👤 Espacio de Reflexiones de la Comunidad

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¿Por qué confesarse con un sacerdote?

¿Confesarse con un sacerdote?.. Pocas prácticas católicas despiertan tantas resistencias como la confesión. A algunos les resulta una experiencia profundamente liberadora. A otros, en cambio, les parece una costumbre antigua, incómoda, demasiado centrada en la culpa, o incluso difícil de justificar. ¿Por qué contarle los pecados a un sacerdote si uno puede hablar directamente con Dios? ¿Quién es ese hombre para perdonar? ¿No es acaso un pecador como cualquier otro?

La pregunta no es absurda. Sobre todo cuando el sacramento fue mal explicado, vivido con miedo o reducido a una especie de trámite religioso para “quedar en regla”. Cuando la confesión se presenta solo como una lista de faltas, sin mostrar el rostro misericordioso de Dios, se la empobrece. Y cuando se la usa para humillar, controlar o aplastar la conciencia, se la deforma.

Pero el sacramento de la Reconciliación, en la fe católica, no nació para destruir al pecador, sino para levantarlo.

Lo primero que conviene aclarar es algo que la misma Iglesia enseña con toda claridad que solo Dios perdona los pecados. El sacerdote no ocupa el lugar de Dios como si tuviera un poder propio, autónomo o mágico. No perdona porque sea moralmente superior al penitente. No absuelve porque sea impecable. Absuelve porque actúa como ministro de Cristo y de la Iglesia.

Esta distinción es importante. Si el sacramento dependiera de la santidad personal del sacerdote, nadie podría acercarse con paz. Todo quedaría sometido a la calidad humana del ministro. Pero la lógica católica es otra. El sacerdote puede ser débil, puede necesitar confesarse como cualquier cristiano, puede cargar sus propias luchas. Eso no lo convierte en dueño del perdón, sino en servidor de una misericordia que también él necesita.

Por eso la confesión no debería imaginarse como el momento en que un hombre juzga a otro desde arriba. En su sentido más profundo, es el encuentro de un pecador con Dios, dentro de la Iglesia, acompañado por otro pecador que ha recibido un ministerio específico.
El confesor no está allí para exhibir autoridad moral, sino para ser signo e instrumento de una misericordia que no le pertenece.

La raíz bíblica más citada está en el Evangelio de Juan. Después de la resurrección, Jesús sopla sobre sus discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). La Iglesia católica ha visto en este texto uno de los fundamentos del ministerio de la reconciliación. No porque Cristo deje de ser el único mediador, sino porque su mediación se hace presente sacramentalmente en la vida de la Iglesia.

Algo semejante ocurre en otros aspectos de la fe. Solo Dios salva, pero la Iglesia bautiza. Solo Cristo alimenta con su vida, pero la Eucaristía se celebra por medio de ministros. Solo Dios santifica, pero lo hace mediante signos visibles, palabras humanas, gestos concretos, comunidad y sacramentos. La fe católica no opone a Dios y a la mediación eclesial. Cree, más bien, que Dios suele acercarse al ser humano a través de mediaciones humildes.

También es cierto que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo. Esa es una enseñanza católica, no una objeción contra el catolicismo. Todo fiel está llamado a ofrecer su vida, orar, interceder, anunciar el Evangelio y vivir como discípulo. Pero la Iglesia distingue entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial. No se trata de una superioridad espiritual, como si el sacerdote valiera más que el laico. Se trata de una función distinta, recibida para servir al pueblo de Dios.

Aquí aparece una frase muy frecuente: “Yo me confieso directamente con Dios”. En un sentido, todo cristiano debe hacerlo. Nadie tendría que esperar al confesionario para hablar con Dios, pedir perdón, reconocer su pecado o abrirse a su misericordia. La oración personal, el examen de conciencia, el arrepentimiento sincero y la conversión cotidiana forman parte esencial de la vida cristiana.

Pero la confesión sacramental añade algo que la oración privada no ofrece del mismo modo: una palabra objetiva de perdón. El penitente no queda encerrado en su propia conciencia, dando vueltas sobre si se arrepintió lo suficiente, si Dios lo escuchó o si su culpa sigue intacta. Escucha, en la voz de la Iglesia, una palabra concreta: “Yo te absuelvo”. No es una fórmula psicológica ni una autosugestión piadosa. Es el signo sacramental de que la misericordia de Dios alcanza realmente la historia personal del pecador. Esto no anula la intimidad con Dios. La encarna.

También habría que revisar qué significa decir que el pecado “ofende” a Dios. No se trata de imaginar a Dios como un ser susceptible, herido en su orgullo, que se enemista caprichosamente con el ser humano. Esa imagen queda muy lejos del Evangelio. El pecado ofende a Dios porque rompe la comunión con Él, hiere al prójimo, desordena el corazón y contradice la dignidad de quien fue creado para amar. Dios no necesita la confesión para enterarse de lo que hicimos. Somos nosotros quienes necesitamos ponernos en verdad delante de Él.

Desde esta perspectiva, la confesión no es enemiga de la libertad. Más bien, desenmascara una falsa libertad: la de hacer lo que uno quiere sin hacerse responsable de lo que eso produce. La misericordia cristiana no consiste en decir que nada importa, sino en anunciar que ningún pecado tiene la última palabra cuando hay arrepentimiento y deseo real de conversión.

Por eso la Iglesia pide la confesión de los pecados graves antes de comulgar. No como una forma de presión institucional ni como un castigo previo, sino por coherencia sacramental. La Eucaristía es comunión con Cristo y con la Iglesia. Si alguien tiene conciencia de haber roto gravemente esa comunión, la reconciliación es el camino para volver a recibir la comunión con verdad.

Naturalmente, esto exige una catequesis bien hecha. Si se enseña la confesión como miedo al castigo, se la reduce. Si se la presenta como un lavado automático, se la trivializa. Si se la convierte en una inspección morbosa de detalles, se la traiciona. El sacramento pide verdad, sí, pero una verdad puesta bajo la misericordia. Pide arrepentimiento, pero no autodesprecio. Pide reparación, pero no humillación enfermiza. Pide conversión, pero no desesperación.

La imagen más evangélica quizá no sea la de un tribunal frío, sino la de la parábola del Padre misericordioso, tradicionalmente llamada del hijo pródigo. Allí, el hijo prepara un discurso para declararse indigno, pero el padre lo interrumpe con un abrazo, lo viste de nuevo y devuelve fiesta donde había vergüenza. La confesión debería ser eso: no la negación del pecado, sino la certeza de que el pecado confesado ya no tiene derecho a definir toda una vida.

También es legítimo reconocer que muchas personas han quedado heridas por malas experiencias. No todo sacerdote ha sabido confesar bien. No toda catequesis ha sido sana. No toda práctica pastoral ha transmitido el rostro de Cristo. Pero las torpezas, los abusos o las deformaciones no anulan el sentido profundo del sacramento. Más bien obligan a recuperarlo mejor.

Quien se acerca a la reconciliación no va a contarle novedades a Dios. Va a dejarse encontrar por Él allí donde más necesita ser sanado. Va a poner nombre a sus heridas, a sus responsabilidades y a sus sombras. Va a escuchar que la misericordia no es una idea general, sino una palabra dirigida personalmente.

La confesión no existe para que el cristiano viva aplastado por la culpa. Existe para que no quede prisionero de ella.

Autor: Santiago F. Garavaglia

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5 comentarios

  1. Muy lindas palabras Santi… Aún así la confesión me sigue dando «comezón» intelectual y sentimental. Me hace ruido. Y peor si hoy tengo que andar buscando un sacerdote que piense así…
    Abrazo

  2. Santiago, la explicación sencilla y profunda del sacramento de la reconciliación o confesión que nos compartes, me llegó al corazón, a la consciencia, a tal punto que siento la necesidad , sin importar quien sea el sacerdote, de confesarme. Mil gracias.

  3. Profunda enseñanza. Hay claridad,despeja muchas dudas sobre el sacramento de la confesión. Es una catequesis actual vivencial. Gracias Santiago.

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