El Jesús niño que los evangelios no cuentan
Autor Santiago F. Garavaglia
El misterio de los evangelios apócrifos de la infancia: ¿Textos censurados o fantasía popular?
Quien conociera a Jesús solo por algunos relatos antiguos se encontraría con una imagen difícil de acomodar en el pesebre de Navidad o en las estampitas de catequesis. Allí aparece un niño que modela pajaritos de barro y les da vida, desconcierta a sus maestros porque parece saberlo todo antes de que alguien pueda enseñarle algo, resucita a otro niño para que declare a su favor en una acusación y, en ciertos episodios más ásperos, reacciona con una dureza desconcertante cuando alguien lo molesta.
La escena atrae, pero también incomoda. Ese Jesús niño de algunos relatos antiguos no se parece demasiado al Jesús sobrio, compasivo y misteriosamente humilde que transmiten los evangelios recibidos por la Iglesia. En Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los milagros no aparecen como trucos prodigiosos ni como demostraciones caprichosas de poder. Son signos del Reino, gestos de misericordia, liberación, perdón y revelación.
En cambio, al sumergirnos en los evangelios apócrifos de la infancia, el poder de Jesús se narra con un tono maravilloso, popular, desmesurado y, a veces, difícil de armonizar con la fe de la Iglesia.
Qué significa llamar “apócrifo” a un texto
La palabra “apócrifo” suele traer confusiones. Viene del griego apókryphos, que significa oculto, escondido o reservado. Con el tiempo, en el ámbito cristiano, se pasó a designar así a escritos religiosos antiguos que quedaron fuera del canon bíblico. Pero “apócrifo” no quiere decir automáticamente inútil, falso de principio a fin o indigno de lectura. Quiere decir, ante todo, que ese texto no fue reconocido por la Iglesia como Escritura inspirada. No tiene la autoridad normativa de los evangelios canónicos, aunque pueda conservar valor histórico, literario o religioso.
Esta aclaración evita un malentendido muy difundido. Hoy los apócrifos suelen presentarse como “los evangelios prohibidos”, “los textos que la Iglesia ocultó” o “la verdadera historia de Jesús censurada por el poder”. Ese tipo de frase vende bien, pero explica mal. Los apócrifos no son, en bloque, versiones más antiguas y secretas que habrían guardado la verdad reprimida sobre Cristo.
Muchos fueron compuestos cuando los evangelios canónicos ya circulaban y eran recibidos en las comunidades cristianas. Algunos reflejan corrientes doctrinales heterodoxas, incluso gnósticas o esotéricas. Otros nacieron más bien de la curiosidad piadosa, de la devoción popular o del deseo de completar narrativamente lo que los evangelios habían dejado en silencio.
Los silencios de la infancia
En materia de infancia, esos silencios eran muchos. Marcos y Juan comienzan prácticamente con Jesús adulto, ya en el horizonte de la predicación de Juan el Bautista y del inicio de su misión pública. Mateo y Lucas narran su nacimiento y algunos episodios vinculados a la infancia, pero tampoco ofrecen una biografía detallada del niño de Nazaret. No cuentan cómo jugaba, cómo aprendía, qué hacía en la casa, cómo trataba a José y María, cómo se relacionaba con sus vecinos o con sus maestros.
Lucas apenas abre una rendija cuando presenta a Jesús, a los doce años, dialogando en el Templo con los maestros de la Ley. Aun así, el evangelista no convierte esa escena en una colección de anécdotas infantiles. Prefiere resumir toda esa etapa con una frase sobria sobre el crecimiento de Jesús en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.
Esa sobriedad dejó espacio para la imaginación. Y la imaginación cristiana antigua, como suele ocurrir con la religiosidad popular, no siempre fue moderada. Allí aparecen los llamados evangelios apócrifos de la infancia. Entre ellos ocupa un lugar especial el Evangelio de la Infancia de Tomás, una de las fuentes más llamativas sobre el Jesús niño. No debe confundirse sin más con el Evangelio de Tomás, la colección de dichos de Jesús asociada muchas veces al ambiente gnóstico.
El texto de la Infancia de Tomás imagina episodios de Jesús entre los cinco y los doce años. Su retrato es poderoso, sorprendente, por momentos hermoso y, en algunos episodios, de una dureza casi truculenta.
Pajaritos de barro y poder creador
Uno de los episodios más conocidos es el de los pajaritos de barro. Jesús, siendo niño, juega cerca de un arroyo. Reúne el agua en pequeños charcos, la vuelve limpia con su palabra, toma barro y modela doce pajaritos. Cuando algunos ven en aquello una acción impropia del sábado, Jesús les ordena volar. Los pájaros cobran vida y salen volando.
La escena tiene una fuerza simbólica evidente. Recuerda al Dios creador que forma al ser humano del polvo de la tierra y le insufla aliento de vida. Con ese gesto, el relato dice algo enorme: en ese niño habita un poder creador. Pero lo dice mediante una escena fantástica, casi de maravilla popular, muy distinta de la discreción de los evangelios canónicos.
Milagros que incomodan
Más extraño resulta el episodio del niño que cae desde un techo. Según la tradición transmitida por el Evangelio de la Infancia de Tomás, Jesús está jugando con otros niños en una terraza o en un lugar alto. Uno de ellos cae desde el techo y queda muerto. Sus padres acusan a Jesús de haberlo empujado.
Entonces Jesús se acerca al cuerpo y le ordena levantarse para decir si él lo tiró. El niño muerto vuelve a la vida y declara que Jesús no fue culpable. El prodigio impresiona, pero también desconcierta, porque el muerto vuelve casi como testigo judicial.
El contraste con los evangelios canónicos es fuerte. Cuando Jesús devuelve la vida al hijo de la viuda de Naím, lo hace movido por la compasión ante el dolor de su madre. En el caso de Lázaro, el signo queda unido a la fe, a la gloria de Dios y a la revelación de Jesús como resurrección y vida. En el apócrifo, en cambio, el niño resucita sobre todo para defender a Jesús de una acusación que, al menos esta vez, era injusta.
En otros pasajes, la dificultad crece. Mientras Jesús juega junto al arroyo y arma unos charquitos con barro y agua, otro niño los deshace con una rama. Jesús lo maldice, y el niño queda seco como una rama. En otra escena, alguien choca con él o lo golpea, según la versión, y muere después de recibir su palabra de condena. Los adultos que protestan pueden quedar ciegos. A veces, más adelante, Jesús repara el daño y devuelve la salud a quienes había castigado. Pero la impresión inicial permanece.
El problema no está solo en el tono fantástico del relato. Lo que incomoda es que, por momentos, el poder de Jesús aparece narrado casi como una reacción de niño herido en su orgullo. Roza el capricho, el berrinche y la represalia, más que el signo de misericordia que los evangelios asocian con el Reino.
El maestro, la alfa y el Jesús que crece
También aparece el motivo del maestro desconcertado. José lleva al niño Jesús para que aprenda las letras, pero la escena se invierte enseguida. El maestro intenta comenzar por el alfabeto y le pide que diga la alfa. Jesús, en cambio, lo desafía y le pregunta si realmente sabe enseñar, porque antes debería explicar el sentido de esa primera letra. En algunas versiones, el maestro se irrita y golpea al niño. Jesús lo maldice, y el maestro cae al suelo o queda desvanecido.
Lucas ofrece una imagen casi opuesta. También allí Jesús aparece de niño ante doctores de la Ley, pero no como alguien que humilla o castiga. Está sentado en medio de ellos, escucha, pregunta, responde, y todos se admiran de su inteligencia.
Después, el evangelista resume su crecimiento con una frase mucho más discreta y más profunda: “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Esa expresión permite afirmar su verdadera humanidad sin negar el misterio de su identidad.
Relatos más domésticos
No todos los relatos apócrifos de infancia tienen un tono oscuro o incómodo. Algunos son domésticos y amables. En una tradición, María envía a Jesús a buscar agua. El cántaro se rompe, y el niño lleva el agua en su manto como si la tela pudiera contenerla. En otra escena, Jesús ayuda a José en el taller de carpintería alargando milagrosamente una madera que había quedado demasiado corta.
También aparece, en algunas versiones, el episodio de Santiago, hermano de Jesús, mordido por una serpiente mientras recoge leña. Jesús se acerca, sopla sobre la herida, el veneno desaparece y la serpiente muere. La escena tiene un tono distinto de los episodios más violentos. Aquí el poder del niño no castiga ni humilla, sino que cura.
Son escenas más tiernas, casi familiares. Allí se nota el deseo de imaginar la vida cotidiana de Nazaret, el trabajo de José, las tareas de María, los pequeños problemas de la casa resueltos por la presencia extraordinaria del Niño Dios. Incluso cuando el relato conserva un aire maravilloso, ya no pesa tanto la incomodidad de los castigos, sino la curiosidad piadosa por una infancia que los evangelios canónicos apenas rozan.
Por qué el canon importa
Estos textos dicen menos sobre la infancia histórica de Jesús que sobre la curiosidad, la devoción y la imaginación teológica de algunos cristianos antiguos. En ellos se mezclan preguntas hondas con recursos narrativos ingenuos, intuiciones cristológicas con fantasía popular, veneración por Jesús con formas de contar que hoy nos resultan extrañas. Sería injusto tratarlos simplemente como tonterías o fantasías ridículas. Son documentos culturales y religiosos valiosos, porque ayudan a conocer cómo ciertas comunidades intentaron pensar el misterio de Cristo cuando todavía se estaban afinando lenguajes, límites y criterios.
Al mismo tiempo, la comparación con Mateo, Marcos, Lucas y Juan permite valorar mejor la sobriedad de los evangelios reconocidos por la Iglesia. En ellos, Jesús no usa su poder para impresionar, vengarse, imponerse o resolver caprichos. Sus milagros están orientados hacia la vida, la fe, la misericordia y la llegada del Reino. Incluso cuando manifiesta autoridad, esa autoridad aparece unida a la obediencia al Padre y a la compasión por los pequeños, los enfermos, los pecadores y los excluidos.
La Iglesia no dejó fuera estos textos por miedo a secretos incómodos. No reconoció en ellos la autoridad apostólica, la coherencia doctrinal, la recepción eclesial ni el rostro de Cristo que sí encontró en los evangelios canónicos. Algunos circularon mucho, influyeron en la piedad, dejaron huellas en el arte y alimentaron la imaginación cristiana durante siglos. Pero circular no es lo mismo que ser Escritura. Una tradición puede ser antigua, interesante y religiosamente significativa sin tener por eso autoridad canónica.
Los evangelios apócrifos de la infancia no revelan un Jesús más auténtico que la Iglesia habría escondido. Revelan, más bien, cómo ciertos cristianos posteriores imaginaron lo que los evangelios canónicos prefirieron callar. A veces lo hicieron con devoción, a veces con fantasía, y otras veces con escenas tan desmedidas que terminan mostrando, por contraste, la fuerza espiritual de la sobriedad evangélica.
El Jesús niño de los apócrifos puede resultar fascinante, extraño e incluso incómodo. Nos permite asomarnos a la imaginación cristiana antigua, con sus preguntas, sus excesos y su deseo de llenar silencios. Pero el Cristo de la fe no se reconoce por prodigios caprichosos ni por poderes divinos difíciles de domesticar. Se reconoce en el Evangelio recibido por la Iglesia, donde sus signos revelan el rostro misericordioso y verdadero de Dios.
Notas
- Evangelio de la Infancia de Tomás: Escrito antiguo centrado en rellenar los años perdidos de la niñez de Jesús mediante relatos populares y milagros extraordinarios. No posee relación directa con el Evangelio de Tomás de carácter gnóstico.
- Sentido de la palabra apócrifo: Proveniente del griego apókryphos (oculto). En teología bíblica define los textos que no ingresaron al canon oficial de la Iglesia por carecer de inspiración divina o marcas de autenticidad apostólica, preservando únicamente valores culturales o históricos.
- Milagros como signos: Concepto teológico fundamental de los textos canónicos donde las obras de poder de Jesús no buscan el beneficio personal o el asombro técnico, sino manifestar la llegada del Reino de Dios mediante actos de restauración, perdón y profunda misericordia.
Bibliografía
- Garavaglia, Santiago F. El Jesús niño que los evangelios no cuentan.
- Escuela Bíblica de Jerusalén. Biblia de Jerusalén.
- Evangelio de la Infancia de Tomás (Documentos de la literatura cristiana primitiva).

Autor Santiago F. Garavaglia

Excelente. Me gustaría una bibliografía más precisa. ¿Exactamente de qué versión sacaste el evangelio de Tomás?
¿Los apócrifos también responden a elaboraciones de tradición oral de ciertas comunidades cristianas preciosas, o son fantasías y opiniones absolutamente individuales? Gracias.