Del Areópago a las redes: cómo inculturar el Evangelio sin vaciarlo

Antes de hablar, Pablo aprendió a mirar

Pablo no llegó a Atenas repitiendo un discurso preparado para cualquier público. Caminó por la ciudad, observó sus templos e imágenes religiosas e intentó comprender qué buscaban sus habitantes. Cuando habló ante el Areópago, partió de una inscripción que había encontrado: «Al Dios desconocido» (Hch 17,22-23).

Aquel altar le permitió comenzar desde una pregunta ya presente en sus oyentes. Pablo citó versos de poetas griegos (Hch 17,28), pero no se limitó a confirmar lo que Atenas pensaba. Criticó la pretensión de encerrar a Dios en oro, plata o piedra (Hch 17,29) y terminó anunciando la resurrección de Jesús. Algunos se burlaron; otros quisieron seguir escuchándolo (Hch 17,32-34).

En su manera de proceder aparece una clave misionera permanente. Pablo observa, reconoce una búsqueda, encuentra un punto de contacto y utiliza un lenguaje comprensible, sin renunciar a discernir. No destruye el altar, sino que comienza leyéndolo, aunque comprenderlo no implica adorarlo.

Inculturar no es decorar ni diluir

La inculturación permite que la fe sea comprendida, vivida y expresada dentro de una cultura concreta. El Evangelio entra en sus preguntas, símbolos y modos de imaginar la vida. No consiste simplemente en modernizar recursos.

Una parroquia puede utilizar pantallas, redes sociales y música contemporánea y seguir hablando un idioma espiritual que pocos fuera de ella entienden. Cambiar la forma externa no garantiza que el mensaje haya entrado en una cultura.

También existe el peligro contrario. Cuando el cristianismo se reduce a autoayuda, bienestar emocional, activismo social o valores genéricos, puede resultar aceptable sin que eso signifique evangelizar. Una evangelización que nadie entiende ha fallado en comunicar; una que nunca contradice nada quizá ya no tenga Evangelio que comunicar.

La Encarnación y las muchas lenguas

La inculturación no nació como una técnica pastoral moderna. Su fundamento está en la Encarnación. El Verbo «se hizo carne» y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Dios entró en una familia, una lengua, un pueblo y una tradición religiosa.

Jesús fue judío, rezó con las Escrituras de Israel y habló con imágenes tomadas de la vida cotidiana. También cuestionó exclusiones y lecturas de la Ley que olvidaban la misericordia. El Evangelio entra en una cultura sin quedar prisionero de ella.

En Pentecostés, personas de diversos lugares escucharon el anuncio en sus propias lenguas (Hch 2,1-11). El cristianismo no nació suprimiendo la diversidad, sino haciéndose comprensible dentro de ella. Por eso Pablo pudo decir que se había hecho «todo para todos» (1 Co 9,19-23), adaptando su modo de acercarse sin modificar el centro de lo anunciado.

Una sociedad de búsquedas y contradicciones

Hablar de «la modernidad» como si fuera un bloque uniforme conduce a errores. La sociedad contemporánea reúne secularización y nuevas espiritualidades, avances científicos y desinformación, defensa de derechos y descarte de los débiles, libertad personal y nuevas formas de soledad. Conviven la preocupación por la salud mental, el consumismo, la conciencia ambiental, la crisis institucional y una enorme confianza en la tecnología.

La Iglesia no dialoga con una modernidad abstracta, sino con personas que viven entre conquistas valiosas, heridas reales y contradicciones profundas. Los nuevos altares pueden llamarse terapia, tecnología, bienestar, consumo o reconocimiento. No son un cristianismo inconsciente, pero pueden expresar preguntas sobre el sentido y la esperanza.

La cultura actual ha aprendido a nombrar el trauma, la ansiedad, la depresión, el abuso y los vínculos dañinos. Ese lenguaje permite reconocer sufrimientos antes silenciados. El Evangelio puede dialogar con esas heridas sin convertirse solamente en terapia, porque la salvación cristiana abarca más que sentirse emocionalmente mejor.

Dignidad, ciencia y conversión eclesial

La sensibilidad hacia las víctimas y la dignidad personal ofrece un terreno de encuentro. Jesús se acercó a enfermos, pobres y excluidos, y la fe afirma que el valor humano no depende de la utilidad o el éxito.

Esas mismas preocupaciones obligan a la Iglesia a examinar sus pecados, silencios, complicidades y abusos. Inculturar no significa solamente enseñar a la cultura, pues también supone permitir que sus preguntas justas provoquen conversión eclesial.

La ciencia y la inteligencia artificial abren nuevos espacios de diálogo. La fe no necesita utilizar a Dios para explicar aquello que la ciencia todavía desconoce. Puede preguntar por el sentido, la responsabilidad, el uso del poder y los límites éticos. La nota Antiqua et nova, redactada y firmada conjuntamente por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, propone evaluar la inteligencia artificial desde la dignidad, la verdad y el bien común, y advierte de su capacidad para multiplicar falsificaciones y polarización [0.1.35-0.1.36].

El Areópago digital

Las redes sociales no son herramientas neutrales. Moldean la atención, el lenguaje, las relaciones y la percepción de la realidad. Favorecen la rapidez, la exposición constante, la búsqueda de aprobación y el consumo fragmentado, aunque también permiten aprendizaje, solidaridad y encuentros antes imposibles.

La Iglesia necesita habitar ese ambiente sin copiar todas sus lógicas. El Evangelio puede entrar en las redes sin convertirse en otro producto que compita por segundos de atención. Hacia una plena presencia, del Dicasterio para la Comunicación, propone habitar el mundo digital de manera humana.

Muchos comunicadores cristianos prestan un servicio valioso, pero la fe puede deformarse cuando gira alrededor del culto a la personalidad, el escándalo o la monetización. Popularidad y fecundidad evangélica no son sinónimos.

Traducir palabras, escuchar preguntas

Buena parte del vocabulario cristiano ha perdido su significado fuera de los ámbitos eclesiales. Pecado, gracia, redención, sacrificio, conversión, Reino de Dios y vida eterna necesitan ser explicados, no simplemente repetidos.

Hablar de salvación exige mostrar de qué necesita ser salvada una persona concreta: culpa, violencia, aislamiento, desesperanza, egoísmo, injusticia o muerte. Explicar la gracia y la conversión exige recuperar también su sentido humano y bíblico.

Escuchar resulta indispensable porque la Iglesia puede responder preguntas que nadie está formulando. Exige estudiar la cultura, reconocer sus valores, comprender sus heridas y admitir que algunos problemas no tienen soluciones rápidas.

Recibir, discernir y cuestionar

La cultura contemporánea ofrece valores con los que la fe puede dialogar. La dignidad de toda persona, la libertad de conciencia, la atención a las víctimas, el cuidado ambiental y la vigilancia frente a los abusos de poder son terrenos de encuentro. No pertenecen exclusivamente al cristianismo ni nuestras sociedades los viven siempre coherentemente.

El Evangelio también cuestiona el individualismo, el consumismo, el descarte de los débiles, la mercantilización del cuerpo, el narcisismo digital, la indiferencia ante el pobre y la autosuficiencia tecnológica. No llega a una cultura solamente para bendecirla; también juzga aquello que destruye la vida.

La diferencia con el sincretismo es importante. Este mezcla creencias indiscriminadamente hasta volver irreconocible cada tradición, mientras la inculturación recibe, discierne y transforma. Ad gentes admite que las Iglesias asuman elementos valiosos de los pueblos sin romper la comunión.

Una tarea antigua y una memoria incómoda

El cristianismo nunca existió fuera de la cultura. Dialogó con la filosofía griega, se expresó en numerosas lenguas, tradujo la Biblia y desarrolló formas artísticas y litúrgicas diversas. Cada época necesitó expresar la fe mediante lenguajes nuevos.

Ese proceso tampoco estuvo libre de errores. En distintos momentos, la misión quedó asociada a conquistas políticas, imposiciones culturales y desprecio hacia pueblos considerados inferiores. Reconocerlo no reduce toda la historia misionera a opresión, pero impide confundir el Evangelio con las costumbres del misionero.

El Concilio Vaticano II señaló en Gaudium et spes que la Iglesia también aprende de la historia, las ciencias y las culturas. Ad gentes, Evangelii nuntiandi, Redemptoris missio y Evangelii gaudium profundizaron ese diálogo entre evangelización y cultura.

El punto que no puede ocultarse

Por cuidadosa que sea la inculturación, llega un momento en que el Evangelio desborda lo que una cultura considera razonable o aceptable. Para los atenienses fue la resurrección. Para otras épocas puede ser Cristo crucificado, el perdón de los enemigos, la conversión, la dignidad del pobre o la esperanza más allá de la muerte.

Pablo habló el idioma de Atenas, pero no reemplazó la resurrección por una idea filosófica más fácil de aceptar. Su respeto no se convirtió en silencio ni su convicción en agresividad.

La cruz impide reducir la evangelización a marketing espiritual. Frente a una cultura que admira rendimiento, influencia y éxito, presenta entrega, servicio, fidelidad y amor que no domina. Pablo sabía que podía parecer locura o escándalo (1 Co 1,18-25), pero no retiró ese anuncio para conservar su audiencia.

Hoy la Iglesia encuentra otros altares ligados a la tecnología, el bienestar, la justicia, la salud mental, el consumo o el reconocimiento. No todos son falsos ni conducen por sí solos al Evangelio, pero expresan preguntas sobre qué puede salvar al ser humano.

Observar antes de anunciar, escuchar antes de responder y comprender antes de condenar expresan una misma actitud. El punto de contacto nunca exige ocultar aquello que resulte incómodo.

Del Areópago a las redes, la tarea sigue siendo entrar de verdad en una cultura sin permitir que el Evangelio desaparezca dentro de ella.

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