¿DIOS HABLA ENTRE LAS RUINAS? EL MITO DEL CASTIGO DIVINO FRENTE AL DOLOR DE VENEZUELA

El origen de la fe en la Biblia: ¿Catástrofe como castigo divino o misterio del mal?

Nuestra amada Venezuela ha sido sacudida por un dolor profundo. La tierra ha temblado, dejando a su paso una estela de destrucción, muerte y lágrimas que nos encoge el alma a todos. Sin embargo, en medio del llanto de las víctimas y la desesperación de quienes lo han perdido todo, ha surgido un fenómeno que resulta, desde el punto de vista teológico, tan devastador como el sismo mismo: la aparición de supuestos profetas, videntes y predicadores que, alzando la voz sobre los escombros, aseguran que estos son los últimos días y que Dios nos está hablando por medio de esta catástrofe. ¿Puede un Dios que es puro amor utilizar la tragedia, el sufrimiento de niños inocentes y la destrucción de hogares como un megáfono para enviarnos un mensaje? ¿Necesita verdaderamente el Creador del universo recurrir al terror cósmico para comunicarse con nosotros?

Cuando la religión se utiliza para culpar a las víctimas de su propia desgracia, nos encontramos frente a lobos con piel de oveja que nos ofrecen una visión monstruosa e idolátrica de la divinidad. Al investigar el origen de la fe en la Biblia, es hora de preguntarnos con valentía y madurez: ¿A qué Dios estamos rezando realmente cuando la tierra tiembla?

Un mundo en construcción y el fin del policía cósmico

Frente al abismo del sufrimiento humano, las mentes y los corazones buscan desesperadamente una explicación. Desde la antigüedad, el ser humano, al sentirse vulnerable ante las fuerzas incontrolables de la naturaleza, ha proyectado sus propios miedos sobre el rostro del Creador, imaginando a un soberano castigador que envía calamidades para corregir a la humanidad. Esta visión premoderna e intervencionista ha sostenido durante siglos la nefasta idea de que los desastres naturales son juicios o castigos divinos por nuestros pecados. Autores como José María Mardones nos advierten que esta es la peor imagen que podemos forjar de Dios: un ídolo del miedo, un ser vengador o un policía cósmico que utiliza el terror para someter a sus criaturas.

Para sanar esta imagen perversa, la teología fundamental moderna nos invita a realizar una reflexión profunda sobre el origen de las catástrofes naturales. Al analizar la realidad empírica de un mundo en constante evolución, regido por las fallas tectónicas y las leyes de la física, comprendemos que el universo es una obra en proceso, marcada por la finitud. Aquí entra en juego un concepto clave que la teología moderna denomina ponerologia (πονηρολογία: estudio o tratado sobre el mal). Esta disciplina nos enseña que el mal físico, como un terremoto, no es un castigo enviado desde el cielo, sino la consecuencia inevitable de habitar un mundo finito, limitado y en construcción. Dios crea por amor, pero al dotar de autonomía al universo físico, asume que la finitud de la materia trae consigo choques, desajustes y desastres que generan inmenso dolor.

El Dios anti-mal que llora y lucha a nuestro lado

Al descubrir esta profunda verdad, la respuesta teológica se vuelve luminosa y liberadora: Dios no es el autor del terremoto en Venezuela. Como afirma magistralmente el teólogo Andrés Torres Queiruga, Dios es por esencia y excelencia el Anti-mal. Frente a la tragedia, la divinidad no actúa como un verdugo que castiga, ni como un espectador apático que permite el sufrimiento en silencio, sino como el Padre misericordioso que sufre íntimamente con su creación.

En Jesucristo, descubrimos a un Dios de kenosis (κένωσις: vaciamiento o abajamiento), que renuncia al poder impositivo para abrazar nuestra fragilidad humana. En los evangelios, el mismo Jesús rechazó tajantemente la idea de que las tragedias fueran castigos de Dios, desmintiendo a quienes creían que los aplastados por la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.

¿Qué significa esto para el creyente venezolano de hoy, que intenta mantener viva su esperanza mientras camina sobre las ruinas de su ciudad? Significa una urgente invitación a desaprender. Debemos rechazar con total firmeza los discursos terroríficos de esos falsos profetas que, manipulando la angustia de la gente, presentan a un Dios monstruoso sediento de sumisión. Te invito a preguntarte desde lo más íntimo de tu conciencia: ¿Acaso un Dios que destruye los hogares de los más pobres para darles una supuesta lección merece tu amor, o solo tu terror? El miedo paraliza, pero el amor moviliza.

Reconstruir la esperanza desde una fe liberadora

Ante las ruinas y la desolación, podemos responder con absoluta certeza y madurez: Dios no está en las placas tectónicas destruyendo la ciudad. Dios está en las manos ensangrentadas de los rescatistas que levantan las piedras para salvar una vida. Dios está en el abrazo solidario del vecino que comparte su escaso pan con el que lo ha perdido todo. Dios está llorando junto a la madre que ha perdido a su hijo. La fe madura no nos llama a la resignación fatalista de creer que el desastre era la voluntad divina, sino que nos impulsa a una praxis histórica de solidaridad y reconstrucción, transformando el dolor en una fuerza humanizadora.

Al final de esta jornada, debemos tener la certeza de que atrevernos a creer lo creíble es desterrar para siempre los ídolos del terror. El terremoto que ha golpeado a Venezuela no es la voz de Dios amenazando a su pueblo; es la dolorosa fractura de un mundo finito que gime con dolores de parto. Que este descubrimiento te sirva como un bálsamo liberador para tu espíritu. No temas cuestionar las imágenes opresivas de lo divino. Descansa tu mente en la profunda verdad de que Dios es puro amor, pura entrega y pura compasión. Al mirar la devastación, no busques la voz de Dios en el ruido espantoso de la destrucción, sino en el susurro inquebrantable de la esperanza que nos mueve a secar las lágrimas, a levantar las paredes caídas y a amarnos más fuerte que nunca.


Notas

  • Teodicea y Ponerología Moderna: Perspectiva teológica que asume los aportes de Andrés Torres Queiruga, deslindando por completo a la divinidad de la autoría o la intencionalidad detrás de los desastres naturales. Esto permite salvaguardar tanto la bondad absoluta de Dios como el respeto por la autonomía interna y las leyes físicas de la creación.
  • La torre de Siloé: Alusión exegética al pasaje del Evangelio de Lucas 13, 4-5, en el cual Jesús niega de manera contundente que las víctimas de un derrumbe arquitectónico trágico hubiesen fallecido a consecuencia de sus culpas personales. Con este pronunciamiento, el Jesús histórico rompe de forma radical con la teología tradicional de la retribución de su entorno cultural. Las citas bíblicas asumen los textos de la Biblia de Jerusalén.

Bibliografía

  • Mardones, J. M. (2006). Matar a nuestros dioses. Un Dios para un creyente adulto. Madrid: PPC.
  • Torres Queiruga, A. (1995). Recuperar la salvación. Para una interpretación liberadora de la experiencia cristiana. Santander: Sal Terrae.
  • Torres Queiruga, A. (2012). Repensar el mal. De la ponerología a la teodicea. Madrid: Trotta.

Autor Lic. Roy Cisneros Sánchez, MAEd.

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