La Didajé: así vivían los cristianos cuando la Iglesia recién comenzaba
Autor Santiago F. Garavaglia
La Didajé: así vivían los cristianos cuando la Iglesia recién comenzaba
¿Cómo se bautizaban los cristianos cuando todavía no existían pilas bautismales? ¿Qué debía hacer una comunidad si un predicador ambulante pedía alojamiento? ¿Cómo podía distinguir a un profeta verdadero de quien buscaba aprovecharse de la hospitalidad ajena? ¿Y qué palabras acompañaban la Eucaristía antes de que las plegarias litúrgicas adquirieran sus formas posteriores?
Un breve escrito cristiano responde a esas preguntas con una cercanía poco habitual. Habla de agua, ayunos, comidas compartidas, viajeros, dinero, ministros y disputas entre hermanos. Se trata de la Didajé, uno de los testimonios más antiguos sobre la vida cotidiana de algunas comunidades cristianas de fines del siglo I o comienzos del II.
Una enseñanza para comunidades reales
La palabra griega didajé significa «enseñanza» o «instrucción». El manuscrito conserva dos encabezados, Enseñanza de los Doce Apóstoles y Enseñanza del Señor por medio de los Doce Apóstoles a las naciones. Ninguno afirma que los Doce lo escribieran personalmente; ambos vinculan su contenido con la tradición apostólica recibida por aquellas comunidades.
Su fecha exacta sigue en discusión. Muchos investigadores la sitúan entre las últimas décadas del siglo I y la primera mitad del II, aunque algunas secciones podrían ser anteriores. Tampoco parece redactada de una sola vez. Reúne enseñanzas morales, normas litúrgicas, disposiciones comunitarias y una exhortación sobre la venida del Señor que quizá circularon por separado. Suele proponerse un origen sirio o sirio-palestino, pero no puede determinarse con seguridad.
El cristianismo que aparece en sus páginas resulta cercano y, a la vez, distinto del que conocemos. Allí están el bautismo trinitario, el Padrenuestro, la Eucaristía, la confesión, la reunión en el día del Señor, los obispos y diáconos, la ayuda a los pobres y la espera de Cristo. Al mismo tiempo, todavía circulan apóstoles y profetas itinerantes, las plegarias difieren de las posteriores y los ministros locales conviven con figuras carismáticas. La Iglesia estaba organizándose, aunque su vida distaba de ser caótica.
Antes de organizar la Iglesia, aprender a vivir
La obra comienza con dos caminos, el de la vida y el de la muerte. Antes de explicar cómo bautizar, celebrar o elegir ministros, se ocupa de la conducta. Quien desea seguir a Cristo debe aprender una nueva manera de relacionarse con Dios, con los demás y con los bienes.
El camino de la vida reúne el amor a Dios y al prójimo, la regla de no hacer a otro lo que uno no quisiera padecer, el amor a los enemigos, la humildad y la generosidad. El camino de la muerte enumera aquello que destruye a las personas y corrompe la convivencia. Entre esas conductas aparecen el asesinato, el adulterio, el robo, la mentira, la magia, la idolatría, la avaricia y la opresión de los pobres. El texto también rechaza el aborto y el infanticidio.
Su moral es exigente, pero conserva un fuerte sentido práctico. Se pide compartir los bienes y no volver la espalda a quien necesita ayuda. Al mismo tiempo, la limosna debe «sudar» en la mano hasta saber a quién se entrega. La imagen no aconseja indiferencia, sino prudencia. La generosidad cristiana debía aliviar necesidades reales sin favorecer el engaño ni el abuso.
Agua viva, ayuno y oración
Las indicaciones sobre el bautismo muestran la flexibilidad de aquellas comunidades. La primera opción era bautizar en «agua viva», es decir, corriente, y hacerlo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de acuerdo con Mateo 28,19. Si no había agua corriente, podía utilizarse otra; si la fría no estaba disponible, se aceptaba la templada. Cuando tampoco era posible sumergir al candidato, se permitía derramar agua tres veces sobre su cabeza mientras se pronunciaba la fórmula trinitaria.
La preferencia ritual se mantiene, pero la falta de condiciones ideales nunca se convierte en un obstáculo absoluto. También deben ayunar quien bautiza y quien recibirá el bautismo, además de cuantos puedan acompañarlos. Al candidato se le recomienda hacerlo durante uno o dos días. El ingreso en la vida cristiana era una preparación compartida.
La semana y la jornada también adquirían un ritmo propio. La Didajé dispone ayunar los miércoles y viernes, a diferencia de quienes lo hacían lunes y jueves y son llamados allí «hipócritas». La expresión refleja la separación progresiva respecto de ciertos grupos judíos, aunque no debería utilizarse para despreciar al judaísmo del que nació el cristianismo. El Padrenuestro debía rezarse tres veces al día (Mt 6,9-13). Así, el ayuno ordenaba la semana y la oración acompañaba cada jornada.
Una Eucaristía familiar y extraña
La Didajé conserva antiguas acciones de gracias sobre la copa y el pan partido. El orden sorprende porque la copa aparece primero. Las plegarias tampoco repiten los relatos de la institución transmitidos por Pablo y los sinópticos (1 Co 11,23-26; Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,14-20). Agradecen al Padre por la santa vid de David, por la vida y el conocimiento comunicados mediante Jesús, y piden que la Iglesia sea reunida desde los confines de la tierra.
La oración sobre el pan utiliza una imagen de notable belleza. Los granos estuvieron dispersos por las montañas y, al reunirse, formaron un solo pan. De igual modo, la comunidad ruega ser congregada en el Reino. Estas diferencias no obligan a pensar que la Didajé desconocía la última cena. Quizá conserve otra tradición litúrgica o plegarias utilizadas dentro de una comida comunitaria más amplia.
Solo los bautizados podían participar de aquella mesa. El bautismo marcaba la incorporación plena a la comunidad y habilitaba el acceso a la Eucaristía, aunque la disciplina sacramental posterior todavía no estaba desarrollada en todos sus detalles.
Cuando llegaba el «día del Señor», los creyentes debían reunirse, partir el pan y dar gracias después de confesar sus faltas. Quien estuviera enemistado con otro tenía que reconciliarse antes para no profanar la ofrenda. La Didajé relaciona esta práctica con la ofrenda pura anunciada en Malaquías 1,11. Compartir el pan mientras se ignoraban las divisiones internas habría contradicho lo que se celebraba.
Apóstoles de paso y profetas bajo observación
Apóstoles, profetas y maestros recorrían distintas comunidades y eran recibidos con hospitalidad. Esa acogida, sin embargo, no debía confundirse con ingenuidad. El apóstol podía permanecer un día y, si era necesario, un segundo. Una estadía de tres días despertaba sospechas. Al partir podía recibir pan para el camino, pero no dinero para sí mismo.
Tampoco basta con hablar «en espíritu» para ser reconocido como profeta. Su conducta debía coincidir con aquello que enseñaba. Quien proclamaba la verdad y no vivía de acuerdo con ella quedaba desenmascarado por sus propios actos. La Didajé sabía que el lenguaje religioso podía ocultar intereses menos santos.
El criterio sobre el dinero era cuidadoso. Si alguien pedía recursos para beneficio personal, no debía ser escuchado; si los solicitaba para ayudar a necesitados, la situación cambiaba. La comunidad debía sostener la misión y cuidar a los pobres sin permitir que la autoridad religiosa se convirtiera en una fuente de ganancias.
Los viajeros cristianos podían recibir ayuda durante dos o tres días. Quienes deseaban establecerse y conocían un oficio debían trabajar. Si no sabían hacerlo, correspondía encontrar una solución razonable para que nadie viviera ociosamente «comerciando con Cristo». La advertencia fue escrita hace casi dos mil años, pero conserva toda su incomodidad.
Del carisma a la estabilidad
Junto a esos ministros ambulantes, la Didajé manda elegir obispos y diáconos dignos del Señor, mansos, veraces, probados y libres del amor al dinero. No conviene leer esos términos como si ya describieran la organización episcopal posterior. Todavía no aparece con claridad el obispo único al frente de un territorio, aunque tampoco se trata de comunidades sin autoridades reconocidas.
El escrito permite observar una transición. Los apóstoles y profetas itinerantes conservaban la movilidad carismática de los primeros tiempos, mientras los obispos y diáconos ofrecían continuidad local, servicio y orden. Estos ministerios no buscaban apagar los carismas, sino sostener una vida comunitaria que ya no podía depender solo de visitantes ocasionales.
El último capítulo vuelve la mirada hacia la venida del Señor. Los creyentes deben mantener encendidas sus lámparas y permanecer preparados porque desconocen la hora, en sintonía con Mateo 24,42-44 y 25,1-13. El texto anuncia engaños, falsos profetas, tribulación, signos y resurrección. Aquellas comunidades vivían aguardando el regreso de Cristo, aunque sus imágenes no autorizan a identificar cada acontecimiento moderno con una señal del fin.
El manuscrito que volvió a hablar
La Didajé no fue desconocida para los autores cristianos antiguos. Eusebio de Cesarea, nombre que se pronuncia cesa-ré-a y no cesárea, la mencionó en el siglo IV entre los escritos que no habían sido recibidos como canónicos. Atanasio de Alejandría hizo una distinción semejante en su carta pascual del año 367. No la incluyó en el canon, pero la recomendó para la formación de quienes se acercaban a la fe. No se la consideraba Escritura inspirada, aunque seguía siendo una obra eclesial valiosa.
Con el paso de los siglos dejó de circular ampliamente. En 1873, Filoteo Bryennios encontró una copia en Constantinopla dentro del Códice Hierosolimitano, manuscrito fechado en 1056 que reunía varias obras cristianas antiguas. La publicó en 1883 y devolvió así una pequeña guía capaz de acercarnos a comunidades separadas de nosotros por casi dos milenios.
Nunca fue un evangelio secreto, un libro prohibido ni una doctrina ocultada por la Iglesia. Sencillamente, no ingresó en el Nuevo Testamento. La exclusión del canon no vuelve falso o inútil a un escrito. Indica que fue recibido de otra manera y que su valor reside en el testimonio catequético, litúrgico y disciplinar que conserva.
Tampoco demuestra que toda la Iglesia católica posterior estuviera ya terminada hacia el año 90. Sus ministerios, plegarias y costumbres aún muestran un proceso de crecimiento. Pero desmiente la imagen contraria, según la cual las primeras comunidades carecían de bautismo, Eucaristía, autoridades, disciplina y organización.
La Didajé no sorprende por revelar secretos explosivos, sino por la normalidad concreta de lo que cuenta. Cuando la memoria de los apóstoles todavía estaba cercana, ser cristiano implicaba aprender una conducta, recibir el bautismo, rezar, ayunar, compartir los bienes, reunirse el día del Señor, partir el pan, reconciliarse, atender al necesitado, elegir ministros y desconfiar de quienes pretendían hacer negocio con la palabra de Dios.
Todavía no era la Iglesia de las grandes basílicas, los concilios y los extensos tratados teológicos, aunque tampoco se reducía a una fe privada, espontánea y sin vínculos comunitarios. La Didajé permite contemplarla en pleno crecimiento, mientras aprendía a conservar la herencia apostólica y a responder a los problemas concretos de cada día.

Autor Santiago F. Garavaglia

Preciosos detalles, excelente para conocer un poco de las comunidades antiguas cristianas, más puras claro, que las de hoy, qué bonito y nostálgico, mencantó!