SERIE PARÁBOLAS| La parábola del banquete: ¿por qué en Lucas termina con una fiesta y en Mateo con alguien arrojado a las tinieblas?
Autor Santiago F. Garavaglia
Una cena que parece sencilla
En Lucas, todo comienza alrededor de una mesa. Jesús come en casa de uno de los principales fariseos (Lc 14,1) y recomienda que, al dar un banquete, se invite también a pobres, lisiados, cojos y ciegos (Lc 14,12-14). Entonces un comensal exclama: «¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!» (Lc 14,15). Jesús responde con otra historia de comida.
Un hombre prepara una gran cena y manda avisar que todo está listo (Lc 14,16-17). Los invitados comienzan a excusarse. Uno ha comprado un campo y quiere verlo; otro, cinco yuntas de bueyes y desea probarlas; un tercero acaba de casarse y dice que no puede ir (Lc 14,18-20). Nada de eso es malo. El problema aparece cuando, llegada la invitación decisiva, siempre hay algo que parece más urgente.
El dueño se indigna y ordena traer a pobres, lisiados, ciegos y cojos de las calles (Lc 14,21). Como todavía sobra lugar, manda buscar gente por caminos y senderos hasta llenar la casa (Lc 14,22-23). Los primeros invitados quedan fuera porque rechazaron la invitación (Lc 14,24), pero la historia termina con una casa llena. Sin muertos, incendios, traje nupcial ni tinieblas.
Mateo aprieta el nudo
Mateo cuenta algo claramente emparentado, aunque el tono cambia desde la primera frase. Ya no es un hombre que prepara una cena, sino un rey que celebra la boda de su hijo (Mt 22,2). Los invitados se niegan a asistir. Algunos se marchan a sus campos y negocios; otros capturan a los servidores, los maltratan y los matan (Mt 22,3-6).
Entonces aparece una frase difícil de olvidar: «El rey se indignó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos homicidas e incendió su ciudad» (Mt 22,7). Después ordena salir a los caminos. Los servidores reúnen a cuantos encuentran, «malos y buenos», y la sala se llena (Mt 22,8-10).
Parecería un final perfecto para una misericordia que rompe jerarquías. Pero Mateo todavía no ha terminado. El rey descubre a un comensal sin traje de boda (Mt 22,11). «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (Mt 22,12). El hombre calla. La orden llega de inmediato: «Átenlo de pies y manos y arrójenlo afuera, a las tinieblas; allí habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22,13). Y la escena concluye: «Porque muchos son llamados, pero pocos elegidos» (Mt 22,14).
La objeción surge sola. Si aquel hombre fue recogido de improviso en un camino, ¿de dónde debía sacar ropa para una boda real? ¿Por qué una invitación tan abierta termina con alguien atado? ¿Dónde quedó la misericordia?
¿La misma parábola o dos caminos de una tradición?
Lucas 14,15-24 y Mateo 22,1-14 conservan tradiciones estrechamente relacionadas, pero no poseemos una grabación que permita reconstruir palabra por palabra lo que Jesús dijo. Pudieron recibir formas diferentes de una tradición anterior o reelaborar de modos distintos una tradición común. La investigación detecta rasgos propios de cada autor, pero no permite sentenciar que «Jesús dijo Lucas y Mateo lo cambió».
En Lucas, el contexto orienta hacia la inversión de expectativas y la inclusión de quienes suelen quedar fuera (Lc 14,12-24). Mateo introduce un rey, un hijo, mensajeros asesinados y una ciudad incendiada (Mt 22,2-7). Esa destrucción suele relacionarse con la caída de Jerusalén ante Roma en el año 70 d. C., pues el evangelio se fecha generalmente después de aquella catástrofe [0.1.66-0.1.67]. Es una resonancia plausible, no una identificación demostrable.
El rechazo de los enviados recuerda, además, la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-46) y el lamento por Jerusalén ante quienes matan a los profetas (Mt 23,29-37). Eso no convierte el relato en un código donde rey, hijo, servidores, ciudad y ejército deban tener una equivalencia matemática. Las parábolas admiten correspondencias teológicas sin funcionar como ecuaciones.
El hombre que llegó mal vestido
La escena del traje nupcial (Mt 22,11-14) es tan brusca que numerosos estudiosos han propuesto que pudo circular como una unidad independiente o recibir una reelaboración particular de Mateo [0.1.67-0.1.68]. No puede demostrarse. La redacción final, de todos modos, quiere que leamos ambas escenas juntas.
Tampoco hay evidencia sólida para repetir como hecho la explicación popular según la cual el anfitrión regalaba obligatoriamente un traje a cada invitado. El mundo antiguo conoció regalos de vestiduras por parte de soberanos (cf. 2 Re 10,22), pero eso no demuestra una costumbre universal para bodas. Sí se esperaba vestimenta festiva apropiada, aunque Mateo no explica cómo la consiguió el resto.
Por eso el sentido debe buscarse en la lógica de Mateo. Entraron «malos y buenos» (Mt 22,10), de modo que la invitación no premia una perfección previa. Pero haber entrado no vuelve irrelevante lo que sucede después. El traje ha sido interpretado como conversión, justicia, fidelidad, conducta transformada o las obras propias del Reino.
Mateo ya había advertido que no basta decir «Señor, Señor» si no se hace la voluntad del Padre (Mt 7,21), y que los frutos revelan la calidad de una vida (Mt 7,16). La gratuidad de la invitación no elimina la respuesta humana.
Tinieblas y dientes que rechinan
La fórmula griega ho klauthmós kai ho brygmós tōn odóntōn significa «el llanto y el rechinar de dientes». Mateo la utiliza seis veces (Mt 8,12; 13,42; 13,50; 22,13; 24,51; 25,30); entre los demás sinópticos solo Lucas conserva una aparición (Lc 13,28). Es una marca especialmente característica del lenguaje de juicio mateano.
«Rechinar los dientes» no obliga a imaginar dolor producido por llamas [0.1.67-0.1.68]. En la Biblia puede expresar furia, hostilidad o frustración, como cuando el malvado rechina los dientes contra el justo (Sal 37,12), los enemigos lo hacen ante Jerusalén (Lam 2,16) o los adversarios de Esteban reaccionan así antes de matarlo (Hch 7,54). Unido al llanto, comunica pérdida, exclusión y desesperación ante el juicio.
Algo semejante ocurre con las «tinieblas exteriores» (Mt 22,13). La imagen contrapone el interior iluminado del banquete con el afuera oscuro. También aparece cuando otros se sientan a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob mientras algunos quedan fuera (Mt 8,11-12) [0.1.67-0.1.69]. No es una geografía física del infierno, sino una imagen escatológica de exclusión del Reino.
¿Y «muchos llamados, pocos elegidos»? (Mt 22,14). Tampoco conviene convertir la frase en una estadística de condenados y salvados. «Muchos» puede tener una amplitud cercana a «la multitud» o «todos», y el contraste con «pocos» funciona retóricamente. Ser llamado no equivale automáticamente a haber respondido adecuadamente. El versículo, quizá un dicho independiente incorporado como conclusión, no desarrolla por sí solo una teoría de predestinación.
¿Dónde quedó la misericordia?
La misericordia está en el corazón de ambas versiones [0.1.68-0.1.69]. En Lucas, los lugares vacíos terminan ocupados por pobres, lisiados, ciegos y cojos (Lc 14,21). En Mateo, la orden es reunir a todos los encontrados, «malos y buenos» (Mt 22,10). Nadie puede reclamar el banquete como privilegio de nacimiento, prestigio o superioridad religiosa.
Mateo hace convivir misericordia y responsabilidad. Jesús proclama felices a los misericordiosos (Mt 5,7), manda amar a los enemigos (Mt 5,44), exige perdonar (Mt 6,14-15; 18,21-35), protege a los pequeños (Mt 18,1-14) y se compadece de las multitudes (Mt 9,36). El mismo evangelio insiste en que una pertenencia religiosa puramente nominal no basta (Mt 7,16-23). La invitación es gratuita y sorprendentemente amplia; precisamente por eso, recibirla tiene consecuencias.
Aquí es imprescindible evitar una lectura antijudía según la cual «los judíos rechazaron a Jesús, Dios destruyó Jerusalén y los reemplazó por los gentiles» [0.1.68-0.1.69]. Jesús era judío, sus primeros discípulos eran judíos y los conflictos reflejados por Mateo nacieron en gran medida dentro de las disputas judías del siglo I. El texto confronta responsabilidades concretas; no autoriza una condena colectiva del pueblo judío ni legitima el supersesionismo.
Desatar el nudo
En lo que razonablemente puede remontarse a la tradición de Jesús, el banquete encaja con temas centrales de su predicación: llegada del Reino, inversión de expectativas, entrada de marginados, urgencia de responder y crítica a quienes creen tener asegurado un lugar (cf. Lc 14,15-24) [0.1.68-0.1.69]. Mateo recibe esa tradición y la lleva hacia preocupaciones propias de su evangelio, intensificando el juicio, el rechazo de los mensajeros y la responsabilidad de quienes ya están dentro (Mt 22,1-14).
Eso permite volver al rey violento sin convertirlo en una fotografía psicológica de Dios. Las parábolas trabajan con exageración y sorpresa. La estructura importa más que trasladar literalmente cada acción del personaje a Dios. Hay una invitación; quienes parecían destinatarios naturales pueden rechazarla; la invitación se abre inesperadamente; nadie posee el Reino como privilegio; y quien acepta entrar no puede comportarse como si nada hubiera ocurrido.
La misericordia abre las puertas del banquete; el juicio pregunta qué hicimos después de entrar [0.1.68-0.1.69]. Pertenecer a una Iglesia, conocer la doctrina, haber sido bautizado o considerarse creyente no reemplaza una vida coherente. Tampoco presenta a Dios esperando un error para expulsar personas. Su primera imagen sigue siendo una invitación, y la sala termina llena de gente inesperada (Mt 22,10).
El lector comenzó ante una cena y acabó frente a una ciudad incendiada, un hombre atado y unas tinieblas exteriores. Mateo transforma una historia de invitación en una advertencia sobre la respuesta. El Reino no es un privilegio reservado a quienes creen merecerlo, pero tampoco una invitación que pueda recibirse sin que nada cambie. Por eso la parábola sigue perturbando. No permite usar la misericordia para borrar toda responsabilidad ni utilizar el juicio para negar la misericordia [0.1.69-0.1.70].

Autor Santiago F. Garavaglia

