LECTURA DOMINICAL | La subversión de los desheredados.
Autor: Lic. Roy Antonio Cisneros Sánchez, MAEd.
1 de noviembre de 2026 — La santidad es el acierto vital de caminar en la justicia de Dios
- Primera lectura: Apocalipsis 7, 2-4. 9-14 (la visión del ángel con el sello de Dios y la muchedumbre inmensa con vestiduras blancas).
- Salmo responsorial: Salmo 23 (24), 1-2. 3-4ab. 5-6 («El Señor es mi pastor, nada me falta»).
- Segunda lectura: 1 Juan 3, 1-3 (la condición de los cristianos como hijos de Dios y la promesa de ser semejantes a Él).
- Evangelio: Mateo 5, 1-12a (las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el monte).
El cristiano del siglo veintiuno será místico o no será nada
Decía Karl Rahner que el creyente de este tiempo habrá de ser un místico, alguien que ha experimentado verdaderamente a Dios, o sencillamente dejará de existir como cristiano. No pensaba en raptos desencarnados ni en fugas de la realidad terrena. Pensaba en una mirada limpia, honda, capaz de palpar la cercanía activa del Dios vivo allí donde los criterios mundanos solo ven pérdida, derrota y silencio.
Vivimos apresados en la tiranía del rendimiento. Tasamos el valor de la vida por el balance de utilidades, por la seguridad material acumulada y por la destreza para no exhibir fragilidades. Hemos fabricado una idea burguesa y anestésica de la felicidad: un bienestar psicológico sin fricciones, una burbuja de confort blindada contra el dolor ajeno.
Incluso trasladamos esa mezquindad mercantil a los altares. Imaginamos la santidad como un podio inalcanzable para atletas impecables de la virtud que jamás dudaron ni cayeron. Esa caricatura moralista ahoga el alma. Convierte al Creador en un acreedor contable y a la fe en una carga asfixiante de méritos.
Cuando la fatiga quiebra el paso, cuando el duelo parte la rutina o el desempleo arrebata el pan, asoma el veneno de la sospecha: si me va mal, el cielo me ha olvidado. Pero el Evangelio no nació en una vitrina sagrada. Nació a la intemperie, sobre tierra pedregosa, ante hombres y mujeres extenuados por la dureza de los días.
El espaldarazo divino sobre el basalto galileo
Imaginemos el escenario histórico. Año 28, s I. No estamos en el atrio pulido del Templo de Jerusalén, labrado en piedra caliza blanca para deslumbrar a los peregrinos, ni entre las cortes sacerdotales revestidas de lino importado. Jesús toma asiento en una ladera abierta de Galilea, entre bloques oscuros y cortantes de basalto, con el olor del lago y el polvo del camino en la ropa.
A su alrededor se apiña una multitud campesina. Labriegos ahogados por el tributo de Roma y los diezmos sagrados, pescadores con la sal y el sol grabados en la piel, viudas desamparadas y enfermos marginados. Para la teología oficial de su tiempo, esa miseria era la prueba visible de un castigo celeste; su llanto, un signo inequívoco de impureza.
En ese rincón desolado, aquel artesano de Nazaret, con manos endurecidas por la cantera y la madera, rompe el tabique de la religión legalista. No pronuncia una bendición litúrgica tradicional, una berakah que desee prosperidad para más adelante. Pronuncia en arameo una aclamación que constata una realidad aquí y ahora: Ashré.
Ese término de la sabiduría de Israel no promete una recompensa mágica ni pide resignación pasiva ante el despojo. Conectado en su raíz hebrea con el acto de ponerse en marcha y avanzar rectamente por la senda, ashré es una felicitación jubilosa, un rotundo espaldarazo existencial: ¡En pie, van por el camino acertado, la justicia de Dios les da la razón!
Cuando el evangelista Mateo traslada esta memoria al griego, elige con precisión el vocablo makarioi, la misma palabra con la que los traductores de la Biblia judía vertieron sistemáticamente el ashré sapiencial. No está recetando una dicha ingenua ni una emoción pasajera de bienestar. Makarios constata un estado presente y desconcertante: afortunados y en la senda verdadera son aquellos sobre quienes reposa el favor soberano de Dios, precisamente cuando el mundo los declara vencidos.
El escándalo de desarmar el poder
La tentación permanente de nuestras vidas es el blindaje. Creemos que la dureza es inteligencia y que la mansedumbre es cobardía. Levantamos murallas de cinismo, corazas económicas y devociones vacías para protegernos de la intemperie.
El Nazareno pulveriza esa falsa seguridad. Llama dichosos a los praeis, a los mansos que eligen conscientemente no aplastar al prójimo ni responder a la violencia con más violencia. Declara en la senda correcta a quienes tienen hambre y sed de justicia, a quienes no callan ante el soborno ni se acostumbran a la exclusión del vecino.
La pureza de corazón que resuena en la ladera no es escrupulosidad ritual ni obsesión moralista. Es transparencia interior, un corazón que no está dividido entre el culto a Dios los domingos y el pacto con el abuso los lunes. Jesús no repartió un narcótico espiritual. Proclamó un combate ético: dichosos los que construyen la paz poniendo el cuerpo para desarmar odios enquistados, dichosos los perseguidos por no arrodillarse ante los emperadores de turno.
Esa muchedumbre incontable que el Apocalipsis contempla vestida de blanco tras la gran prueba no es una casta de semidioses inalcanzables. Son los hombres y mujeres anónimos que resistieron al rodillo del orgullo y de la codicia sin empuñar jamás otra fuerza que la entrega desarmada del Cordero.
El rostro en la tierra mojada
El corazón de este domingo de fiesta descansa en una certeza palpable. Miren las manos de Jesús. No son los dedos finos de un letrado de palacio que solo manejó documentos; son las palmas anchas, rasgadas y terrosas de un trabajador galileo.
Con esas manos de artesano, Dios se agacha hasta el suelo para levantar al caído. No exige certificados de perfección ni solvencia social para sentar a alguien a su mesa. Toca la carne herida del leproso desterrado, comparte el pan con los pecadores y enjuga el dolor de quienes ya no esperan nada.
La santidad no es una impecabilidad abstracta. Es la dignidad viva que Dios regala a quienes han sido despojados de todo escudo terrenal y solo se apoyan en su ternura. Es la vida luminosa de tantos santos anónimos de la puerta de al lado: el padre que dobla turno sin perder la honrez, la mujer que cuida en silencio al enfermo que nadie visita, el joven que prefiere ser marginado antes que cómplice de la burla, la persona que perdona la ofensa recibida en lugar de alimentar el rencor.
Volver mañana a la intemperie
Mañana será lunes y volveremos a las prisas, a las demandas implacables del trabajo, a las tensiones de la casa y a la soledad de la calle. Es justamente allí donde nos espera el Sermón de la Montaña.
La mística cotidiana que nos pide este siglo no consiste en alejarse de las heridas de la ciudad. Se juega en la respuesta desarmada frente al agravio, en la justicia estricta con el salario del empleado, en la honradez de los acuerdos comerciales y en la ternura para sostener la mirada de quien pide ayuda.
Como nos asegura la carta apostólica de Juan: ya somos hijos de Dios en este preciso instante, aunque las apariencias de debilidad sigan pesando sobre nuestra carne. Dejemos de mendigar la aprobación de un sistema obsesionado con el éxito efímero.
Si tu corazón llora ante el dolor del mundo, si buscas la justicia aún a contracorriente, si te sabes frágil pero confías ciegamente en el Padre, escucha hoy la voz firme de Jesús: vas por el buen camino. El Reino de los cielos ya camina con paso firme en medio de tu vida.

Autor: Lic. Roy Antonio Cisneros Sánchez, MAEd.





