¿Primero formarse o primero salir? Lo que Domingo y Francisco pueden enseñarnos
Autor Santiago F. Garavaglia
Una pregunta actual para una Iglesia en salida
Hay preguntas que vuelven una y otra vez en la vida de la Iglesia, aunque cambien los nombres, los escenarios y los lenguajes. Una de ellas podría formularse así: ¿hay que formarse mucho antes de salir a evangelizar, o se aprende evangelizando, en el camino, con lo que uno tiene, con humildad y con la ayuda de Dios?
La pregunta no es menor. Aparece en parroquias, catequesis, grupos bíblicos, movimientos laicales, redes sociales y conversaciones de pasillo. Algunos insisten en que no se puede anunciar la fe sin una preparación seria, porque el entusiasmo sin contenido puede terminar confundiendo más que ayudando. Otros recuerdan que la misión no puede esperar a que todos tengan una licenciatura en teología, porque el Evangelio también se transmite con la vida, con la cercanía y con el testimonio sencillo.
Quizás por eso resulta tan fecundo mirar juntos a Santo Domingo de Guzmán y a San Francisco de Asís. No para convertirlos en dos bandos enfrentados, como si Domingo representara el estudio y Francisco la espontaneidad. Esa lectura sería demasiado pobre. Ambos fueron hijos de una misma época, ambos nacieron como respuesta a una Iglesia necesitada de renovación, y ambos entendieron que el Evangelio debía volver a tocar la vida real de la gente.
Una Iglesia en crisis y dos respuestas necesarias
El siglo XIII fue un tiempo de grandes cambios. Las ciudades crecían, la vida urbana generaba nuevos problemas, la pobreza se hacía visible de otro modo y muchos cristianos empezaban a percibir una distancia dolorosa entre el mensaje evangélico y ciertos estilos de vida del clero. Al mismo tiempo, surgían movimientos religiosos que reclamaban pobreza, autenticidad y predicación más cercana al pueblo. Algunos permanecieron dentro de la Iglesia; otros derivaron hacia posturas doctrinales que Roma consideró heréticas. El problema no era solamente moral. También era pastoral, doctrinal y espiritual.
En ese contexto nacieron las órdenes mendicantes. No eran monjes encerrados en un monasterio, sino frailes llamados a vivir con mayor movilidad, en contacto con las ciudades, con los pobres, con los estudiantes, con los predicadores, con los conflictos de su tiempo. Dominicos y franciscanos no aparecieron como un adorno piadoso de la Edad Media, sino como una respuesta concreta a una crisis concreta.
- Domingo: estudiar para predicar mejor: Domingo vio con claridad que, frente a la confusión religiosa, no alcanzaba con tener buena intención. Él había conocido de cerca el problema de las herejías, especialmente en el sur de Francia. Comprendió que muchas veces el error no se combate a los gritos, ni con condenas fáciles, ni con fórmulas repetidas de memoria [0.1.62-0.1.63]. Se combate自由anunciando mejor la verdad, escuchando, argumentando, acompañando y mostrando que la fe de la Iglesia no es una superstición oscura, sino una luz capaz de sostener la inteligencia y el corazón. Por eso la tradición dominica quedó tan marcada por la predicación, el estudio y la enseñanza. El dominico no estudia para encerrarse en una biblioteca ni para sentirse superior a los demás. Estudia para predicar mejor. Estudia para no deformar lo que anuncia. Estudia para responder con caridad y con precisión. Estudia porque sabe que una palabra mal dicha, cuando se habla de Dios, puede herir, confundir o alejar. Pero sería injusto imaginar a Domingo como un intelectual frío. Domingo fue un hombre de oración, de pobreza y de compasión. Su amor por la verdad no era dureza doctrinal. Era celo apostólico. Le dolía que las personas quedaran atrapadas en enseñanzas confusas o en imágenes deformadas de Dios. En él, la inteligencia estaba al servicio de la misericordia. Domingo entendió que no alcanza con tener celo si uno no sabe qué anuncia.
- Francisco: vivir el Evangelio antes de explicarlo: Francisco, por su parte, recordó algo igualmente decisivo: no alcanza con saber mucho si la propia vida no se parece al Evangelio. Su fuerza no estuvo primero en un sistema teológico, sino en una existencia transparentada por la pobreza, la fraternidad, la alegría y la confianza radical en Dios. Francisco predicó con palabras, sí, pero sobre todo predicó siendo. Su vida hacía visible aquello que muchos habían dejado de ver: que el Evangelio no es una idea hermosa para comentar, sino una forma de estar en el mundo. La sencillez franciscana no fue banalidad. La pobreza de Francisco no fue pose ni romanticismo social. Fue una forma concreta de desarmar el corazón, de vivir sin apropiarse de todo, de hacerse hermano de los pequeños, de reconciliarse con la creación, de caminar cerca de los pobres y de devolverle al cristianismo un rostro amable, libre y profundamente humano. Tampoco conviene caricaturizar a Francisco como si hubiera sido antiintelectual. El movimiento franciscano, con el tiempo, dio grandes teólogos, maestros universitarios y pensadores de enorme peso en la historia de la Iglesia. Basta recordar a San Buenaventura o a Juan Duns Scoto para advertir que la tradición franciscana no fue enemiga del pensamiento. Su acento, sin embargo, fue otro. Antes que discutir sobre el Evangelio, Francisco quiso vivirlo hasta las últimas consecuencias.
Ahí aparece la enseñanza más actual. La Iglesia no puede elegir entre Domingo y Francisco como si tuviera que optar entre cabeza o corazón, entre doctrina o testimonio, entre formación o salida. Cuando se separan, ambas dimensiones se empobrecen.
Cuando formación y misión se separan
La formación sin misión puede volverse esterilidad académica. Uno puede estudiar durante años, acumular cursos, libros, certificados y vocabulario técnico, y aun así no tocar nunca la vida concreta de nadie [0.1.63-0.1.64]. La formación también puede convertirse en refugio. A veces uno dice “todavía no estoy preparado” cuando, en el fondo, tiene miedo de salir. Otras veces el saber se transforma en una pequeña torre de superioridad desde la cual se mira con desprecio a los que anuncian la fe de manera más simple.
Pero el riesgo contrario también existe. La misión sin formación puede volverse entusiasmo confuso. Salir a evangelizar no significa decir cualquier cosa con tono piadoso. La buena voluntad no garantiza automáticamente una buena transmisión de la fe. A veces, por falta de preparación, se repiten frases que suenan lindas pero son teológicamente pobres. O se dan respuestas duras donde hacía falta delicadeza. O se cae en fundamentalismos, simplificaciones bíblicas, moralismos rápidos o promesas espirituales que después no sostienen a nadie.
La pregunta, entonces, no debería ser si primero hay que formarse o primero hay que salir. La pregunta más honesta sería otra: ¿cómo formar discípulos que salgan, y cómo ayudar a los que salen para que sigan formándose?
Cabeza, corazón y pies para anunciar a Cristo
Porque nadie empieza sabiendo todo. El anuncio de la fe no exige omnisciencia. Para hablar de Cristo no hace falta dominar todas las controversias doctrinales de la historia de la Iglesia. Pero sí hace falta humildad. La humildad de reconocer lo que uno sabe y lo que no sabe. La humildad de no improvisar respuestas sobre temas delicados. La humildad de decir “eso no lo sé, lo voy a averiguar”. Y también la humildad de dejarse formar por la Iglesia, por la Escritura, por la tradición, por buenos maestros y por la realidad concreta de las personas.
En una parroquia, esto tiene consecuencias muy prácticas. Un catequista necesita formación, pero también necesita cercanía. Un agente pastoral necesita doctrina, pero también paciencia. Un predicador necesita conocer la fe, pero también conocer el corazón humano. Un grupo bíblico necesita herramientas serias para leer la Escritura, pero no puede convertirse en una reunión de especialistas que nunca desemboca en oración, caridad y conversión. En redes sociales, donde todo se responde rápido y casi siempre con demasiada seguridad, esta síntesis se vuelve todavía más urgente.
La Iglesia necesita personas que estudien sin volverse soberbias y personas que evangelicen sin volverse improvisadas. Necesita cristianos con cabeza, corazón y pies. Cabeza para pensar la fe con seriedad. Corazón para no convertir la verdad en arma arrojadiza. Pies para salir del encierro y caminar hacia la vida real de los demás.
Domingo y Francisco no nos obligan a elegir entre estudiar y salir [0.1.64-0.1.65]. Nos recuerdan que la Iglesia necesita discípulos que se formen para servir mejor, y discípulos que salgan para no convertir la formación en encierro. El Evangelio no se anuncia solo con libros, pero tampoco se anuncia bien desde la ignorancia. Se anuncia con una vida tocada por Cristo, una inteligencia humilde y unos pies dispuestos a caminar.

Autor Santiago F. Garavaglia
