Serie «El Siervo de YHWH en Isaías» — 6 de 6: ¿Isaías 53 hablaba de Jesús? Del Siervo sufriente al Cristo crucificado

¿Isaías 53 hablaba de Jesús? Del Siervo sufriente al Cristo crucificado.

Un funcionario etíope regresaba de Jerusalén leyendo en voz alta un pasaje que todavía hoy provoca la misma pregunta. El texto hablaba de alguien llevado «como oveja al matadero», humillado y privado de justicia (Is 53,7-8). Cuando Felipe se acercó, el viajero le preguntó: «Te ruego, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?» (Hch 8,34). El relato añade que Felipe, «comenzando por este texto de la Escritura, le anunció a Jesús» (Hch 8,35).

La pregunta del etíope no es ingenua. ¿Cómo llegó un poema compuesto varios siglos antes de Jesús a convertirse en uno de los textos fundamentales con los que los primeros cristianos interpretaron su muerte?

Una muerte que necesitaba ser comprendida

Isaías 52,13–53,12 presenta a un Siervo rechazado, inocente y humillado, que carga con males ajenos, es arrancado de «la tierra de los vivos», recibe sepultura y, contra toda expectativa, termina vindicado por Dios (Is 53,3-12). Su identidad histórica continúa discutida. En el propio libro, Israel es llamado repetidamente «siervo» de YHWH (Is 41,8-9; 44,1-2.21), aunque los Cánticos contienen también rasgos individuales que han llevado a proponer profetas, personajes concretos o una figura representativa del pueblo [0.1.39-0.1.40].

El autor del siglo VI a. C. escribía dentro de la crisis del exilio babilónico. No estaba redactando conscientemente una biografía anticipada de Jesús de Nazaret. Pero tampoco se sigue de eso que la lectura cristiana posterior sea un juego arbitrario con palabras antiguas. Una cosa es preguntarse qué podía significar el poema para sus primeros oyentes y otra estudiar cómo fue releído posteriormente. Esa distinción resulta decisiva para no confundir el sentido histórico con su recepción cristiana.

La crucifixión planteó un problema enorme a los discípulos. Jesús había sido ejecutado por Roma mediante una pena pública y degradante. Confesar como Mesías —el «ungido», título aplicado a quien Dios elige para una misión— a alguien que había terminado crucificado exigía repensar qué podía significar aquella muerte. Pablo todavía reconoce el escándalo cuando habla de «Cristo crucificado» como tropiezo y necedad para muchos (1 Cor 1,18-25).

Los primeros cristianos no empezaron con una hoja en blanco. Eran judíos y leían la Torá, los Profetas y los Salmos como Escritura. Convencidos después de Pascua de que Dios había resucitado a Jesús, volvieron sobre esos textos buscando un lenguaje capaz de expresar lo ocurrido. Esa «relectura» o «recepción» consiste precisamente en eso. Un texto nacido en una situación histórica determinada es leído nuevamente desde un acontecimiento posterior que permite advertir relaciones y posibilidades de sentido antes no visibles del mismo modo [0.1.39-0.1.40]. En Isaías 53 encontraron una estructura extraordinariamente cercana a lo que trataban de comprender. El despreciado resulta inocente; el derrotado es vindicado; su sufrimiento aparece relacionado con los pecados de otros; quien parecía abandonado por Dios termina siendo reconocido como instrumento de salvación (Is 53,4-6.10-12). La cruz podía dejar de ser simplemente la refutación de Jesús para convertirse en una clave de su misión.

Cuando Isaías reaparece en el Nuevo Testamento

Hechos ofrece el ejemplo más explícito. El etíope está leyendo Is 53,7-8 según la Septuaginta, la antigua traducción griega de las Escrituras utilizada ampliamente por judíos de lengua griega y por los primeros cristianos. Esa versión presenta algunos matices distintos del texto hebreo. Hechos reproduce prácticamente su formulación y Lucas convierte el pasaje en punto de partida para anunciar a Jesús (Hch 8,32-35). No sabemos qué argumentos desarrolló Felipe porque el relato no los conserva; afirmar más sería inventar la conversación.

Mateo utiliza el mismo capítulo de una manera sorprendente. Después de narrar varias curaciones, escribe que así se cumplió lo anunciado por Isaías: «Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,16-17; Is 53,4). Aquí la formulación se acerca más al hebreo, que habla de enfermedades y dolores, que a la Septuaginta, que en ese versículo introduce el lenguaje de los pecados. Para Mateo, por tanto, el Siervo no ilumina únicamente la muerte de Jesús. También ayuda a comprender un ministerio en el que Jesús carga solidariamente con la fragilidad humana.

Lucas pone en labios de Jesús otra frase decisiva antes de la pasión: «Fue contado entre los transgresores» (Lc 22,37; Is 53,12). Dentro del relato lucano, Jesús interpreta así lo que está por sucederle. Determinar si esas palabras fueron pronunciadas históricamente exactamente de ese modo es otra cuestión; literaria y teológicamente, la intención de Lucas es clara [0.1.40-0.1.41].

El eco más intenso aparece probablemente en 1 Pedro. Cristo «no cometió pecado ni se encontró engaño en su boca» (1 Pe 2,22; Is 53,9); «llevó nuestros pecados» (1 Pe 2,24; cf. Is 53,11-12); «por sus heridas fueron sanados» (1 Pe 2,24; Is 53,5), y los creyentes eran «como ovejas descarriadas» (1 Pe 2,25; Is 53,6). El autor no toma una frase aislada, sino que entreteje diversos motivos del poema para presentar a Cristo como inocente sufriente y, al mismo tiempo, como modelo de fidelidad. El pasaje no debería utilizarse para exigir a una víctima que permanezca indefinidamente dentro de una situación abusiva. Su intención es interpretar el sufrimiento injusto de personas vulnerables a la luz de Cristo, no sacralizar la violencia.

También hay relaciones posibles donde no existe una cita explícita. Jesús guarda silencio ante sus acusadores en varias escenas de la pasión (Mc 14,60-61; 15,4-5; Mt 26,62-63; 27,12-14), lo que recuerda al Siervo que «no abría la boca» (Is 53,7). Mateo presenta a José de Arimatea como «un hombre rico» que deposita a Jesús en su sepulcro (Mt 27,57-60), y algunos han visto allí un eco del difícil texto sobre la tumba del Siervo «con los ricos» (Is 53,9). Son asociaciones plausibles, no demostraciones de que los evangelistas inventaran cada detalle para hacer coincidir la historia con Isaías [0.1.40-0.1.41]. Algo semejante ocurre con «el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). La entrega de la vida y «los muchos» recuerdan con fuerza Is 53,10-12, pero «rescate» introduce además otros lenguajes bíblicos de liberación. La dependencia directa continúa siendo discutida.

Pablo afirma que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1 Cor 15,3), aunque no dice qué pasajes tiene en mente. Isaías 53 pudo formar parte de ese horizonte. También se han señalado afinidades con «fue entregado por nuestros pecados» (Rom 4,25) y con el Padre que «entregó» a su Hijo «por todos nosotros» (Rom 8,32), pero aquí conviene hablar de ecos posibles y no de citas comprobables.

Sacrificio, pecado y una victoria inesperada

En Is 53,10 aparece la palabra hebrea ’asham, que designa una ofrenda de reparación o de culpa dentro del culto israelita. Ese vocabulario pertenece al campo de la expiación, es decir, a los ritos mediante los cuales se afrontaba y reparaba la ruptura provocada por el pecado [0.1.41-0.1.42]. El poema lo emplea de manera singular para hablar de una vida humana ofrecida en favor de otros. No significa que todo el Nuevo Testamento reduzca la muerte de Jesús a una sola teoría. Los primeros cristianos recurrieron a varias imágenes: sacrificio, alianza, Pascua, rescate, reconciliación, Siervo y justo sufriente.

Tampoco «murió por nuestros pecados» significa que Dios necesitara disfrutar del dolor de un inocente antes de perdonar. El lenguaje bíblico es más complejo. La pasión es presentada como resultado de la violencia humana y, a la vez, como entrega libre, obediencia y amor de Jesús, que Dios no deja en la muerte sino que vindica. Las teorías posteriores sobre satisfacción o castigo sustitutivo intentarán sistematizar algunos de estos elementos, pero no deben confundirse sin más con todas las imágenes del Nuevo Testamento.

¿Anuncia Isaías la resurrección? Después de la muerte, el Siervo «verá descendencia» y «prolongará sus días» (Is 53,10); algunos antiguos testimonios textuales conservan además la imagen de «ver la luz» (Is 53,11). El poema expresa una sorprendente vindicación más allá de su eliminación, pero no describe todavía una resurrección corporal con la claridad con que lo hará la confesión pascual cristiana. Los discípulos pudieron reconocer en esa inversión —muerte seguida de exaltación— un lenguaje extraordinariamente adecuado para hablar de Jesús.

¿Predicción o cumplimiento?

Aquí está la cuestión decisiva. En la Biblia, «profecía» no significa necesariamente una predicción fotográfica del futuro. Y «cumplimiento» puede ser algo más profundo que comprobar que un autor antiguo anticipó detalles que sucederían siglos después [0.1.41-0.1.42].

Históricamente, los Cánticos pertenecen al mundo de Israel y deben ser comprendidos primero allí. Para la lectura cristiana, en cambio, Jesús lleva esa figura a una plenitud nueva. No porque Isaías hubiese visto de antemano el nombre de Jesús, el año de su muerte o una crucifixión romana, sino porque la vida, la pasión y la exaltación de Jesús encajaron de manera sorprendente en una gramática bíblica ya existente: servicio, inocencia, rechazo, entrega por otros y vindicación divina.

Esta lectura tampoco autoriza a decir que el judaísmo «no entendió» su propia Escritura. La identificación de Israel como Siervo tiene raíces firmes dentro de Isaías (Is 41,8-9; 44,1-2.21), y la tradición judía conoció interpretaciones colectivas, individuales e incluso algunas mesiánicas. No existió una única lectura judía de Isaías 53 a lo largo de los siglos.

La lectura cristiana no necesita borrar esa historia. Puede comprender a Jesús, dentro de su propia hermenéutica, como aquel en quien la vocación del Siervo y la vocación de Israel se concentran y alcanzan una forma nueva [0.1.42-0.1.43].

Los otros Cánticos muestran que el proceso fue más amplio que Isaías 53. Mateo aplica a Jesús al Siervo manso que lleva justicia a las naciones (Mt 12,17-21; Is 42,1-4). La expresión «luz de las naciones» aparece en Simeón y también en la misión de Pablo y Bernabé (Lc 2,32; Hch 13,47; Is 49,6). El tercer Cántico ofrece la imagen del discípulo fiel que soporta golpes y ultrajes sin abandonar su misión (Is 50,4-9). El cuarto terminó siendo la formulación más intensa para interpretar la cruz.

¿Jesús mismo se comprendió como ese Siervo? Textos como Mc 10,45 y Lc 22,37 hacen posible esa hipótesis, pero reconstruir con certeza absoluta su autoconciencia histórica excede lo que permiten nuestras fuentes. Lo indudable es que muy pronto sus seguidores encontraron en aquellos poemas una de las matrices fundamentales de su cristología, es decir, de su reflexión sobre quién era Jesús y qué significaban su vida y su muerte.

Volvemos entonces a la pregunta del etíope: «¿De quién dice esto el profeta?» (Hch 8,34). Después de recorrer los Cánticos, la respuesta ya no cabe en una identificación rápida. El Siervo pertenece primero a la historia y a la fe de Israel. Pero, cuando los discípulos intentaron comprender al crucificado que confesaban resucitado, descubrieron que aquellas antiguas palabras parecían adquirir una profundidad inesperada [0.1.42-0.1.43].

Isaías 53 no necesitaba ser una fotografía anticipada del Calvario para convertirse en Escritura cristológica. Su fuerza estuvo precisamente en ofrecer, siglos antes, el lenguaje con el que los primeros cristianos pudieron decir lo que parecía imposible: que el Mesías crucificado no había sido abandonado por Dios y que el signo máximo del fracaso podía ser releído como entrega, salvación y comienzo de una victoria.

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