EL DIOS CERCANO EN EL QUE JESÚS CREÍA
Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.
El rabino que no inventó una religión
Si cerráramos los ojos por un momento y nos preguntáramos a qué Dios le rezaba Jesús cuando estaba a solas en el monte, la respuesta podría parecer obvia para el creyente moderno. Sin embargo, al abrir las páginas del Nuevo Testamento, nuestra mente sufre un genuino desconcierto.
Jesús, a quien millones veneran hoy como el fundador del cristianismo, no utilizó conceptos filosóficos abstractos para describir a la divinidad, ni pretendió diseñar un sistema teológico nuevo. Habló de semillas que crecen en secreto, de mujeres que pierden monedas y de padres que abrazan a hijos rebeldes.
¿Significa esto que el Nazareno creía en un Dios distinto al de las antiguas escrituras hebreas? ¿Acaso rompió con la fe de sus antepasados para fundar un culto a su propia medida?
Te invito a no huir de esta aparente contradicción histórica. Vamos a viajar al polvo de la Galilea del siglo primero para descubrir exactamente en quién creía el Jesús histórico. Al remover las pesadas capas de nuestros dogmas modernos, nos encontraremos con un rostro divino profundamente sanador, capaz de emancipar nuestra espiritualidad de los miedos que nos paralizan hoy.
El campesino frente al contable celestial
Para comprender la fe de Jesús, nuestra razón histórica nos exige partir de un dato empírico y textual indiscutible. La realidad documentada es que Jesús vivió, pensó y rezó como un judío de su época.
Cuando en el evangelio de Marcos un escriba se acerca a él para ponerlo a prueba y le pregunta cuál es el mandamiento más importante, el Nazareno no improvisa un credo desconocido. Extrae de su memoria la oración más antigua y sagrada de Israel:
«Escucha, Israel, el Señor Dios es el único señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas…»
Jesús está recitando el shema, la gran profesión de fe del libro del Deuteronomio que marcaba el ritmo diario de su pueblo.
Sin embargo, si Jesús creía en el mismo Dios que sus contemporáneos, la lógica nos obliga a indagar por qué terminó chocando frontalmente con las autoridades religiosas de su tiempo. Al sumergirnos en el contexto sociológico del primer siglo, descubrimos que el conflicto no radicaba en la identidad de Dios, sino en la manera en que este actuaba.
Para muchos dirigentes y fariseos de su entorno, Dios operaba como un excelente contable celestial. Ellos creían que el Creador llevaba un registro estricto, calculando los méritos de los justos para premiarlos y castigando a los pecadores con la enfermedad o la exclusión.
Esta teología transaccional había construido un muro de reglas de pureza insoportables para los campesinos galileos, marginando a los enfermos, a las mujeres y a los pobres. Al observar este sufrimiento, Jesús comprendió que encasillar a Dios en un tribunal de castigos destruía el verdadero sentido de la Alianza.
El padre que rompe las transacciones
La genialidad espiritual de Jesús y su conclusión teológica definitiva cristalizan en la forma revolucionaria con la que decidió dirigirse al Creador. En el centro de su enseñanza y de su propia oración, Jesús utilizó el término arameo abba, papá o papito querido. Con esta palabra cotidiana, propia del balbuceo de un niño, el Nazareno despojó a la divinidad de sus ropajes imperiales y terroríficos.
El Dios de Jesús no es un monarca distante que exige sacrificios para aplacar su ira, sino un Padre entrañable que se conmueve hasta las lágrimas por el sufrimiento humano. Utilizando el lenguaje sencillo de la tierra, con exageraciones y parábolas que la gente humilde podía memorizar, Jesús anunció un reinado divino donde la prioridad absoluta no es el cumplimiento estricto del sábado, sino el bienestar del hombre:
- Creía en un Dios que toma partido por los más débiles y postergados de la sociedad.
- Anunció a un Padre que prefiere el corazón compasivo antes que la liturgia vacía.
- Presentó a una divinidad que ofrece su amor de forma totalmente gratuita y desinteresada.
Desaprender el miedo en el siglo veintiuno
Navegar por las raíces de la fe de Jesús supone dar un salto gigantesco hacia la madurez intelectual e interior. Con demasiada facilidad, nuestras propias estructuras modernas nos han devuelto a la época de los contables celestiales. A menudo leemos la Biblia con temor, imaginando a un juez implacable que nos vigila desde el cielo, y vivimos agotados intentando acumular méritos morales o ritos para comprar nuestro derecho a la salvación.
Acercarnos al verdadero Dios de Jesús nos emancipa de este desgaste neurótico. Educar nuestra mirada consiste en desaprender la imagen del tirano divino y atrevernos a creer en la gracia. En medio de nuestras crisis cotidianas, de nuestras depresiones y de la incesante presión social del siglo veintiuno, el mensaje del Nazareno resulta un bálsamo liberador. Él nos demuestra que no tenemos que impresionar al cielo.
Al igual que Jesús en la angustia de Getsemaní, cuando confió plenamente en la voluntad de su Padre, nosotros estamos invitados a reposar en un amor que no exige perfección para abrazarnos. La verdadera madurez de nuestra fe radica en encarnar esa misma compasión activa en nuestras calles, sabiendo que, detrás del misterio del universo, late el corazón de un Padre que siempre pasa de largo frente a nuestras faltas para restaurar nuestra dignidad.
Notas aclaratorias sobre el texto
Shema (escucha): Término hebreo que designa la oración fundamental del judaísmo, extraída de Deuteronomio 6, 4-5. Al recitarla, Jesús demuestra su profundo arraigo en la tradición religiosa de su pueblo, afirmando el monoteísmo absoluto y el llamado al amor indiviso hacia el Creador.
Abba (papá o papito querido): Expresión aramea del ámbito familiar e íntimo. Su uso por parte del Jesús histórico marca un punto de inflexión sin precedentes en la historia de las religiones, al sustituir la distancia reverencial hacia Dios por una confianza filial absoluta y cálida.
El contable celestial: Imagen teológica predominante en ciertos sectores del fariseísmo del siglo I, que concebía la relación con Dios estrictamente en términos de retribución exacta mediante méritos y castigos. La enseñanza de Jesús dinamita este esquema al presentar la sobreabundancia de la misericordia divina que perdona gratuitamente.
Bibliografía consultada
- Asurmendi, J. M., et al. El Espíritu Santo en la Biblia, Cuadernos Bíblicos 52. Editorial Verbo Divino.
- Dupont, J. El mensaje de las bienaventuranzas, Cuadernos Bíblicos 24. Editorial Verbo Divino.
- George, A. El evangelio según san Lucas, Cuadernos Bíblicos 3. Editorial Verbo Divino.
- Gourgues, M. Jesús ante su pasión y su muerte, Cuadernos Bíblicos 30. Editorial Verbo Divino.
- Grelot, P. Los evangelios, Cuadernos Bíblicos 45. Editorial Verbo Divino.
- Pouilly, J. El Dios nuestro Padre, Cuadernos Bíblicos 68. Editorial Verbo Divino.

Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.


Reconfortante lectura Roy. Abrazo grande