Serie «El Siervo de YHWH en Isaías» — 3 de 6: ¿Puede Israel restaurar a Israel? El Siervo llamado desde el vientre

¿Can Israel restaurar a Israel? El Siervo llamado desde el vientre.

«Escúchenme, islas; atiendan, pueblos lejanos. YHWH me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre» (Is 49,1). YHWH es el nombre propio con el que el Dios de Israel se revela en la tradición bíblica. Esta vez no es él quien presenta al Siervo, sino el propio personaje quien toma la palabra y, antes incluso de explicar quién es, convoca a quienes viven lejos. Su historia personal parece comenzar antes de su nacimiento, pero su audiencia se extiende mucho más allá de las fronteras de Israel.

En el primer Cántico, el Siervo aparecía elegido y sostenido por Dios para llevar mishpat —derecho, justicia, un orden conforme a la voluntad divina— a las naciones, sin terminar de quebrar la caña dañada ni apagar la mecha que apenas humea (Is 42,1-4). El segundo Cántico retoma esa misión universal, pero introduce un problema todavía más desconcertante. Dios parece llamarlo «Israel» y, pocos versos después, le encarga restaurar a Israel (Is 49,3.5-6).

El poema se encuentra en Is 40-55, el bloque habitualmente llamado Déutero-Isaías, nacido en el horizonte del exilio babilónico [0.1.29-0.1.30]. Jerusalén había sido destruida, una parte de la población de Judá había sido deportada y las antiguas seguridades políticas y religiosas estaban heridas. En ese mundo, hablar de regreso y restauración no era una abstracción, sino preguntarse si un pueblo derrotado podía volver a reconocerse como pueblo de YHWH.

Una voz destinada a llegar lejos

Las primeras personas convocadas por el Siervo son las ’iyyim, las «islas» o «costas», junto con los «pueblos lejanos» (Is 49,1). No hace falta buscar cada una en un mapa. En la poesía de Isaías, esas costas remotas ayudan a imaginar los límites del mundo conocido. Desde su primera frase, por tanto, la vocación del Siervo tiene un horizonte que excede a Israel.

Luego recuerda el origen de su misión. YHWH lo llamó «desde el vientre» y pronunció su nombre cuando todavía estaba en las entrañas de su madre (Is 49,1). El lenguaje recuerda otros relatos de vocación, especialmente el de Jeremías, a quien Dios dice haber conocido y consagrado antes de salir del seno materno (Jr 1,5). No es necesario suponer que Isaías 49 esté copiando ese pasaje ni convertir estas palabras en una ficha biográfica, porque la afirmación teológica central es que la misión no nace de los éxitos posteriores del Siervo, sino que lo precede.

Su instrumento será la palabra. «Hizo mi boca como espada afilada» y lo convirtió en una «flecha pulida», guardada en la aljaba divina —también llamada carcaj, el estuche donde se guardaban y transportaban las flechas— (Is 49,2). Las imágenes son fuertes, pero el texto pone la espada en la boca. La eficacia del Siervo no descansa en un ejército. Su palabra puede cortar, discernir e irrumpir con fuerza. Al mismo tiempo, la flecha permanece escondida hasta que llega el momento de ser utilizada, una imagen que combina potencia y espera y presenta al Siervo como alguien que pertenece a Dios antes de aparecer públicamente [0.1.29-0.1.30].

«Tú eres mi Siervo, Israel»

Entonces llega la frase que parecería resolver el misterio: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorificaré» (Is 49,3). El texto masorético, la forma hebrea tradicional que sirve de base a la mayoría de las traducciones modernas, conserva «Israel». Esa palabra ofrece uno de los argumentos más fuertes para interpretar al Siervo colectivamente. No sería un individuo desconocido, sino el propio pueblo personificado.

El propio poema complica esa identificación en el versículo siguiente, cuando el Siervo confiesa: «En vano me he fatigado; para nada y vacío he gastado mi fuerza. Pero mi derecho está con YHWH y mi recompensa con mi Dios» (Is 49,4). El hebreo acumula expresiones de inutilidad: la-rîq, «en vano», y luego tohu y hevel, «vacío» y «soplo» o «vapor». No estamos ante un héroe que contempla una misión cumplida, sino ante alguien que mira su trabajo y puede percibirlo como estéril. Aun así, no emite el veredicto definitivo sobre su propia obra, sino que deja su causa y su recompensa en manos de Dios (Is 49,4).

El poema vuelve después a la vocación: YHWH lo formó desde el vientre «para hacer volver a Jacob hacia él y para que Israel sea reunido junto a él» (Is 49,5). Un verso más tarde, la misión se formula nuevamente como levantar las tribus de Jacob y hacer regresar a los preservados de Israel (Is 49,6). La tensión queda a la vista, porque si el Siervo acaba de ser llamado «Israel», ¿cómo puede recibir la misión de restaurar a Israel?

Algunos estudiosos han intentado resolver la dificultad suponiendo que la palabra «Israel» de Is 49,3 sería una relectura posterior. Es posible discutir esa hipótesis, pero no puede presentarse como un dato seguro. La forma textual que llegó hasta nosotros mantiene la tensión y quizá convenga escucharla antes de eliminarla.

Una explicación posible entiende al Siervo como Israel en su vocación ideal. El pueblo histórico, herido y disperso, necesita ser conducido hacia aquello que está llamado a ser. Otra posibilidad habla de un «Israel dentro de Israel», un grupo fiel que encarna la misión del conjunto. También se ha pensado en un profeta, en una figura individual que representa al pueblo o en una personificación construida para expresar su vocación. La Biblia puede hablar de una comunidad como si fuera una persona y, al mismo tiempo, hacer que una persona represente el destino de una comunidad. Precisamente por eso el paso de lo colectivo a lo individual no tiene por qué funcionar como una alternativa rígida.

Ninguna fuente externa nos permite señalar a una persona concreta y decir con seguridad: «éste fue el Siervo». El poema parece interesado menos en dejarnos un nombre propio que en definir una misión.

«Es demasiado poco»

El desaliento expresado en Is 49,4 no lleva a YHWH a recortar la misión del Siervo. Después de encomendarle la restauración de Jacob e Israel, amplía su horizonte hasta convertirlo en «luz de las naciones» y hacer que la salvación alcance «hasta los confines de la tierra» (Is 49,6). El propio oráculo lo formula así:

«Es demasiado poco que seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob y hacer volver a los preservados de Israel. Te pondré como luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is 49,6).

La restauración de Israel no queda descartada ni reemplazada, sino que sigue formando parte de la misión. Lo extraordinario es que, para YHWH, incluso esa tarea resulta «demasiado poco», y el horizonte abierto por las «islas» del comienzo reaparece ahora en los «confines de la tierra» (Is 49,1.6).

Las goyim son simplemente las naciones, los pueblos que no pertenecen a Israel. El término no necesita cargarse aquí con el tono despectivo que adquirió en algunos usos posteriores. El Siervo será «luz» para ellas y vehículo de una salvación que procede de YHWH (Is 49,6). El movimiento del poema no va de Israel hacia su desaparición, sino de la restauración de Israel hacia una misión que ya no puede encerrarse dentro de sus fronteras.

Eso explica también por qué el poema resulta tan difícil de reducir a una sola identidad. El Siervo es inseparable de Israel y, a la vez, aparece frente a Israel. Su tarea nace en la historia concreta de un pueblo exiliado, pero termina mirando a todas las naciones [0.1.30-0.1.31].

Un texto que siguió abriendo caminos

La interpretación judía tampoco quedó encerrada en una única respuesta. A lo largo de los siglos, el lenguaje del Siervo permitió lecturas colectivas, proféticas, individuales y también mesiánicas. Esa variedad aconseja evitar la fórmula simplista según la cual habría una «lectura judía» enfrentada a otra «cristiana». El propio texto había dejado abiertas varias posibilidades antes de que el cristianismo naciera.

Una de las nuevas relecturas del Nuevo Testamento aparece cuando Simeón toma al niño Jesús en brazos y lo proclama «luz para revelación de las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32). La formulación recoge el gran lenguaje isaiano de la luz destinada a los pueblos y se aproxima de manera especial a la misión universal de Is 49,6, aunque Lucas puede estar haciendo resonar más de un pasaje de Isaías.

Hechos de los Apóstoles da un paso todavía más llamativo cuando, en Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé explican su decisión de dirigirse también a los no judíos, ante una multitud interesada en escuchar el anuncio y después de encontrar oposición entre algunos de sus oyentes, citando el mandato: «Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (Hch 13,44-47; cf. Is 49,6). Los gentiles reciben con alegría el anuncio (Hch 13,48).

La escena muestra que Lucas no utiliza el lenguaje del Siervo solamente para interpretar a Jesús, sino que también lo aplica a quienes continúan su misión. La vocación puede concentrarse en una figura y, al mismo tiempo, extenderse a una comunidad enviada. Esa dinámica no es extraña al problema que ya planteaba Isaías.

¿Significa entonces que el segundo Cántico «hablaba de Jesús» en el siglo VI a. C.? Formulada así, la pregunta mezcla dos momentos distintos. En su horizonte histórico, el poema responde a la crisis y a la esperanza del mundo del Déutero-Isaías. La recepción cristiana, en cambio, reconoció en Jesús y luego en la misión apostólica una realización nueva de sus imágenes (Lc 2,29-32; Hch 13,47). Respetar el primer sentido no obliga a negar el segundo, sino que impide que la lectura cristológica borre a Israel del texto que la hizo posible.

El segundo Cántico deja entonces una identidad deliberadamente difícil. El Siervo puede ser llamado «Israel» y ser enviado a reunir a Israel (Is 49,3.5-6). Puede mirar su esfuerzo y considerarlo vacío, pero confiar su causa a YHWH (Is 49,4). Y cuando parecería suficiente reconstruir lo perdido, descubre que su misión debe alcanzar hasta los confines de la tierra (Is 49,6).

El próximo Cántico modificará nuevamente el retrato al presentar al Siervo como discípulo que escucha para saber sostener con una palabra al cansado y que, sin retroceder, ofrecerá la espalda a los golpes, las mejillas a quienes arrancan su barba y el rostro a insultos y salivazos (Is 50,4-9). El misterio, lejos de cerrarse, seguirá profundizándose.

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