LECTURA DOMINICAL | El amor no tiene retaguardia
Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.
25 DE OCTUBRE DE 2026
- Primera lectura: Éxodo 22, 20-26: Mandato contra oprimir a emigrantes, viudas y huérfanos, y prohibición de cobrar usura.
- Salmo responsorial: Salmo 17 18, 2-3a. 3bc-4. 47. 51ab R.: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza»
- Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1, 5c-10: Ejemplo de fe y conversión de los tesalonicenses.
- Aclamación Aleluya: Juan 14, 23: «El que me ama guardará mi palabra…»
- Evangelio: Mateo 22, 34-40: El mandamiento principal: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo.
Amar a Dios exige acoger y proteger la intemperie del hermano.
CUANDO LA LEY SE CONVIERTE EN COARTADA
Vivimos tentados por una extraña anestesia moral. Es muy fácil levantar una cerca invisible alrededor de nuestra tranquilidad y llamar a eso una vida correcta. Pagamos las cuentas a tiempo. No le robamos a nadie. Vamos al templo cada domingo con puntualidad intachable. Sin embargo, al cruzar el pórtico, el forastero sigue siendo un número incómodo, el endeudado un caso cerrado y el anciano solo un asunto burocrático ajeno a nuestra mesa.
Fabricamos con rapidez una devoción a la medida de nuestros temores. Una religión pulcra que no incomoda el bolsillo ni desordena las agendas. Llegamos a creer que la fe consiste meramente en no cometer faltas graves. Nos equivocamos de raíz. En el Evangelio, la indiferencia es una forma refinada de quebranto. El culto que se desentiende de la fragilidad ajena solo endurece el corazón bajo un barniz de respetabilidad.
EL PACTO DEL SINAÍ Y LA PREGUNTA DE LOS LETRADOS
Para comprender la respuesta de Jesús es necesario escuchar el clamor del libro del Éxodo. El Código de la Alianza no nació en palacios ni en academias teológicas. Nació en la travesía dura del desierto, entre hombres y mujeres que todavía llevaban en los tobillos las rozaduras de los grilletes egipcios. La ley de Moisés pone un límite infranqueable al abuso económico y a la desmemoria: no maltratarás al forastero ni oprimirás a la viuda o al huérfano. Y si tomas en prenda el manto de tu prójimo pobre por una deuda, se lo devolverás antes de que se ponga el sol. Porque es su único abrigo contra el frío de la noche; ¿en qué va a dormir si no? Dios declara con voz firme: si clama a mí, yo lo escucharé, porque soy compasivo. La compasión divina no es una idea abstracta; es un refugio tangible frente a la intemperie.
Siglos más tarde, en las explanadas del Templo de Jerusalén, un doctor de la ley fariseo se acerca a Jesús con ánimo de atraparlo en una disputa técnica: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Entre más de seiscientos preceptos minuciosos, buscaban clasificarlo, medir su ortodoxia y verificar si se alineaba con las escuelas rigoristas de la capital.
Jesús toma la palabra y proclama el corazón de la fe de Israel, las frases que todo creyente pronuncia al comenzar el día: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Ningún maestro de la ley podía rebatir esa respuesta. Era el cimiento absoluto.
Pero Jesús no clausura el diálogo en el recinto seguro de la confesión interior. Da un paso imprevisto, toma las palabras del Levítico y añade un segundo mandato inseparable: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No lo rebaja a una devoción secundaria ni a un apéndice optativo. Los declara semejantes en peso, dignidad y urgencia. De ambos penden toda la Ley y los Profetas. Quien pretende ofrecer incienso a Dios mientras le quita el abrigo a su hermano comete un sacrilegio contra el Dios vivo que escucha el grito del humillado.
LA COMUNIDAD QUE ABANDONÓ LOS ÍDOLOS
Esta misma síntesis viva es la que san Pablo celebra en su primera carta a los Tesalonicenses. Aquellos primeros creyentes de Macedonia no acogieron el Evangelio como una ideología más de su época, sino con la fuerza transformadora del Espíritu. Se convirtieron de los ídolos inertes para servir al Dios vivo y verdadero, convirtiéndose en modelo para toda la región.
El ídolo siempre pide sacrificios ajenos para alimentar el propio egoísmo; el Dios de Jesucristo, por el contrario, nos mueve a la entrega concreta y a la solidaridad activa. El Salmo 17 lo proclama en la asamblea: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”. Ese amor que canta el salmista no se refugia en la pasividad. Encuentra en Dios su roca precisamente para afrontar las fatigas del servicio y la defensa de la justicia. La fe de Tesalónica no fue un refugio piadoso, sino una valentía comunitaria que abrió casas, compartió recursos y rompió la soledad de los desamparados.
PARTIR EL PAN Y REPARAR LA VIDA
Mañana recomienza la rutina ordinaria de la semana, pero la liturgia de la calle y del trabajo apenas empieza. La Eucaristía que compartimos no es una recompensa para personas perfectas, sino alimento de vida y escuela de comunión para quienes reconocen su propia fragilidad.
Si participar de esta mesa no transforma el trato hacia los empleados, si no despierta paciencia hacia los ancianos de la familia o generosidad hacia el forastero que busca sustento honesto en nuestro barrio, nuestro culto quedará desprovisto de savia evangélica.
Volvamos a nuestra vida diaria con el ánimo renovado y la mirada atenta. Dejen que el amor a Dios se traduzca en alivio cotidiano para el que sufre. Quien devuelve la dignidad al hermano necesitado encuentra, en ese gesto humilde de cada día, la presencia luminosa del Señor que nunca defrauda.

Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.







Muy interesante, gracias por compartir 🙏