LECTURA DOMINICAL | La moneda prestada y el rostro intacto

Domingo 18 de octubre 2026

Ningún poder humano tiene derecho a adueñarse de la dignidad que Dios selló en ti

  • Primera lectura: Isaías 45, 1. 4-6
  • Salmo responsorial: Salmo 95 96, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y c o Salmo 96, 1. 3-5. 7-10
  • Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1, 1-5b
  • Evangelio: Mateo 22, 15-21

LA TRAMPA EN EL ATRIO DE PIEDRA

Llegan con una sonrisa estudiada y la pregunta afilada. Ocurre todos los días en nuestros despachos, en las conversaciones de pasillo, en las redes sociales. Nos adulan para desarmarnos. Nos elogian la sinceridad para empujarnos a un callejón sin salida. “Maestro, sabemos que eres veraz y no miras la cara de nadie.”

Venían juntos los discípulos de los fariseos y los partidarios de Herodes. Rivales irreconciliables en la calle, aliados cómplices cuando se trata de arrinconar a un galileo incómodo. Si Jesús responde que está permitido pagar el censo a Roma, la multitud del atrio lo tachará de colaboracionista traidor. Si dice que es pecado entregar la moneda de plata, los herodianos lo denunciarán esa misma tarde ante la guardia imperial de la fortaleza Antonia por sedición civil.

La política del miedo siempre busca polarizar la conciencia. Obliga a elegir entre dos violencias. Nos encierra en un falso dilema donde cualquier palabra nos convierte en culpables. Pero Jesús se detiene. Respira en medio del murmullo del polvo y del calor del mediodía sobre la losa blanca del templo. No entra en el debate dialectico. Conoce las entrañas del poder.

LA PLATA BLASFEMA Y LA MANO VACÍA

“Pedidme la moneda del tributo”. La orden resuena seca. El maestro no lleva dinero encima. No tiene una sola pieza romana en su manto de lana cruda. Quienes pretenden ponerle la zancadilla meten la mano en sus bolsillos y exhiben de inmediato un denario de plata de Tiberio. Quedan desenmascarados en el acto. Aquella moneda llevaba grabada la cabeza laureada del emperador con una inscripción que helaba la sangre de cualquier judío fiel: Tiberio César, hijo del divino Augusto, sumo pontífice. Introducir esa efigie idolátrica dentro del recinto sagrado era una claudicación cotidiana que ellos practicaban sin rubor mientras fingían un celo religioso intachable.

“¿De quién es esta imagen y esta leyenda?” Responden con una sola palabra: “del César”. En el mundo antiguo, quien acuñaba la moneda ejercía el dominio sobre el territorio donde esa pieza circulaba. Al usarla, ya se beneficiaban de su red de caminos, de su comercio y de su orden militar. Jesús no legitima el imperialismo ni bendice la opresión tributaria. Desenmascara el doble juego de quienes disfrutan las comodidades del imperio mientras exigen heroísmo ajeno. “Si esa plata manchada lleva el rostro del monarca de Roma, devolvérsela. Deshaceos de ella. Arrojádsela a sus arcas para no deberle nada a su codicia.”

EL SELLADO DE DIOS NO SE NEGOCIA

Pero de inmediato Jesús pronuncia la cláusula decisiva que hace temblar los cimientos del santuario. “Y devolved a Dios lo que es de Dios”. La trampa queda pulverizada. El César se queda con el metal pulido y la propaganda de sus legiones. Sin embargo, ¿qué lleva impresa la marca indeleble de Dios? No una moneda de plata. La marca divina está grabada en el ser humano. En el Génesis, el Creador sopló su aliento y moldeó al hombre y a la mujer a su propia imagen y semejanza.

Aquí se rompe toda pretensión totalitaria. El gobernante puede exigir impuestos para sostener la convivencia civil, pero jamás puede exigir el alma, la dignidad ni la conciencia de las personas. La vida humana no le pertenece a ningún Estado, a ninguna corporación económica, a ninguna ideología de moda ni a ningún caudillo temporal. Cuando un sistema explota al trabajador, descarta al enfermo o pisotea la libertad interior, está usurpando propiedad divina. El César no es Dios. Ni Tiberio ayer, ni las tiranías modernas hoy. El poder humano siempre pasa. Solo Dios permanece.

LA LIBERTAD DE VIVIR DESDE EL AMOR ACTIVO

Muchos caminan hoy sintiéndose propiedad ajena. Nos levantamos los lunes con la sensación de pertenecer a la empresa que nos exprime, a las deudas bancarias que no dan tregua o a las expectativas ajenas que asfixian nuestra vocación. Dejamos que el cansancio nos desgaste el rostro original. Parecemos monedas pisoteadas, rodando por los suelos de una rutina sin sentido.

Hoy la liturgia te devuelve la memoria del bautismo. Pablo escribía a los cristianos de Tesalónica recordando la actividad de su fe, el esfuerzo fecundo de su amor y la firme perseverancia de su esperanza. La fe no es una teoría de domingo; es un trabajo concreto por la justicia y el perdón. El amor cristiano no es un sentimiento ingenuo; es un esfuerzo que cuida a quien tropieza al lado del camino. Mañana lunes, cuando vuelvas al taller, a la oficina o a la cocina de tu hogar, paga tus obligaciones justas, cumple tus tareas en la ciudad de los hombres, pero no le regales tu corazón a ningún déspota. Tu dignidad lleva el sello del Dios vivo. Y ese sello nadie te lo puede arrebatar.

Autor: Lic. Roy Antonio Cisneros Sánchez, MAEd.

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