La Papisa Juana y la silla más incómoda del Vaticano
Autor Santiago F. Garavaglia
El mito de la Papisa Juana en la historia: ¿Conspiración en el Vaticano o leyenda urbana?
Durante siglos circuló por Europa una historia demasiado incómoda para contarse sin bajar la voz y demasiado fascinante para dejarla morir. Hablaba de una mujer culta, capaz de moverse entre clérigos, escuelas y cortes con una inteligencia singular. Hablaba también de Roma, de procesiones solemnes, de secretos bajo vestiduras y de una silla que, si uno cree lo que se decía de ella, quizá haya sido el mueble más incómodo de toda la historia eclesiástica. Al sumergirnos en el análisis sobre el mito de la Papisa Juana en la historia, nos encontramos con un relato que desafía las fronteras entre la realidad y la ficción medieval.
La mujer, según las versiones que pasaron de crónica en crónica, habría nacido lejos de Roma. Algunos relatos la vinculaban con tierras inglesas, otros la acercaban al mundo germánico, a Maguncia o a ambientes sajones. El rasgo común era ese: no era una mujer cualquiera. Tenía una memoria poderosa y una formación que, en una sociedad donde el estudio superior estaba reservado a los varones, exigía atravesar una frontera prohibida.
Entonces habría hecho lo impensable para una mujer de su tiempo. Se habría cortado el pelo, adoptado ropas masculinas y aprendido a moverse con una identidad que le abría puertas que su condición femenina le cerraba. Así pudo estudiar, viajar, enseñar y ganar prestigio. En algunas versiones aparece acompañada por un clérigo o un hombre de confianza; otras reelaboraciones tardías le adjudicaron incluso un nombre concreto, como Lamberto de Sajonia. Sea como fuere, el corazón del relato estaba allí, en esa mezcla de inteligencia, disfraz y ascenso social. Juana, o quien la tradición terminaría llamando así, habría descubierto que el mundo masculino podía darle una libertad que el suyo le negaba.
Su fama creció y llegó a Roma. Y Roma, que no siempre pregunta demasiado cuando alguien habla con autoridad, terminó rindiéndose ante aquel personaje docto, elocuente y aparentemente impecable. Cuando murió el papa, el clero y el pueblo habrían elegido como sucesor a ese varón sabio que todos admiraban. Nadie sospechaba que bajo el nombre masculino se ocultaba una mujer. Así, durante un tiempo, la Iglesia habría tenido una papisa sin saberlo.
El secreto que Roma no vio y el parto que reveló la leyenda
Las versiones no coinciden en la duración de aquel pontificado. Algunas hablan de poco más de dos años; otras son menos precisas. Para la fuerza del relato, lo decisivo no era la administración cotidiana del gobierno pontificio, sino el secreto. Roma seguía funcionando, las ceremonias continuaban, los fieles recibían bendiciones y la autoridad hablaba desde lo alto. Y debajo de todo eso latía una verdad imposible de confesar. Pero los secretos, en las historias que sobreviven durante siglos, rara vez se descubren de manera discreta.
El final llegó durante una procesión. Se decía que el cortejo iba de San Pedro a Letrán, o que pasaba por una calle estrecha de Roma, cerca del Coliseo y de San Clemente. El papa avanzaba revestido con la solemnidad del cargo, rodeado de clérigos, fieles y curiosos. De pronto, algo empezó a ir mal. No era un desmayo ni una enfermedad repentina: era un parto. Allí, en plena calle, ante la multitud, el cuerpo reveló lo que la institución no había visto. El papa era una mujer y estaba dando a luz.
La escena era demasiado potente como para no multiplicarse. Algunas versiones contaban que murió allí mismo, entre el horror del parto y el escándalo público; otras decían que fue castigada con violencia, y otras preferían imaginar un final penitencial, con Juana retirada y obligada a purgar en silencio el engaño cometido. En ciertos relatos, el niño sobrevivía, crecía y llegaba a ocupar un cargo importante dentro de la Iglesia. Incluso se decía que había alcanzado la dignidad de obispo de Ostia. Ese detalle del hijo volvía todo todavía más explosivo: no solo habría habido una mujer en la silla de Pedro, también habría quedado una descendencia, una huella viviente de aquello que Roma, se suponía, no podía admitir.
La silla y el rumor anatómico
Como si la historia necesitara un último golpe, apareció la silla. Se contaba que, después de aquel escándalo, la Iglesia habría tomado una precaución definitiva. Para que nunca más una mujer llegara al papado disfrazada de varón, el papa recién elegido debía sentarse en una silla perforada. El nombre que terminó asociado a ese objeto fue sedia stercoraria.
El procedimiento, según el rumor, era tan simple como incómodo. El nuevo papa se sentaba en la silla perforada. Entonces un clérigo metía la mano por debajo para comprobar que el elegido fuera, efectivamente, varón. A ese supuesto acto se lo llamó palpati. Luego se pronunciaba una fórmula latina que el imaginario posterior repitió con una mezcla de solemnidad y burla: Duos habet et bene pendentes o Testiculos habet et bene pendentes (traducido como «tiene dos, y cuelgan como corresponde»).
Quién comprobaba, cómo comprobaba y con qué cara volvía después a su lugar son detalles que la historia oficial, comprensiblemente, no se apresuró a desarrollar. La imaginación popular hizo con eso lo que suele hacer con las cosas prohibidas: las agrandó. Hasta aquí, el relato tiene todo lo que necesita una buena conspiración medieval: una mujer brillante, una institución poderosa, un secreto sexual, un parto público, una silla extraña y una frase latina difícil de olvidar. El problema comienza cuando uno deja de escuchar la historia como quien oye un rumor y empieza a mirar fechas, fuentes y cronologías. Ahí Juana empieza a tambalear.
Cuando la cronología arruina el rumor
La versión más conocida la coloca en el siglo IX, entre León IV y Benedicto III. León IV murió en 855, y Benedicto III fue elegido poco después, aunque su consagración se vio complicada por el conflicto con el antipapa Anastasio. No hay un hueco cómodo donde insertar un pontificado secreto de dos años. La sucesión papal de ese período no deja espacio suficiente para meter a Juana sin forzar la historia hasta romperla.
Tampoco se trata solo de calendario. Si una mujer hubiera ocupado el papado en el siglo IX y hubiese sido descubierta dando a luz durante una procesión pública en Roma, el hecho debería haber dejado huellas contemporáneas: una crónica hostil, una carta escandalizada, una acusación bizantina o una polémica franca. Pero no aparece nada.
No hace falta imaginar un complot perfecto de la Iglesia borrando a Juana de todos los registros, como si en Roma hubieran pasado una esponja sobre la memoria europea. Esa hipótesis sirve para una novela, pero se vuelve difícil cuando se recuerda que la Iglesia medieval no controlaba todas las plumas de Occidente. Había monasterios, cortes, cronistas, rivales políticos, enemigos del papado, escritores orientales y polemistas de sobra. Si el escándalo hubiera ocurrido como se contaba, no habría sido fácil hacerlo desaparecer de todas partes.
De crónica medieval a arma contra Roma
Lo que sí aparece es otra cosa. La historia surge con fuerza mucho más tarde, en el siglo XIII, en crónicas medievales como la de Jean de Mailly, un dominico que trabajó en la ciudad francesa de Metz, y sobre todo en la obra de Martín de Opava (Martín Polono), otro dominico cuya crónica de papas y emperadores tuvo una enorme difusión. Allí el relato toma forma, se ordena y empieza a circular con eficacia. No nace como testimonio contemporáneo del siglo IX, sino como narración medieval posterior, repetida y adornada en una cultura que amaba los ejemplos morales, los escándalos edificantes, las sátiras de poder y los relatos capaces de explicar una rareza urbana o ceremonial.
La Papisa Juana no fue un invento protestante; ya circulaba antes de la Reforma. Sin embargo, muchos polemistas protestantes del siglo XVI la reutilizaron con entusiasmo como arma contra Roma. Si una mujer había llegado al papado, entonces podía atacarse la credibilidad de la sucesión apostólica, la autoridad pontificia y la continuidad romana. La imprenta ayudó a convertir el viejo relato medieval en munición confesional.
También hubo detalles urbanos que alimentaron el incendio. En Roma se hablaba del Vicus Papissae o Vicus Papissa. Vicus puede designar un sector urbano, un pequeño barrio, una zona o incluso un tramo de casas. Papissa, en cambio, sonaba demasiado sugerente. Para la imaginación popular, aquel nombre podía convertirse en “el barrio de la Papisa”. Si un lugar de Roma llevaba ese nombre, ¿no sería porque allí había ocurrido algo? La tradición lo asoció con el sitio donde Juana habría dado a luz. Es posible, sin embargo, que el nombre tuviera otro origen, quizá vinculado a una familia, a una tradición local o a una lectura popular de la topografía romana. Las leyendas urbanas suelen nacer así: un nombre raro, una zona evitada, una estatua incomprendida o una inscripción ambigua alcanzan para darle cuerpo a una sospecha.
La silla real y el mito obsceno
La sedia stercoraria, a diferencia de Juana, sí existió. Lo que no existió, al menos no como rito probado, fue la revisión anatómica que la burla posterior imaginó. Hubo en el ceremonial pontificio medieval asientos vinculados a la entronización del papa, a la toma de posesión y a gestos de humildad. Algunos tenían asiento perforado, y esa forma bastó para que la imaginación los mezclara con la historia de la papisa.
El nombre stercoraria parece hecho a medida para la sátira, porque remite al estiércol. Pero su sentido ceremonial se entiende mejor a la luz del Salmo 113,7, donde se dice que Dios levanta del polvo al desvalido y alza del estiércol al pobre. Aplicado al papa recién elegido, el gesto recordaba que incluso quien era elevado a una dignidad inmensa seguía siendo un hombre frágil. No era una inspección genital; era una pedagogía de humildad. Después vinieron el humor anticlerical, la sátira renacentista, la polémica confesional y la fascinación popular por las historias prohibidas. Todo eso transformó una silla ceremonial en una supuesta prueba de masculinidad papal.
Juana en pantalla y otros morbos de cónclave
La Papisa Juana también llegó al cine. La película Pope Joan (2009) dramatizó la leyenda con los ingredientes que la hicieron sobrevivir durante siglos: la mujer culta que adopta identidad masculina, el ascenso dentro del mundo eclesiástico, el secreto, el amor, el poder y el peligro de ser descubierta. No hace falta que reproduzca todos los detalles del rumor medieval para que el atractivo siga funcionando; bastaba con una premisa irresistible: una mujer en el lugar más masculino del Occidente cristiano medieval.
En la película y novela Conclave (2024), basada en la obra de Robert Harris, el elegido como nuevo papa termina siendo el cardenal Benítez, un hombre intersexual. No se trata de orientación sexual ni de identidad de género, sino de una variación natural en las características sexuales. En la historia, Benítez nació con genitales externos masculinos y fue criado como varón desde la infancia, pero en la adultez se descubre que también posee órganos reproductivos internos femeninos.
El caso no es el mismo que el de la Papisa Juana, pero dialoga con el mismo imaginario. Otra vez aparecen un cónclave, un secreto corporal, una elección papal y un cuerpo que desordena las categorías de una institución que cree tenerlo todo bajo control. La Papisa Juana probablemente nunca ocupó la silla de Pedro. Ocupó algo más difícil de desalojar: la imaginación europea. Al final, quizás la pregunta más interesante no sea por qué la Iglesia habría ocultado a una mujer papa, sino por qué tantos necesitaron creer que esa historia podía haber ocurrido.
Notas
- Sedia stercoraria: Silla ceremonial de mármol con una abertura en el asiento, utilizada históricamente en la liturgia de toma de posesión de los nuevos pontífices en la Archibasílica de San Juan de Letrán. Su verdadero sentido teológico era recordar la humildad y la condición humana del papa basándose en el Salmo 113, y no realizar un examen físico anatómico.
- Martín de Opava (Martín Polono): Cronista dominico del siglo XIII cuya obra Chronicon Pontificum et Imperatorum se convirtió en una de las fuentes medievales más populares y difundidas en Europa. Fue el principal vehículo de popularización de la leyenda de la papisa Juana, fijándola falsamente en el siglo IX.
- Intersexualidad en la narrativa: Concepto biológico actualizado en obras de ficción recientes como Conclave (2024), donde se representa a un personaje con características anatómicas o genéticas que no se ajustan a las nociones binarias típicas de los cuerpos masculinos o femeninos, sirviendo como un paralelo moderno de los relatos antiguos sobre identidades corporales ocultas en el solio pontificio.
Bibliografía
- Harris, Robert. (2016). Conclave. Editorial Penguin Random House.
- Martín de Opava. Chronicon Pontificum et Imperatorum (Crónica de papas y emperadores).
- Snyder, Peter. (2009). Pope Joan (Producción Cinematográfica).

Autor Santiago F. Garavaglia

Un relato hermoso, excelente síntesis de una leyenda casi increíble de haber sido escrita cuando lo fue, que nos ahorra horas de búsqueda en distintas fuentes, te sigo leyendo Santi!
PD: una historia real, que ingresó a un lugar diríamos femenino, pero para poder formarse y estudiar: Sor Juan Inés de la Cruz.