida al misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta la cruz.
Precisamente por eso la Iglesia también ha debido fijar límites. La verdadera devoción mariana no consiste en engrandecer a María hasta oscurecer el lugar irrepetible de su Hijo. Ella no lo sustituye, no compite con Él ni duplica su mediación. Su grandeza consiste justamente en conducir hacia Cristo. Cuando alguna expresión piadosa, aun nacida de un afecto sincero, puede generar confusión sobre este punto, necesita ser corregida. No para querer menos a María, sino para comprenderla mejor.
Hagiografía y la verdad detrás de los relatos piadosos
Ese mismo criterio sirve para acercarse a los santos y a la hagiografía. La vida de un santo no debería presentarse como un segundo Evangelio ni despertar más interés que el propio Jesús. En otro nivel, incluso los Evangelios, y de manera especial el cuarto, narran la vida de Jesús con recursos de exaltación teológica. Seleccionan, ordenan y magnifican los acontecimientos para proclamar su identidad, no para ofrecer una biografía neutral al modo moderno.
La hagiografía cumple su misión cuando conduce al lector hacia Cristo; la pierde cuando se convierte en un espectáculo religioso, en sentimentalismo vacío o en una búsqueda permanente de prodigios. Ahora bien, advertir ese riesgo no significa despreciar toda la tradición hagiográfica. Sería una conclusión demasiado apresurada.
Las vidas de los santos no nacieron como informes médicos, investigaciones periodísticas o expedientes judiciales. Muchas fueron escritas en épocas donde la verdad espiritual se expresaba mediante símbolos, imágenes poderosas, episodios maravillosos y recursos literarios destinados a fortalecer la fe. Eso no obliga a leerlas ingenuamente, pero sí a respetar el género al que pertenecen. Un texto hagiográfico puede reunir recuerdos históricos, memoria comunitaria, idealización, recursos narrativos y reflexión teológica. Su objetivo principal no siempre consiste en reconstruir cada detalle con precisión documental. En muchos casos resulta más fecundo preguntarse qué quiso transmitir la comunidad creyente al conservar esa historia de ese modo.
El ejemplo de Imelda Lambertini y Carlo Acutis
Un ejemplo claro es Imelda Lambertini, recordada por la tradición como la niña que murió de amor después de recibir la Eucaristía. Leída literalmente, sin mediaciones, la narración puede sonar extraña o incluso fantástica. Rechazarla de plano tampoco permite comprenderla. Lo importante no es reducirla a una explicación médica ni convertirla en prueba científica de un milagro, sino descubrir qué verdad espiritual quiere transmitir. Para Imelda, la Eucaristía no era una costumbre religiosa más, sino un encuentro vivo con Cristo.
Es cierto que la hagiografía suele recurrir a la exageración. Pero exagerar no equivale necesariamente a mentir. Muchas veces la hipérbole funciona como un recurso para expresar aquello que el lenguaje cotidiano no alcanza a decir. Morir de amor no tiene por qué entenderse como un diagnóstico clínico. Puede ser una forma profundamente creyente de hablar de un amor llevado hasta el extremo.
Esa lógica no desapareció con la modernidad; simplemente adoptó otros lenguajes. Antes abundaban los relatos sobre perfumes de santidad, cuerpos incorruptos, visiones, lágrimas u hostias suspendidas en el aire. Hoy aparecen zapatillas, computadoras, redes sociales, adolescentes ejemplares y frases pensadas para circular por internet.
El caso de Carlo Acutis ilustra muy bien este cambio. La santidad que la Iglesia reconoce en él no debe confundirse con todas las imágenes devocionales o mediáticas que circulan sobre su figura. Carlo puede ser un verdadero testigo del amor a Cristo, especialmente en la Eucaristía, y al mismo tiempo transformarse, en ciertos discursos, en un personaje excesivamente idealizado, casi publicitario.
Discernir no significa negar. Significa poner cada cosa en su lugar. Si Carlo despierta interés únicamente porque es presentado como el influencer de Dios, la comprensión queda empobrecida. Si, en cambio, ayuda a descubrir que un joven de nuestro tiempo pudo integrar la vida cotidiana, la cultura digital, la caridad y el amor eucarístico, entonces la devoción recupera su verdadero sentido. Lo importante no es fabricar un santo adaptado a cada generación, sino reconocer cómo Cristo sigue transformando vidas concretas en cualquier época.
Eucaristía, compromiso social y el proyecto de Jesús
Aquí aparece otro tema igualmente importante. A veces se contrapone la Eucaristía al sufrimiento humano, como si la adoración del Santísimo apartara inevitablemente de los pobres, de las víctimas de la violencia, de los enfermos o de quienes padecen hambre. Esa crítica puede nacer de una preocupación legítima, porque una religión encerrada en el templo e indiferente al dolor del prójimo traiciona el Evangelio. Sin embargo, presentada sin matices, termina empobreciendo tanto la Eucaristía como el compromiso con los más necesitados.
Para la fe católica, la Eucaristía nunca es una evasión del mundo. No es un objeto sagrado destinado únicamente a la contemplación mientras todo alrededor se derrumba. Es comunión con Cristo entregado. Y quien entra realmente en comunión con el Crucificado y Resucitado no puede permanecer indiferente ante quienes siguen siendo crucificados por la injusticia, la pobreza o la violencia. Una celebración auténtica de la Eucaristía no aparta del hambriento; enseña a reconocerlo y a servirlo.
Naturalmente, no siempre sucede así. Hay creyentes que participan de la misa y permanecen indiferentes al sufrimiento ajeno. Hay comunidades capaces de celebrar con solemnidad, pero incapaces de dejarse interpelar por el dolor de los demás. Existen devociones que conmueven mucho y transforman poco. Sin embargo, el mal uso de una realidad no determina su verdadero significado. Que algunos vivan mal la Eucaristía no implica que ella contradiga el proyecto de Jesús. Significa, más bien, que necesitamos volver constantemente a Cristo para aprender a vivirla.
Algo parecido sucede cuando hablamos del proyecto de Jesús. Es verdad que Jesús puso en el centro a las personas heridas. Tocó leprosos, acogió pecadores, defendió a los pequeños, denunció la hipocresía religiosa y anunció un Reino donde los últimos ocupan el primer lugar. Pero nunca separó esa misión del Padre. No propuso elegir entre Dios y el ser humano. En su vida, el amor al Padre y el amor al prójimo forman una sola realidad. El Dios que Jesús anuncia jamás se encuentra de espaldas al hombre, y el ser humano tampoco alcanza su plenitud dándole la espalda a Dios.
Hacia una madurez en la piedad popular
Por eso una lectura madura de los santos debe mantener siempre esa unidad. Si un santo nos hace olvidar al pobre, lo estamos leyendo mal. Si una devoción endurece el corazón o alimenta la autosuficiencia, necesita ser revisada. Si una hagiografía despierta fascinación por los milagros, pero no conduce al Evangelio, hace falta purificar su recepción. En cambio, cuando la vida de un santo nos anima a buscar a Cristo, a servir con mayor generosidad, a rezar con más profundidad, a mirar al prójimo con misericordia y a vivir la fe con coherencia, entonces esa devoción cumple exactamente la misión que debería cumplir.
La piedad popular también merece ser contemplada desde esta perspectiva. No reemplaza el trabajo de la teología ni está exenta de discernimiento. Pero tampoco constituye una forma inferior de creer. En peregrinaciones, novenas, imágenes, promesas y gestos sencillos suele conservar intuiciones espirituales muy valiosas que la reflexión académica no debería despreciar. Eso no obliga a aceptar todo sin examen, pero sí invita a reconocer la riqueza religiosa que muchas veces sostiene la fe cotidiana de un pueblo.
La madurez cristiana no consiste en optar entre una credulidad ingenua y un racionalismo que ridiculiza toda expresión religiosa. Consiste en aprender a mirar con inteligencia y con amor:
- Amar la Eucaristía sin olvidar al pobre.
- Venerar a María sin oscurecer a Cristo.
- Honrar a los santos sin convertirlos en sustitutos de Jesús.
- Valorar la piedad popular sin renunciar al discernimiento.
- Leer la hagiografía respetando su naturaleza, pero sin apagar la pregunta crítica.
Los santos no salvan; quien salva es Cristo. Tampoco son el Evangelio, sino personas cuya vida fue transformada por él. No están para alejarnos del mundo, sino para recordarnos que el seguimiento de Jesús puede hacerse realidad aquí y ahora. Mirados de ese modo, lejos de distraernos del proyecto de Cristo, nos muestran que ese proyecto puede tomar carne en una vida humana.

Autor Santiago F. Garavaglia


Hola santiago, nos ha encantado a mi mujer y ami.
Un fuerte abrazo desde Malaga España. Manuel Angulo.
curro10001@hotmail.com
Muyyyyy bueno tu articulo para re leer y es lo que haré antes de comentarlo felicitaciones Soledad
Excelente ponencia que debe ser conocida en inmensos sectores de nuestra América Latina que a veces camina en dirección diferente del Reino y a veces influenciada por malos pastores.
Excelente aporte, muy claro y preciso.
Saludos Santiago!
Una reflexión clara que cumple la cuestión de inicio.
Importante que nos cuestionemos la piedad popular y también el razonamiento de nuestro esquema académico sobre nuestra fe, si es que estamos olvidando el sentido principal Jesucristo o seguimos en él.