Serie «El Siervo de YHWH en Isaías» — 1 de 6: ¿Isaías escribió todo Isaías? La voz anónima del exilio que abrió el camino al Siervo
Autor Santiago F. Garavaglia
“Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios” (Is 40,1).
Con esas palabras comienza una de las secciones más conmovedoras del libro de Isaías. Sin embargo, el lector atento tropieza enseguida con una dificultad histórica. Desde el capítulo 1 venía moviéndose en el mundo del siglo VIII a. C., bajo la amenaza del poderoso Imperio asirio. A partir del capítulo 40, Jerusalén aparece herida, Babilonia ocupa el centro de la escena y se anuncia una liberación vinculada a Ciro, rey de Persia, un personaje de casi dos siglos después.
La diferencia entre ambos escenarios es el punto de partida de esta serie de seis entregas dedicadas al llamado Siervo de YHWH. Antes de acercarnos a sus cuatro célebres cánticos conviene comprender el mundo en el que nacieron, y ese mundo se encuentra sobre todo en Isaías 40–55.
El Isaías del siglo VIII
El libro se abre atribuyendo su visión a “Isaías, hijo de Amós”, durante los reinados de Ozías, Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá (Is 1,1). Judá era el pequeño reino del sur, cuya capital era Jerusalén. Al norte se encontraba el reino de Israel, con Samaría como capital.
Isaías desarrolló su actividad en la segunda mitad del siglo VIII a. C., cuando Asiria se expandía violentamente por el Cercano Oriente. Su predicación se cruza con crisis políticas concretas, como la guerra siro-efraimita en tiempos de Ajaz (Is 7,1-17) y la campaña del rey asirio Senaquerib contra Judá en tiempos de Ezequías (Is 36–37).
En los capítulos 40–55 ya no encontramos ese mismo mundo político. El problema que domina el texto no es la presión asiria sobre Judá, sino las consecuencias de una catástrofe que Jerusalén ya ha sufrido. La ciudad necesita ser consolada y restaurada (Is 40,1-2); Babilonia, no Asiria, es ahora la potencia de la que hay que salir (Is 48,20); y el texto habla a personas dispersas y deportadas mientras anuncia un regreso hacia Sión (Is 52,7-12). Además, Ciro, rey de Persia, aparece mencionado por nombre y YHWH lo llama “mi pastor” (Is 44,28) y hasta “su ungido” (Is 45,1). Considerados en conjunto, estos datos sitúan el horizonte de los capítulos 40–55 mucho más cerca del siglo VI a. C. que del VIII.
El salto que dio origen al “Segundo Isaías”
La caída de Jerusalén ante los babilonios en 587/586 a. C. había significado una conmoción enorme. El Templo fue destruido, la monarquía davídica desapareció y una parte de la población fue deportada. No todos los habitantes de Judá terminaron en Babilonia, pero para quienes sufrieron el exilio la pregunta religiosa era inevitable. ¿Qué había ocurrido con las promesas de YHWH? ¿Había sido derrotado el Dios de Israel junto con su ciudad? [0.1.21-0.1.22]
Los capítulos 40–55 hablan precisamente a una comunidad marcada por esa catástrofe. De ahí que numerosos biblistas utilicen la expresión “Déutero-Isaías”, que significa simplemente “Segundo Isaías”. No es el nombre de una persona que aparezca en la Biblia, sino una denominación moderna para referirse a este bloque y a la voz profética, o conjunto de voces, que se reconoce detrás de él.
La distinción no descansa solamente en la impresión de que “el estilo cambia”. Los indicios se refuerzan unos a otros. Cambia la potencia dominante, cambia la situación de Jerusalén, cambia el problema al que se responde y aparece un personaje histórico del siglo VI a. C., Ciro. También se advierten diferencias de vocabulario, de retórica y de énfasis teológicos. Mientras gran parte de la predicación atribuida al Isaías del siglo VIII anuncia juicio, Is 40–55 insiste una y otra vez en el consuelo, la liberación y la restauración.
La investigación actual suele expresarse con más prudencia que algunas reconstrucciones antiguas. Hablar de “Déutero-Isaías” no obliga a imaginar a un único profeta desconocido que escribió de principio a fin los capítulos 40–55. Se han propuesto un profeta anónimo, un grupo de discípulos, círculos vinculados con la tradición isaiana y procesos sucesivos de composición y edición. La identidad concreta de quienes intervinieron en la formación de estos capítulos sigue siendo incierta.
Los capítulos 56–66 suelen relacionarse con una etapa posterior y reciben con frecuencia el nombre de “Trito-Isaías” o “Tercer Isaías”. Buena parte de sus problemas parecen corresponder a la comunidad después del regreso. Tampoco aquí conviene imaginar tres libros perfectamente separados escritos por tres hombres perfectamente identificables. Isaías parece haber crecido durante generaciones y conserva, al mismo tiempo, fuertes vínculos internos. Las denominaciones Proto-, Déutero- y Trito-Isaías sirven para orientarse dentro de una historia literaria bastante más compleja.
La crítica histórica y la fe
El método histórico-crítico procura reconstruir la situación en la que nació un texto, sus destinatarios, los acontecimientos que presupone, su vocabulario, sus vínculos con otros pasajes y las transformaciones que pudo experimentar antes de alcanzar su forma actual. Reconocer esos procesos no exige negar la profecía ni decidir de antemano qué puede o no puede hacer Dios; significa tomar en serio la dimensión humana e histórica de los escritos bíblicos.
Para la exégesis católica, además, admitir una historia de composición no contradice la inspiración. Divino afflante Spiritu, Dei Verbum y el documento de la Pontificia Comisión Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia alentaron el estudio serio de los géneros literarios, las circunstancias históricas y la intención de los autores humanos. Que un libro haya atravesado transmisión, relectura y edición no lo vuelve menos bíblico. La inspiración corresponde a la Escritura que la comunidad creyente recibió como tal, no a nuestra necesidad moderna de que cada libro tenga un solo autor sentado ante una mesa.
Del trauma al “nuevo éxodo”
Uno de los grandes recursos teológicos del Déutero-Isaías consiste en releer la memoria del Éxodo desde la experiencia babilónica. El Dios que una vez sacó a Israel de Egipto puede volver a abrir un camino para un pueblo sometido a otra potencia. “En el desierto preparen el camino de YHWH” (Is 40,3), y más adelante el texto recuerda al Dios que abrió una senda en el mar mientras anuncia “algo nuevo” que ya está brotando (Is 43,16-19). La antigua salida de Egipto proporciona así el lenguaje con el que se interpreta una liberación diferente, cuyo punto de partida es Babilonia.
El relato no reproduce simplemente el antiguo Éxodo, sino que lo relee desde una situación nueva. El desierto vuelve a convertirse en camino, el pueblo vuelve a ser convocado a salir y YHWH aparece otra vez como quien conduce la historia (Is 48,20-21; 52,11-12). Dentro de esa misma lectura de los acontecimientos, Ciro II de Persia adquiere un lugar decisivo. Tras una serie de conquistas, el rey persa tomó Babilonia en 539 a. C., y el texto bíblico interpretó su avance como parte de la liberación que YHWH estaba realizando en favor de su pueblo.
La manera de referirse a Ciro resulta teológicamente audaz. YHWH lo llama “mi pastor” (Is 44,28) y “mi ungido” (Is 45,1). El término hebreo mashíaj significa precisamente “ungido”, aunque aquí no tiene todavía el sentido cristiano posterior de “Mesías”. Ciro no es israelita, sino un soberano extranjero presentado como instrumento de una liberación querida por Dios. Esta lectura no obliga a idealizar la política persa ni a convertir al rey en un adelantado de los derechos humanos modernos; muestra, más bien, que la acción de YHWH no queda restringida a los reyes de Israel ni a las fronteras de Judá.
El Dios que Babilonia no pudo derrotar
La destrucción de Jerusalén podía interpretarse como la derrota de su Dios, pero el Déutero-Isaías discute esa conclusión y convierte la experiencia del exilio en una afirmación más radical sobre quién es YHWH. “Yo soy YHWH y no hay otro” (Is 45,5). YHWH es presentado como creador de los cielos y de la tierra (Is 40,28; 45,18), Señor de la historia y capaz de utilizar incluso a un rey extranjero para cumplir sus propósitos (Is 45,1-7).
Estas afirmaciones se encuentran entre las formulaciones más contundentes de la unicidad de YHWH en el Antiguo Testamento. Pero sería demasiado simple afirmar que Israel era hasta entonces “politeísta” y que alguien inventó de golpe el monoteísmo durante el exilio. La historia de la religión de Israel fue más larga y compleja. Lo que sí podemos observar en estos capítulos es una insistence extraordinaria. Los dioses de las naciones no compiten en igualdad de condiciones con YHWH (Is 44,6-8; 45,20-22). Babilonia pudo destruir Jerusalén, pero no encerró ni venció al Dios de Israel.
El Siervo de YHWH
Dentro de este mismo bloque de consuelo, regreso, nueva creación y liberación adquiere un relieve especial la figura del Siervo de YHWH. La palabra hebrea ʿeved significa “siervo” o “servidor”, y en Isaías 40–55 Israel puede recibir explícitamente ese nombre: “Tú, Israel, mi siervo, Jacob, a quien elegí” (Is 41,8). Sin embargo, algunos poemas impiden reducir la identificación a una fórmula sencilla. En Is 49,5-6, por ejemplo, el Siervo recibe la misión de hacer volver a Jacob hacia Dios, de modo que el propio texto introduce una tensión entre el Siervo entendido como Israel y un Siervo que cumple una misión respecto de Israel [0.1.23-0.1.24].
A fines del siglo XIX, Bernhard Duhm agrupó de manera especialmente influyente cuatro pasajes bajo el nombre de “Cánticos del Siervo”. La Biblia no los numera ni los llama así, y sus límites exactos continúan siendo discutidos, pero habitualmente se señalan Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-9 y 52,13–53,12. La identidad del Siervo se convirtió desde entonces en una de las grandes cuestiones interpretativas del libro. Puede ser leído como Israel personificado, como un profeta, como un grupo fiel dentro del pueblo o como una figura individual, y algunas propuestas combinan más de una de estas posibilidades.
El libro que comenzó bajo la sombra de Asiria atravesó la destrucción de Jerusalén, el exilio y el ascenso de Persia. Generaciones posteriores releían esa tradición para interpretar situaciones nuevas. Ese crecimiento explica cómo la voz del profeta del siglo VIII llegó a formar una obra mucho más amplia y cómo surgieron, dentro de ella, los poemas del Siervo.

Autor Santiago F. Garavaglia

