LECTURA DOMINICAL | EL GRITO DE LA VIÑA Y LAS MANOS DEL DUEÑO

El grito de la viña y las manos del dueño

FECHA: Domingo 4 de octubre de 2026

Dios no busca dueños de su herencia sino servidores que devuelvan frutos de justicia.

Basta recibir un manojo de llaves para cambiar el paso. Ocurre con frecuencia en nuestros templos y salones parroquiales. Asumimos una coordinación pastoral, acumulamos años de servicio, leemos manuales de teología, dominamos el vocabulario eclesial y, de pronto, empezamos a caminar por la comunidad sintiéndonos dueños del terreno.

Levantamos aduanas invisibles. Decidimos quién tiene derecho a cruzar el umbral y quién debe quedarse a la intemperie. Nos convertimos en celadores de una finca ajena. Olvidamos, con una amnesia peligrosa, nuestra condición de jornaleros temporales que no poseen nada.

La tentación de adueñarse de lo sagrado no nació en nuestro tiempo. Tiene siglos de espesor y una raíz amarga que la Escritura conoce desde antiguo.

La balada popular y las bayas amargas de Judá

Ocho siglos antes de Jesús, el profeta Isaías subió a cantar durante las fiestas otoñales de Judá. En aquel tiempo, las colinas pedregosas olían a mosto recién pisado y las familias celebraban el fruto de la tierra en las chozas de la vendimia. Isaías no comenzó con una maldición ni con un discurso solemne. Entonó una balada popular de amor campesino.

Cantó al amigo que eligió una ladera fértil, que quebró la costra dura del terreno con la azada, que retiró una a una las piedras calizas del sendero, levantó una torre de vigía contra los saqueadores y cavó en la roca viva la balsa del lagar. El viñador cuidó cada brote sin escatimar desvelo. Esperaba uvas dulces, generosas, capaces de alegrar las mesas de fiesta. La viña, sin embargo, respondió arrojando beushim: bayas amargas, frutos silvestres y hediondos que raspan la garganta al tragar.

El desenlace de ese poema hebreo es demoledor. Dios esperaba mishpat, que significa el derecho y la justicia viva que amparan al huérfano y defienden al jornalero desvalido, y brotó el derramamiento de sangre y violencia legal. Dios aguardaba tsedaqah, fidelidad comunitaria a la alianza, y en su lugar escuchó tseakah, el alarido desgarrador del campesino al que le arrebatan su tierra. En la lengua hebrea original, las palabras casi calcan su sonido para poner en evidencia una tragedia moral. La maquinaria del templo continuaba funcionando, los sacrificios humeaban sobre el altar, pero la vida de la nación apestaba a despojo.

Los labradores rapaces y la variación de Jesús

Jesús conocía esta canción desde su infancia. La había escuchado en las aldeas de Galilea. Por eso, en los días previos a su condena, acorralado en los patios de piedra del Templo de Jerusalén por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, vuelve a pintar el mismo cuadro delante de sus ojos.

Vuelve a describir la cerca de piedras, la torre de vigilancia y la balsa del lagar. Los letrados y miembros del Sanedrín sonrieron con arrogancia porque creían dominar el significado de las viejas figuras proféticas. Sin embargo, el Tekton galileo introduce una variación desconcertante que les hiela la sangre.

En su relato, la tierra no es estéril. La viña florece, ofrece racimos magníficos y promete cosechas abundantes. La enfermedad mortal ya no se encuentra en las ramas ni en el suelo; la corrupción habita en el corazón de los labradores encargados de cuidarla.

Aquellos administradores de la parábola no eran peones ingenuos. Conocían a la perfección las leyes de posesión de tierras vigentes en la provincia romana de Judea. Sabían que, si un propietario extranjero moría sin dejar herederos directos en el territorio para reclamar el título de la finca, los colonos que habitaban y trabajaban el suelo podían adjudicarse legalmente la propiedad por derecho de ocupación continuada.

Cuando vieron llegar al hijo único del dueño, no actuaron bajo un arrebato ciego de furia. Actuaron con un cálculo frío, deliberado y rapaz. Vieron en la llegada del muchacho la oportunidad de quedarse con el patrimonio definitivo: es el heredero; lo matamos y la viña será nuestra. Lo sacaron del cercado y lo ejecutaron en el descampado.

Jesús interrumpe la narración, fija la mirada en los rostros de los sacerdotes y formula la pregunta decisiva: cuando regrese el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

Ellos mismos pronuncian su sentencia sin sospechar la trampa: kakous kakos apolesei autous, dice el texto griego; «a esos malvados les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros agricultores que le entreguen los frutos a su tiempo».

El lazo se ha cerrado sobre sus cabezas. Quienes se consideraban los únicos depositarios de la Ley y los administradores exclusivos de Dios descubren aterrados que el relato habla de ellos. Se habían adueñado de la fe del pueblo. Habían transformado la casa de oración en un centro de lucro, silenciando y apedreando a los profetas que denunciaban sus abusos. Pocos días después, consumarán la parábola al pie de la letra: sacarán al Hijo fuera de los muros de la ciudad santa y lo clavarán en una cruz para no contaminar su pureza ritual.

La tentación del especialista y los verdaderos frutos

Ustedes y yo nos encontramos en un camino de búsqueda. Abrimos libros de historia, profundizamos en la teología bíblica. Todo esto representa una vocación noble, pero también oculta una trampa letal.

Existe una enfermedad espiritual que apenas toca al creyente sencillo y que, en cambio, acecha con saña a quien acumula formación religiosa: la soberbia del especialista. Creer que el dominio de conceptos o la coordinación de programas pastorales nos otorga una escritura pública sobre el Evangelio. Nos instalamos en la torre del viñador no para cuidar el cansancio de los hermanos, sino para vigilar sus debilidades y consolidar nuestro prestigio en las reuniones.

Nos volvemos jueces implacables. Miramos con desdén a quien no maneja nuestro vocabulario y rechazamos a los mensajes inesperados que Dios envía cuando sus palabras incomodan nuestra rutina o cuestionan nuestras certezas institucionales.

Conviene grabar esta verdad en lo profundo de la memoria.

Dios jamás vendrá a pedir cuentas de los diplomas que hayamos colgado en la pared ni de la brillantez con que expongamos nuestras ponencias. El Dueño de la vida descenderá a su viña buscando exactamente lo mismo que pedía a través de Isaías: racimos maduros de compasión práctica, hogares reconciliados, manos que sostienen la fragilidad del que cae y espacios donde los descartados encuentren refugio. Si nuestro estudio solo alimenta la arrogancia de sentirnos superiores a la gente sencilla, nuestros frutos siguen teniendo el olor fétido de los agraces amargos.

Por esta razón, Jesús rescata el Salmo ciento dieciocho: la piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular. El proyecto de Dios no se apoya en los grupos selectos que custodia privilegios. Su cimiento definitivo es aquello que el criterio del mundo descarta: el Siervo despojado, el profeta crucificado fuera de la ciudad, la dignidad pisoteada de los pobres. Sobre esa roca descansa el Reino. Quien tropieza con ella se quiebra; a quien intenta manipularla para sus intereses, terminará aplastándolo.

El centinela activo de la paz

Frente a la ambición de mandar y tener el control, Pablo ofrece una respuesta lúcida en su carta a la comunidad de Filipos. Escribiendo desde una prisión romana, rodeado de soldados imperiales, emplea un verbo de procedencia militar: phrouresei. Dice que la paz de Dios custodiará nuestros corazones. Ese término describe con exactitud la guardia armada que vigila día y noche los accesos de una plaza fortificada para impedir la infiltración del enemigo.

La paz que Dios concede no equivale a una tranquilidad pasiva ni a una fuga espiritual para desentenderse de los dolores del barrio o del país. Es un centinela activo que la gracia levanta a las puertas de la conciencia para que el veneno de la vanidad, la rivalidad pastoral y las ansias de dominio no se apoderen de nuestras decisiones. Cuando esa paz monta guardia por dentro, desaparece la histeria por defender títulos, privilegios o espacios de poder en la parroquia.

Mañana comenzará la semana laboral. Volveremos al trabajo cotidiano, a las urgencias de la familia, al tráfico y a las calles de nuestras ciudades.

Regresemos a nuestros ambientes con las manos abiertas. Soltemos el afán de adueñarse de las personas y de los procesos comunitarios. La viña es del Señor; nosotros somos apenas jornaleros que tuvieron la dicha de ser convocados a levantar la cosecha.

Dediquemos nuestros esfuerzos a todo lo que es verdadero, noble, justo, limpio y amable. Hagamos que cada hora de estudio biblico florezca en paciencia callada, cercanía con el que sufre y servicio desinteresado. Entreguemos los frutos a su debido tiempo. Dejen que el Dios de la paz custodie slnuestros pensamientos. Solo de este modo, cuando el Dueño de la historia venga a contemplar los campos al atardecer, no encontrará espinas que hieren, sino racimos dulces que sacien la sed de nuestra tierra.

Autor: Lic. Roy Antonio Cisneros Sánchez, MAEd.

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